REVISTA N° 5 | AÑO 2009 / 1
EDITORIAL
Editorial
Anna Maria Nicolò, Graciela Consoli
Con la llegada de un hijo adoptivo dos mundos, dos historias se encuentran, aquella del niño adoptado y aquella de sus padres adoptivos, y una nueva familia y una nueva historia se abre sobre la escena. Nuevas configuraciones familiares se despliegan, que no fueron previstas anteriormente, pero incluso el Edipo parece articularse de manera inédita y la novela familiar del hijo remite a un pasado que no fue jamás sepultado, pero si inexplorado.
¿Qué es la afiliación en estos casos? ¿Qué significa formar parte de una filiación? Muchos elementos confluyen en estos procesos, algunos en la fantasía y otros reales. Incluso el vínculo de cohabitación -afirma Eiguer– puede reforzar el vínculo de afiliación entre los miembros de la familia y la creación de nuevos vínculos insertando a la persona en la paternidad.
El proceso de afiliación favorece el sentimiento de unidad familiar (A. Eiguer, 2004). Incluso en el caso de la familia adoptiva, afirma Eiguer, que el hecho cotidiano de las comidas, juegos, conversaciones, preocupaciones compartidas y mucho más; refuerza el ser una familia. En esta dimensión compleja y articulada, el niño entra en su registro de la filiación a través de su “inserción en el hábitat de la casa que lleva en sí mismo la huellas de la pertenencia a la familia”. La casa familiar, como nos ha explicado Eiguer muchas veces, es una dimensión compleja y no sólo un contenedor físico.
Naturalmente todo se complica en la situación adoptiva donde existen procesos concientes e inconcientes de enorme caudal y entre otros: afecto, reconocimiento, miedo, odio, sentimientos de extrañeza, miedo al abandono, de sentirse violado y de violar, curiosidad hacia los padres y hacia el hijo, hacia este nuevo perturbador que aparece en la escena y que se encarna en el otro.
Aparecen en escena los duelos y la tentativa de repararlos.
Ya en lo que respecta a la paternidad biológica, algunos autores han hablado de duelo. Melanie Klein, por ejemplo, subraya que para una buena paternidad se debería tolerar los impulsos destructivos hacia los propios padres y viceversa hacia los hijos. Y por ello un aspecto relevante de la paternidad está a nuestro entender (Nicoló, 1992) conectado con la elaboración del duelo, con el uso de la parte adulta de nuestra mente, con la necesidad y la capacidad de reparar parte de sí mismo o de nuestros padres en otro, en el hijo.
“Cada hijo con su llegada al mundo, con su ser sano, con su capacidad de amar, con su representar la continuidad generacional más allá de la muerte, constituye el testimonio de algo válido y constructivo en los padres. Ellos con su misma existencia reparan el sí mismo de los padres. Además de generar y educar un hijo, con la obvia identificación que deriva con nuestros padres, constituye un modo fantasmático de repararlos y corregir en cierto sentido algunos aspectos de la relación con nuestros padres”
¿Qué decir entonces de los duelos que sobreentienden la formación y el desarrollo de una familia adoptiva? Duelos profundos tanto en los padres como en el hijo – afirma en este número de la revista Pérez Testor – y de esta elaboración depende la aceptación del niño adoptado, y el desarrollo de la nueva familia, porque de estos duelos no elaborados dependen las expectativas de los padres, capaces de condicionar al hijo.
Sobre esta misma línea se mueve el original trabajo de Masuy, que a través del análisis de la fábula de Pinocchio muestra la temática del abandono en los niños adoptivos y sobre todo la red familiar caracterizada por la existencia de las mentiras. Y es, según esta autora, propio del vínculo de filiación, que se ancla en las mentiras que en su repetición se pueden considerar como un revés de la simbolización presente en estas familias y que son la manifestación de la patología del narcisismo de estos funcionamientos familiares. Pero naturalmente los procesos de afiliación de los hijos adoptivos, de modo especial en las adopciones internacionales, constituyen, como nos muestra Nicoló, un reto a la construcción de la identidad de la nueva familia y del hijo adoptivo, dificultad que se manifestará de manera especial en la adolescencia, momento crucial para la reestructuración de la identidad y los procesos de subjetivación ¿Cómo no recordar aquello que dice Grinberg a propósito de la rotura del vínculo social, capaz de producir angustia depresiva y de no pertenencia, y la pérdida del sentimiento de tener un rol en la comunidad o en la familia, mientras que la ruptura del vínculo espacial produce estados mentales de confusión, desorganización, despersonalización?
Uno de los temas importantes tratados en este número es la técnica de la intervención en estos casos. En estas dimensiones la terapia y el terapeuta tienen un rol crucial.
¿Qué hacer para favorecer la afiliación del niño adoptivo? ¿Qué hacer frente al trauma que se repite? ¿Qué hacer en la difícil experiencia de la adopción nacional o internacional?
Varios autores tienen respuestas importantes y diversas, pero todos concuerdan sobre la importancia de la narración, articulada de manera diferente según las diversas opiniones. Partiendo de las teorías de Fernczi sobre los efectos del trauma, Eiguer muestra como la narración es eficaz en estas situaciones donde las defensas post-traumáticas están en acción. Con estas problemáticas la familia juega un rol específico, y es más, en ella la reconstrucción narrativa –afirma Eiguer– debe ser efectuada colectivamente.
“No es tan importante la historia que se construye, ni la cantidad de historias posibles que puedan emerger –afirma Nicolò en su trabajo- . La que es sobre todo central es una suerte de proceso de historización que se activa entre padres e hijos, que coloca a todos los miembros en el interior de una continuidad”. Sobre el tema de la narración se detiene también Artoni, mientras Nicolò habla del necesario “proceso de historización” que permite seleccionar y reapropiarse del “depósito mítico” de la familia; el “fondo de la memoria gracias al cual se teje la tela de fondo de cada biografía”, como dice Aulagnier.
La dimensión mítica es por otro lado muy importante en la familia adoptiva. Especialmente en las familias adoptivas, según Eiguer, el mito del niño salvado en cuanto elegido, está presente y cada partenaire de esta interacción adhiere al mito, incluso el terapeuta, cuyo mito personal responde en eco –según Eiguer- al mito de la familia.
En la familia las historias familiares en juego constituirían según Rosemberg una trama en la que se anidará el hijo adoptivo, pero incluso los mitos conjuntos de las creencias que actúan como organizadores sociales se entrecruzan según esta autora, con la novela familias del hijo adoptivo y muestran la intersección entre el ideal social y la subjetividad de la individualidad.
Para finalizar diríamos que todos los artículos presentados en este número nos dan un amplio panorama del complicado proceso de la adopción. Cada uno de los autores, desde sus diferentes perspectivas, nos muestran las variadas dificultades por las que deben pasar tanto aquellos que son adoptados, como también aquellos que los adoptan.

