REVISTA N° 01 | AÑO 2007 / 1

El parentesco desconcertado o el parentesco sin brújula


Idioma: Español - Frances
SECCIONES: ARTÍCULOS


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ARTÍCULO

El parentesco desconcertado o el parentesco sin brújula[1]

Alberto Eiguer [2]

Al presentar este documento, tengo conciencia que mi contribución resulta diferente de la mayoría de los desarrollos que leyeron anteriormente. En mi título, hablo de parentesco y brújula. Dirán ¿de qué brújula se trata cuando digo que el «parentesco se desconcierta (se desajusta, queda sin brújula)»? ¿Tendríamos una brújula en nuestra cabeza que nos orienta en la construcción de nuestro parentesco ? No se trata solamente de una metáfora pertinente y eventualmente divertida. Sucede a veces que nuestras metáforas se agotan una vez producido su efecto aclaratorio. Pero encuentro interesante aceptar el reto de mi título y me digo “¿Quién tiene la brújula del parentesco?» Eso parece un poco loco, pero el reto me tienta. Espero que tendrán la paciencia de leerme hasta el final para encontrar mi respuesta.

Parto del principio que familia y parentesco no son equivalentes. La familia es un grupo animado a la vez por afectos y fantasías colectivos y un parentesco. Éste es una forma de organización universal de la familia, compuesta de una red de vínculos intersubjetivos en interfuncionamiento de modo que el disfuncionamiento de uno de los vínculos altera los otros. Desde un punto de vista antropológico, pero que se integra a la dimensión inconsciente, los vínculos de parentesco son cuatro, filial, marital, fraternal y el del sujeto con su objeto transgeneracional.

Los sujetos del vínculo integran sus fantasías y afectos en una psiquis común. El basamiento residual de las ilusiones primitivas compartidas lo favorece. Me gusta subtayar que el vínculo tiene cuatro niveles, arcaico, onírico, mítico y legislante. Este último se refiere a la ley: los vínculos son regulados por autorizaciones y prohibiciones particulares a cada uno ellos. Si me parece más juicioso designar uno de estos vínculos como «vínculo filial» antes que «vínculo de filiación» es, entre otras razones, para recordar que el vínculo implica dos sujetos cuyos psiquismos se influyen y que están ligados recíprocamente por reconocimiento mutuo, respeto y responsabilidad. En realidad, sería más pertinente hablar de vínculo parental-filial, para hacer hincapié en el interfuncionamiento inconsciente entre padre-madre e hijo. Estas distintas características se encuentran en los cuatro vínculos de parentesco. Hasta ahora hablo de lo que saben ciertamente.

Añadamos que el desajuste de uno de los vínculos, por un incesto padre/muchacha por ejemplo, conduce a complicaciones en cadena. Desde hace tiempo, se precisa que en estas circunstancias el padre se convierte en por decirlo así «el esposo de su hija»; ésta, en la «madre» de sus hermanos y hermanas, etc. El incesto es fuente de confusión; una de las razones de su prohibición desde tiempo inmemorial es la evitación de confusiones que podría implicar, la de la identidad de las funciones familiares, entre otras.

En algunas tribus ello va muy lejos, ya que una catástrofe natural puede interpretarse como consecuencia de un incesto en la comunidad. Ello es porque las relaciones entre parentesco y naturaleza les parecen estrechas a sus miembros. Estos pueblos consideran que los cuerpos no deben mezclarse por un acto sexual entre prójimos. Si no, la naturaleza y su orden van a molestarse; el calor y el frío, lo seco y lo húmedo deben seguir estando separados, así como lo parental y lo infantil, lo femenino y lo masculino. (Véase F. Héritier, 1995.) Acuérdese que cuando el rey Edipo tuvo relaciones sexuales con Jocasta, la peste invadió Tebas. La consecuencia la conocen.

Por eso estas dificultades pueden orientarnos acerca del disfuncionamiento estructural inconsciente del grupo familiar. Sucede con gran frecuencia que, a partir de un desorden en el vínculo padre/niño, se descubre que la pareja de los padres vive un desacuerdo más o menos grave y que éstos se refugian detrás de la dificultad del niño para preservar su unión. La acción terapéutica nos conduce a desentrañar los desordenes en los distintos vínculos superando sucesivamente las represiones y otras defensas. Pero descubrimos la maraña de dificultades en contacto con los miembros de la familia y a menudo al mismo tiempo que ellos.

