REVISTA N° 01 | AÑO 2007 / 1

Adhesión y destrucción en el vínculo filial en suspenso. El niño del holograma: un hijo sacrificado entre generaciones.

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ARTÍCULO

Adhesión y destrucción en el vínculo filial en suspenso. El niño del holograma: un hijo sacrificado entre generaciones.

Irma Morosini [1]

Un niño ha muerto. Accidente, destino o descuido?…

Probablemente las tres sean causas de este desenlace que enlaza el fin de una historia de vida y el principio de otra.

Otro niño nace para ocupar el lugar que ha quedado vacío.

Ignora ser un niño de reemplazo y que pesa sobre él la transmisión transgeneracional de un mandato como parte de un pacto silentemente sellado y por el que está obligado a no reclamar por un lugar diferente: el suyo propio.

Esta será la historia de un vínculo plasmado sobre otro en el cual el niño presente, prestará cuerpo al ausente sosteniendo un vínculo en suspenso entre su madre y aquél a quien él representa. Este niño visible es el holograma del que no se ve.

El proceso se cumple entre la madre y el hijo (dos hijos condensados en uno por obturación de la realidad de pérdida y consecuente reemplazo – negación y renegación, desmentida y forclusión) que delinea el camino de adhesión – destrucción recíproca en el vínculo.

Vínculo enfermo e indisoluble dado por la simbiosis, donde el hijo de reemplazo quedará habilitado en un único lugar: ser para la madre un fetiche con capacidad mágica, para anular lo inaceptable de la realidad y convocar el cumplimiento de sus deseos, así como para recordar el trasfondo siniestro como víctima de un renovado sacrificio con el que paga una culpa ignorada y ajena.

En esta historia de dos que son tres, el cumplimiento de la función paterna como adecuada mediación, hubiera podido ofrecer una cuña para iniciar y sostener la ruptura de la simbiosis y el comienzo de una progresiva discriminación que permitiera al niño acceder a su subjetivación.

Pero esto no sucede.

El padre intentando preservar al hijo renuncia a mediar, apuntala la simbiosis, anula con ello las modificaciones posibles al pacto y repite como padre  parte de su propia historia como hijo ya que él mismo ha sido el fruto de  un amor circunstancial entre una madre transgresora, un amante y un padre de reemplazo,  que lo reconoce como propio dándole su apellido.

El convocar a tres en las escenas fundantes en que deben ser dos, plantea un problema de estructura entre los anudamientos de lo real, lo imaginario y lo simbólico, al modo de un “nudo borromeo” como punto de partida.

En la estructura planteada existe un tránsito entre lo efectivo y las suplencias. Lo triangular subyace a lo vincular y en los diversos triángulos se repiten las figuras de reemplazo que dan realidad a la virtualidad hologramática de lo reemplazado.

Esta situación complejiza la comprensión de estructuras que extienden lo transubjetivo, sus procesos y las cadenas asociativas que intervienen en la construcción del psiquismo singular y del conjunto familiar al que pertenecen.

Se nos plantean cuestiones para pensar desarrollos teóricos a partir de las observaciones a las que nos convoca la clínica. Algunas de ellas son:

  • La complementariedad entre los desajustes de las funciones parentales como ilustración de la circulación interfantasmática de la pareja parental que define su elección por similitud de la conflictualidad en el curso de sus respectivas historias, por las que se facilitan los anudamientos entre ambas y los trazados de nuevos pactos sostenedores en el futuro de repeticiones del pasado. Este es un modo de circulación por una temporalidad que no transcurre. El modo de la parentalidad expresa un acuerdo tácitamente implícito en la estructura de la pareja.
  • Pensar la articulación de la pareja como entramado psíquico que ofrece su fondo para la construcción del psiquismo de los que advienen a habilitarlos como familia, nos propone reflexionar acerca de la dinámica de las presencias y ausencias, de los reconocimientos que definen la cadenas filiatorias, del estilo que asume la ley y su cumplimiento en cada núcleo familiar, de la eficacia de las mediaciones para asegurar o impedir, analizando el lugar que ocupa la madre en la falla del padre y el que ocupa el padre en la falla de la madre.
  • Las personas de reemplazo aseguran la supervivencia de un lugar y de un sentido, ambos asignados desde un tiempo anterior y por cuyo significado el grupo familiar articula recursos defensivos. El significado se impone como causa.
  • Procesar los mecanismos que operan en una familia que inaugura y repite lugares de victimización donde el entretejido que subyace como estructura obstaculiza su remoción, fijando lo perverso como modo de ligazón transpsíquica destinado a preservar un espacio ideal de base narcisista con el costo del sacrificio de la figura de reemplazo.
  • Revisar la perlaboración de la fantasmática inconsciente que sostienen las escenificaciones de cada grupo interno operando lo silenciado en circulación, proceso que constituye una doble escena, una visible que se desplaza sobre códigos y mensajes explícitos y en paralelo otra escena ni visible ni creíble, que configura un imposible pero que es sostenida por la comunidad familiar más próxima en su operatoria de desmentida.
  • Comprender la relación inevitable entre la injuria narcisística de la víctima cuyo yo instancial se ve tan obstaculizado para acceder a ser, con el movimiento inverso dado entre el progresivo desmoronamiento yoico y la apertura a la construcción somática como vía de acceso a la reparación de esa subjetividad malograda.