Nuestra contratransferencia se solicita, lo que implica, trastorna y desarregla nuestra capacidad de pensamiento. La ruptura de las escisiones inconscientes familiares da lugar a movimientos muy potentes; inquietudes, reveindicaciones, amenazas, terror, pueden implicarnos.

De la confusión de sentimientos a la confusión entre los vínculos

Al destacar la confusión en la parentalidad, G. Decherf, E. Darchis y AM Blan-chard (2006) aclaran las consecuencias inquietantes de estos desórdenes, principalmente entre padres y niños. Por otro lado, estos desórdenes implican variaciones: la inversión en las funciones padre, madre y niño, o entre los vínculos, la superposición de sus funciones, las confusiones sexuales. Como secuela, la ausencia de límites es corriente. Son tantas razones como para que la familia se encuentre desconcertada.

La forma de donación más universal es la de la hospitalidad que los padres ofrecen al niño: lo reciben en su hogar y le ofrecen su genealogía. Toman cuidado de él y velan por su bienestar y desarrollo. El acto de reconocimiento del niño como propio, la inscripción en su genealogía es un acto principal y fundador de su identidad, aunque éste deberá realizar una larga marcha con el fin de apropiárselas. Por más cambiante que fuera su identidad, la inscripción inicial lo marcará por siempre. Podrá el vástago desmentir su pertenencia al grupo, pero ello no bastará para destruirla a nivel inconsciente. Sus raíces se hayan instaladas bien en él.

Los actos de reconocimiento se producen de la misma forma en el vínculo biológico que en el vínculo adoptivo. Éste adquiere plenamente un status de vínculo filial, trabajado por la cohabitación, consolidado por el amor recíproco y confirmado por un acto de justicia.

En resumidas cuentas, la ausencia de reconocimiento mutuo entre padre y niño da lugar a consecuencias específicas. Un niño cuyo padre no lo reconoció, que ello le fuera ocultado o no, puede conducirlo a sentir que tiene un status de excepción ante la ley. Puede entonces vivirse como autorizado a infringir. Su superyó tendrá dificultad a formarse. Obviamente efectos tan graves no son producto de un factor único. Entre los antepasados, la existencia de transgresiones no castigadas o si se los presenta como héroes, desempeñan un papel convergente en el debilitamiento del sentimiento ético de los miembros de la familia (A. Eiguer, 2007). Del mismo modo, un gran número de niños que vive esta experiencia de no reconocimiento sufrió también abandonos, cambios repetidos de familia de recepción o institución de alojamiento, pérdida de hitos claros y netos relativos a un hogar que tranquilizara y fuera fiable. En la intimidad del vínculo de estos niños no reconocidos, se sitúa también una dificultad en organizar un pensamiento alfa, aquel que permite habitualmente la capacidad de juego y ensueño, y en consecuencia que logra crear un sentimiento de ilusión que ayuda a su vez fundar la experiencia subjetiva. Pero el factor principal sigue siendo esta ausencia de reconocimiento del padre, este no nombramiento: «Eres mi hijo.»

El reconocimiento original organiza entonces el vínculo de filiación; le brinda un nacimiento psíquico. Nombrar al niño no es solamente un acto del habla, sino que ello incluye al niño en la comunidad de los hombres; es un acto por el cual el niño es integrado en una genealogía y un parentesco. Este acto tranquiliza y modifica tanto al hijo como al padre y, al mismo tiempo, recuerda la referencia compartida a la ley simbólica.

En adelante lo que se hará para el hijo y con el hijo será experimentado tanto por el padre como por la madre como una calidad única y distinta, diferente de cualquier otro apego y de afecto hacia un tercero, incluso hacia otro niño.

El sentimiento del padre hacia el niño que emana de este reconocimiento se alimenta ampliamente del reconocimiento del niño hacia el padre. Las consecuencias del reconocimiento parental y filial pueden trastornar estructuralmente y emocionalmente a cada uno de los miembros del vínculo y marcar en adelante cada uno de sus comportamientos. Conviene destacar que el reconocimiento inicial se enriquece diariamente; ello lo confirma y consolida. De ordinario nosotros no percibimos la importancia de este proceso mutuo; para nosotros, el vínculo filial con cada uno de nuestros padres es evidente. Se manifiesta de preferencia cuando hay dificultades en este reconocimiento inicial; ello se traduce por une adquisición precaria del sentimiento ético o incluso inexistente.

Estudié este problema en el perverso moral y otros pacientes desprovistos de sentimiento ético y de referencia a la ley y el superyó (Eiguer, 2005). La ausencia de figuras parentales claras es en su caso una característica frecuente. Parecen «configurar» una novela familiar en negativo. Si se les engañó acerca de sus orígenes y si la identidad de su padre, a menudo la madre también, se falsificó, les parece normal mentir. Como se «les habría robado» una parte de su infancia, o se les “quitó” la presencia de un padre durante este período, les parece normal robar. El acto de robar imita el contenido de la fantasía de robo de niño, la del niño adoptado, de la novela familiar. El acto de mentir imita otra fantasía: la madre habría tenido una relación extraconyugal con un hombre que sería en realidad el padre biológico del niño. La mitomanía adopta en este caso la forma de impostura respecto de su identidad o la de sus genitores. Así el acto ocupa el lugar de un pensamiento que no pudo pensar. Un pensamiento en negativo, hasta cierto punto.

Es decir, este razonamiento no se presenta nunca bajo forma verbal o imaginativa en el paciente. Hay un acting en ausencia de toda representación consciente, de toda fantasmatización. El robo o la mitomanía se manifiestan en lugar del sueño, el ensueño o la imaginación.

A partir de este modelo básico, innumerables figuras de transgresión pueden orquestarse. Las consecuencias sobre la vida psíquica y social de estos sujetos se caracterizarán por marginalidad, exacciones, etc.

Estos problemas evocan los casos de fratrías en donde se habría tratado a uno de los hijos con menos respeto que a los otros. Obviamente Ustedes conocen la frecuencia de tales sentimientos entre los hermanos, que se quejan que sus padres favorecieron a algún otro entre ellos y no fueron equitativos. Pero me refiero de preferencia a hechos de reconocimiento en la situación del parentesco; lo que no se asignó es un sitio, un lugar simbólico; no se trata de un regalo, una parte de herencia o una gratificación moral.

Numerosos niños que no se reconocen como los hijos o hijas de su padre tienen que componerse un parentesco de manera aleatoria, buscándose otros padres sustitutivos y ello durante años. Despliegan una energía formidable y una perseverencia a toda prueba. (Cf. A. Eiguer, 2005.)

En el caso de los adolescentes violentos y marginales, la integración en bandas y la devoción a su jefe carismático pueden explicarse por estas mismas razones. Ello sucede también en el caso de la adhesión a sectas. Se observa allí una pasión y un impulso místico en el reencuentro imaginado de aquellas vivencias primitivas de cuando las pieles psíquicas se enmarañaban y los límites desaparecían en beneficio de una exaltación sin igual. La banda, la secta, el grupo extremista, permiten creer en la construcción de un parentesco nunca alcanzada y en la posibilidad de tejer finalmente los vínculos tanto esperados.

Quisiera añadir que entre cónyuges el reconocimiento mutuo representa también un paso esencial para la consolidación de la pareja. Situamos un primer nivel de reconocimiento en la diferenciación de la pareja de cualquier otra forma de vínculo – ello la funda de cierta manera, y a continuación un segundo nivel, el del reconocimiento del partenaire, de sus deseos, de lo que manifiesta como ternura y solicitud. Cada uno de los cónyuges es sensible al placer que el otro le procura. Las palabras para decirlo no son necesarias e indudablemente no suficientes; el reconocimiento mutuo se expresa aún más claramente por conductas. No es un espejo o un reflejo del otro sino la posibilidad de reconocer en el otro aquellos aspectos que él mismo ignora.

Estos gestos y palabras de reconocimiento configuran un nivel diferente del primer nivel de reconocimiento. En la pareja la ceguera narcisista conduce a veces al no reconocimiento del otro (A. Eiguer, 1998).

La diferencia sexual y el desorden en la filiación

Otras dificultades conducen a la confusión de los vínculos y a desconcertar a la familia. Conciernen la diferencia entre los sexos así como lo hemos remarcado de la diferencia “entre las generaciones. Son menos radicales aunque semejantemente complicadas desde un punto de vista clínico. Se olvida a menudo que el vínculo padre/hijo implica diferencias según el sexo de los sujetos del vínculo. Pero en ello reside por otra parte una de las características específicas de nuestro enfoque: la toma en consideración de la diferencia sexual en los vínculos. Les propongo abordar este tema a partir de una terapia de familia. Este caso ha sido objeto de una publicación hace 20 años[3]. Como sucede a menudo, son las dificultades en la contratransferencia que nos permiten avanzar teóricamente. Me detendré. Toda terapia nos coloca en un baño de intersubjetividad, pero para los terapeutas familiares psicoanalíticos la contratransferencia y la inter-transferencia (entre los terapeutas) tienen un sentido diferente que para los terapeutas individuales; interpretan de manera particular la implicación profunda del analista familiar o del equipo de los coterapeutas. Ello (s) no teme (n) la recepción del sufrimiento de los otros, admite (n) sin rodeos la afectación y alteración de su sentimiento de identidad. Toman en cuenta con frecuencia sus fantasías, ensueños y sueños pensando que tienen relación con aquellos que los miembros de la familia no logran realizar. Para los terapeutas, los sueños no tienen autor, sino que son de origen colectivo (espacio onírico compartido).