La enfermedad puede ser un camino que organice la salida cuando los otros caminos han sido imposibilitados. El cuerpo siempre ofrece su territorio para exponer allí su problemática, para escribir en él sus dilemas y enigmas, para cumplir finalmente el cometido como víctima, único lugar aceptado en consenso por la pareja parental y sostenido por el grupo familiar, pero a su vez como forma de revertir el proceso.

Darse la muerte por la enfermedad es matar definitivamente al otro que lo habita  y con esto también iniciar la posibilidad de una desarticulación grupal si es que la familia no halla en corto tiempo otra figura de reemplazo.

La puesta en el escenario del cuerpo de la dramática vital expone un nudo traumático que enlaza varias historias de vida, las que no pueden desligarse pero tampoco ligarse de mejor manera.

Es interesante asistir a una familia preocupada por la enfermedad corporal del paciente, quien expresa por medio de él la historia traumática del cuerpo familiar.

Trabajaré las ideas teóricas expuestas en su presentación clínica, para lo cual expondré lo que sucede cuando un niño al nacer ocupa el lugar de otro niño muerto, prestando su cuerpo y su nombre para ser quien no es, destinado a darle vida al ausente, cuya anterior existencia y posterior ausencia, el niño ignora.

El futuro del nuevo hijo habitado por las proyecciones parentales queda hipotecado y el único camino que parece posible es el de consumar el sacrificio para el cual ha nacido y darse la vida solamente a través de la propia muerte como único acto de legítima voluntad.  

Viñeta Clínica:

Este niño, al que voy a referirme, nace tiempo después de la muerte de otro niño quien era su medio hermano, el que muere aplastado por un camión al escapar de la mano de su madre al cruzar una avenida. El niño fallecido era el único hijo de un matrimonio anterior de la madre. Tenía tres años.

La muerte del niño es la causa de la ruptura matrimonial ya que el padre acusa a su mujer de ser responsable del descuido. El esposo y padre de la criatura en un arrebato de desesperación intenta ahogar con sus manos a la madre. La abuela materna quien defiende a su hija delante del esposo, la llama “asesina” en la intimidad.

La madre quien vio morir a su hijo no lo lloró ni habló más de él y después de ser expulsada del hogar conyugal retornó a la casa de su madre y a su vida de soltera.

Tiempo después forma una nueva pareja con un antiguo novio quién conoce esta historia.

De la relación con la nueva pareja nace este nuevo hijo.

Al nacer, el niño presenta una malformación congénita de sus pies conocida con el nombre de pie bot, que consiste en una deformación compleja del pie caracterizada por la existencia de cuatro deformidades simultáneas: equino, varo, aducto y cavo[2] que acarrean alteraciones tanto en las partes blandas como esqueléticas.

La madre anuncia a la familia que su hijo va a llamarse J., elige como primer nombre el del niño fallecido de quién no se habla y el padre elige como segundo nombre el de su padre, que no es el biológico sino un padre de reemplazo, esposo legal de su madre, pero que no pudo tener hijos biológicos pero que lo reconoció y dio su apellido al niño que su mujer había concebido dentro del matrimonio pero con otro hombre con quien sostuvo una relación sentimental transitoria.

La madre al ver por primera vez a su hijo con su malformación afirma que “va a caminar como cualquier niño, sólo que éste tardará más”.

El niño comienza su vida recibiendo  constantes manipulaciones manuales con fines correctivos, ya que tiene afectada su base de sustentación y equilibrio. Estas maniobras van seguidas de control radiográfico y yeso para fijar la posición.