El caso de la familia Dryades se caracteriza, digamos, por la ausencia: tres mujeres, una madre y sus dos hijas adolescentes, vienen a consultarme para superar sus conflictos permanentes y evitar así la repetición de los graves desordenes suicidas en ambas adolescentes. El padre alcóholico se suicidó hace algunos años, cuando la mayor de las muchachas pasaba el cabo de la pubertad. La figura paterna atormenta este medio familiar, los tres integrantes de la familia rehúsan el derecho a la vida. Los conflictos se impregnan de fidelidad hacia este padre, cuyo nombre se alega para criticar el comportamiento de cada una de las tres mujeres. «Papá no estaría de acuerdo con que salgas todas las noches», por ejemplo. Al mismo tiempo, los comportamientos de imitación de la más joven que toma las prendas de vestir y las joyas de la mayor son fuente de peleas interminables. Ello enoja a esta última. Las dos muchachas recurren a menudo al arbitraje de la madre, pero, si se produce, lejos de calmar el conflicto, culmina en una pelea colectiva en la cual la madre se hace descalificar. Termina ella decepcionada, abatida, desorientada, infantilizada. Las dos muchachas dejan entonces de disputarse para abrumar a su madre. Reconociéndose vencida, ésta termina por pedir consejo a su hija mayor, que asume cada vez más el papel de líder.

Algunos meses después del principio de la terapia, durante una sesión, me enfrento a un extraño sentimiento: las tres mujeres hablan de la moda femenina actual, de escaparates observados la víspera, de aros, vestidos y su manera de llevarlos. Comienzo a sentirme indiferente, me aburro y quiero terminar la sesión, diciéndome que pierden su tiempo y sobre todo que me hacen perder el mío hablando de «futilidades». Llego hasta sentirme misógino, sorprendiéndome al hacer míos los argumentos los más trivialmente defensivos contra el valor del mundo femenino. Su gusto para la moda me parece ridículo, «una distracción que parecen imponerse para salir de la morosidad». En mi foro interno, me enfado incluso pensando que podría hacer algo mejor para la evolución de su situación que de quedar «plantado» allí para oírles hacer comentarios sobre tal almacén o negocio donde se encuentran blusas de tal calidad. No me divierte para nada lo que sucede. Si quieren seducirme, me rebelo, están perdidas de entrada. Sus gustos son «insípidos». Nada parece impresionarme, estimular mis sentidos, animar mis fantasías. Es peor que la agresividad. Al menos, podría reaccionar, me digo.

Me parece a continuación muy inusual en mí adoptar una opinión tan arrogante. Un momento más tarde, recobro “mis sentidos”. Me doy cuenta en ese momento de mi frustración en no poder penetrar este mundo. Contrariamente a lo que suponía, no me parece que conozca “nada” sobre los gustos femeninos. Repentinamente, tengo la impresión que se trata de un ámbito inaccesible y secreto. Concluyo que no soy desgraciadamente sino un hombre.

Les digo ello en forma de preguntas: ¿»Preferían Ustedes que me mantenga alejado mientras que hablan de prendas de vestir y escaparates?» “¿Piensan que no me interesaría?” “¿Qué esto no es mi asunto?»

La radicalidad de mi doble reacción (sucesivamente menosprecio y reconocimiento de mi castración) me conduce después de la sesión a reflexionar sobre este caso: ¿Esta figura de contratransferencia, no reproducía un aspecto del vínculo con el padre ocultado por la idealización? ¿Cómo habría soportado él «ser» el hombre de «sus» tres mujeres ante la impenetrabilidad y la fuerza de su mundo femenino? ¿En su narcisismo exacerbado, podía soportar la ignorancia de los placeres de la mujer (como el adivino Tiresias lo pagó con su ceguera)? ¿Y esto aún más en relación con muchachas que llegaban a la pubertad y luego a la adolescencia?

Un aspecto me parece entonces definirse con energía relativo a la vivencia del padre: ¿Habrá tolerado la irreemplazable calidad de la ternura entre una madre y su hija? Pude entender que el deseo transferencial familiar que me era dirigido consistía precisamente en que yo respetase el espacio enigmático de lo femenino. Entonces me pregunté si ello no tenía algo que ver con el suicidio del padre.

¿Se puede imaginar que este suicidio haya sido una tentativa megalómana última y desesperada en invadir este espacio, el espacio psíquico de «sus» mujeres, mediante la culpabilidad de un duelo interminable?

¿Es el grupo de mujeres que me incitó a entrar contratransferencialmente en la situación del padre u otros factores se añaden? Creo más bien que se trató de una conjunción, una adición, el efecto de vínculo grupal, de lo que éste inaugura y que es inédito.

Más adelante ciertos elementos me parecieron más claros. Irse de tiendas juntas, contarlo en sesión, tendría un sentido complementario. Era una de las primeras salidas de la madre y sus hijas, después de meses de encierro y conflictos; la madre había estado muy activa durante las compras; las muchachas parecían recordar que habían crecido, que podían conducirse en mujeres y buscarse una compañía masculina. Habida cuenta de la viudez de la madre, eso revestía un carácter singular. Las muchachas «le autorizaban» quizás a encontrarse a un pretendiente, un novio; ella misma se lo “autorizaría” entonces más fácilmente.

Hasta aquí, eso no era en absoluto evidente; el superyó sádico tenía un peso aplastante sobre ellas, cada una aparecía a su vez como su objeto o su portavoz. Apenas la menor tentación de satisfacción libidinal surgía en el horizonte, este superyó desvastador surgía. En el diálogo sobre la moda femenina durante la sesión, el aspecto de celebración fue ocultado por la dimensión de parloteo superficial. Si las tres mujeres se mostraban fusionadas, no eran menos cómplices con el fin de darse aperturas hacia la separación, hacia la vida sexual, ciertamente de manera aún imperceptible y probablemente frágil. Me pedían en resumen que yo observara su alegría ligera y la aceptara, “instalado” en la posición transferencial del padre que debía «admitir que se había bien muerto».

«Desde el cielo», él resistía sinembargo: había vuelto a tomar el papel del padre que se sentía abandonado sin entrever que se le tenía en consideración a pesar de todo, ya que el vínculo implica que cada uno haga su propio camino allí donde el otro no puede cruzar su deseo con el suyo.

Al mismo tiempo, la muchacha mayor parecía “parentificada”, convertida en el «padre de familia». Su papel era un sucedáneo (Ersatz) del padre, con sexo de mujer. En este contexto fantasmático, yo debería tener vergüenza de ser un hombre, olvidarlo o borrarlo en mí.

¿Qué otra lección nos propone este caso? La mejor manera de ser uno mismo miembro de un vínculo sería no serlo, dejar de querer imponerse en cada circunstancia. ¿Es tan difícil para un hombre dejar a las mujeres aprovecharse de las virtualidades de su homo-erotismo (entre ellas)? Por lo tanto es ello lo que supone que sea un hombre, «Nada de menos que todo un hombre», según el título del relato de Miguel de Unamuno (1920).

Muchos individuos construyen vínculos simbióticos porque no admiten que la distancia es la mejor manera de preservar el vínculo y llevarlo a ser más agradable a vivir.

Una lección aún

Observamos así que la diferencia sexual nos orienta sobre la necesidad de saber estar presentes en un lugar sin estarlo y que cada sexo tendrá su papel que jugar en el momento preciso. Y a otros de callarlo. Es entonces inoportuno e incluso nocivo un querer imponer su presencia. Un padre debería saber ser un padre/mujer, como se dice ahora de un padre/madre, lo que no es similar que ser un hombre que admira a la mujer desde su posición de hombre y está seducido por sus calidades y méritos. Es, en cambio, un hombre que puede sentir los placeres de la mujer en su autoerotismo y su homo-erotismo.

Todo esto se aplica a las relaciones entre los otros vínculos. Padres demasiado intrusivos niegan a los hermanos y hermanas la posibilidad de llevar a cabo su relación. Estos últimos tienen que construir espacios de secreto y misterio que les conciernan.

La familia puede, en consecuencia, estar desconcertada si, en su seno, se respetan poco los espacios de misterio. Se habla mucho de rivalidad entre hermanos, menos de la rivalidad de los padres hacia la hermandad de sus hijos. Así como hablé de un padre-mujer que se vive en su autoerotismo, ello es propio a cada función familiar. La madre/hombre viviría los placeres masculinos en su propia carne. En las relaciones padre/niño, eso ayuda a que el padre se viva en niño y que el niño se viva diferentemente en padre, y no tanto como un triunfo. Ello implica más bien vivir los sufrimientos y las angustias del otro en su función, en sus responsabilidades y con el posible temor de no llegar a asumirlos.

Al ponerse en el lugar del otro, se identifica con él, pero se lo respeta y se le reconoce su valor. La mayoría de los problemas de confusión de las funciones familiares derivan del hecho que no se llega a vivir en sí esta experiencia identificatoria y a jugar con ella. Entonces se quiere convertirse en el padre cuando se es niño, la madre cuando se es el padre, el primogénito cuando se es el segundo.

Aparece ello en todos los casos como una sustracción y una parodia. Un robo de identidad. Si se ejerce control y tiranía sobre los otros, captación y seducción narcisista, es porque se está ubicado en esta posición artificial, que no se está en su lugar y que se lo ignora.

Una familia «extraviada» termina por generar monstruos. Así como en política donde los futuros dictadores aprovechan la confusión para tomar el poder, en familia los tiranos domésticos sacan partido del desajuste del parentesco; saben también que la autoridad es una necesidad natural del grupo. La desorientación en el parentesco aparece tanto como causa que consecuencia.

¿Entonces quién posee la brújula? 

Es el grupo quien posee la brújula. Pero ¡atención!, la palabra “grupo”, por demasiado general y uniformante, no suele ser suficiente para describir la sutileza de las conexiones entre los miembros de una familia. Los parentescos, en su diversidad y su interfonctionalidad, animan el conjunto. Cada uno es pues el amo de la brújula, cada uno es el responsable. Me dirán: ¿pero quién colocó la brújula en la cabeza de los miembros de la familia? No es hereditario; aún no se descubrió el gene de la brújula del parentesco. No es una broma; Freud (1917; cf. D. Benhaïm, 2007) creía en la transmisión genética de los fantasías de edipo y de castración. Creía firmemente.

Pero los intercambios son suficientemente numerosos en familia para que se suponga hoy que la transmisión psíquica es suficiente. Pienso que cada uno, a su manera y según el momento, recurre a la brújula del parentesco. El padre y la madre tienen a cargo el proponerlo; disponen de una brújula desde que nacieron y vivieron en su familia.

“Ves cómo te diriges a mí, ¿no tienes vergüenza?!!!», exclama una madre a un niño. Esto no es solamente una llamada al orden más o menos eficaz. Oculta una verdad; cada una de nuestras palabras y nuestros actos contiene una evocación de nuestra posición en el parentesco. Cada una de nuestras palabras y nuestros gestos tiende a regular la brújula en caso de que se desconcertara.


Bibliografía

Benhaïm D. « La phylogenèse et la question du transgénérationnel » Le divan familial, 2007, 18.

Decherf G., Blanchard A.-M., Darchis E. Amour, haine et tyrannie, Paris, In Press, 2006.

Eiguer A. Clinique psychanalytique du couple, Paris, Dunod, 1998.

Eiguer A. Nouveaux portraits du pervers moral, Paris, Dunod, 2006.

Eiguer A. « La loi et le transgénérationnel », Le Divan familial, 2007, 18.

Freud A. Introduction à la psychanalyse, 1917, OC, Paris, PUF.

Héritier F. Les deux sœurs et leur mère, Paris, Le Seuil, 1996.

Unamuno M. de « Nada menos que todo un hombre », 1920, tr. fr. « Rien de moins que tout un homme », in Trois nouvelles exemplaires et un prologue, Paris, L’âge de l’homme, 1994.


  • El título es en francés “La parenté déboussolée”; el segundo término significa literalmente cuya brújula se ha desajustado y se traduce como “desconcertado”, “desorientado”. El texto juega con esta palabra tomando sucesivamente la forma literal y metafórica de “déboussolée”, sin brújula.
  • Présidente de la Asociación internacional de psicoanálisis de familia y pareja.
  • Publicado en El parentesco fantasmático, 1987, traducción española en Buenos Aires, Amorrortu, 1990. Esta descripción ha sido ampliada y actualizada.

Revista Internacional de Psicoanálisis de Familia y Pareja

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ISSN 2105-1038