Desde el nacimiento hasta la pubertad, J. enfrenta catorce operaciones por lo que su vida transcurre entre  el hospital y su casa.

Debido a la imposibilidad de caminar J. se desplaza adosado al cuerpo de su madre, quien idea un sistema de mochila para cargarlo con sus constantes yesos y lo maneja como si se tratara de su propio cuerpo.

Al comenzar a hablar, J. se nombra tal como se escucha llamar en inglés, idioma nativo de su madre y en francés, idioma nativo de su abuela materna, y lo fonetiza diciendo: Yo-yo. Su infancia transcurre frente al piano, el que estudia desde muy pequeño, en el hospital o jugando desde su cama con lo que no tiene impedida su movilidad: su fantasía.

Su padre es músico. Yo-yo lo ve poco, escucha sus conciertos por la radio y cuando lo reclama, la madre interviene ocupando ambos lugares.  Es un niño inteligente, lúcido para aprender, que habla varios idiomas intercalados en una misma conversación: inglés con su madre, francés con su abuela materna, castellano con su padre, italiano con su abuela paterna, alemán con algunos niños vecinos del barrio que lo visitan.

La música ocupa su tiempo en sillas de ruedas y antes de la pubertad ejecuta de memoria difíciles obras clásicas en el piano. Al llegar a la pubertad Yo-yo tiene reconstruidos sus pies. Su flamante andar denota defecto pero camina.

La madre entonces decide iniciar una remodelación de la casa, la que empieza con la pubertad de Yo-yo y termina con cuatro pisos más, catorce años después cuando Yo-yo es un hombre casado.

Durante la larga etapa de remodelación, Yo-yo abandona el piano y arruina sus manos trabajando como albañil.

Suceden escenas violentas con su padre quién le reclama su regreso al piano para acceder a una beca en el exterior y la madre que le exige que levante paredes, para hacer de la casa una “academia”  que podrán manejar entre los dos.

Ambos padres discuten con él, pero no aclaran sus ideas entre ellos.

Yo-yo no puede desobedecer a su madre. Transcurre el tiempo y Yo – yo se casa pero sigue estando en la casa materna durante todo el día ya que da clases de idiomas junto a su madre en la Academia que ella fundó.

Por ese tiempo Yo-yo inicia la construcción de una casa propia adonde sueña irse a vivir con su familia.

Al diseño original le agrega repetidos cambios por lo que resulta un proyecto sin sentido.  La casa tiene tres cocinas, una en el subsuelo, otra en la planta baja y otra en el tercer piso. Este proyecto lo ha endeudado y a pesar del tiempo transcurrido no pueden vivir en ella porque está en permanente estado de obra. Para cada ampliación pide préstamos bancarios por los que hipoteca la casa. Con ese dinero sigue cambiando el destino de los espacios, muda cocinas, traslada baños, amplía el sótano, por lo que en esta laberíntica construcción en la que Yo-yo se aboca locamente, no se puede vivir.

Yo-yo transita entre la casa materna (con tantas habitaciones – aulas de las que muchas son eternos espacios vacíos) y la construcción de su interminable laberinto.

El padre de Yo-yo, repite que “esa casa es un proyecto sin sentido propio”, no obstante es quien le provee del dinero cada vez más escaso para proseguir los cambios en su obra.

Así transcurre la vida de Yo-yo, quien es un hombre adulto, con una carrera de arquitectura inconclusa, estudios de piano interrumpidos, academia no reconocida oficialmente, y entre dos enormes casas y ningún hogar.

El padre de Yo-yo enferma y fallece en poco tiempo, pero antes de morir le informa al hijo su deseo de ser cremado y le exige el compromiso de su presencia para verificarlo.

Su hijo asiste a su cremación.

Fallecido el padre, la madre le informa su decisión de cerrar la academia  (fuente de trabajo de Yo-yo) y le propone que la instale en su casa sin terminar. La academia se cierra.

Yo-yo sin ingresos ya no puede contratar obreros y prosigue él sólo trabajando en la casa. Ya no tiene motivos para ir todos los días a la casa de su madre.

Empieza a beber. Dos meses después se siente cansado e inapetente, con evidente pérdida de peso, incrementa la ingesta de alcohol, se queja de dolores en la zona sacro – lumbar, presenta malestar general y su temperatura corporal registra entre 39 y 40°.

Yo-yo insiste en no consultar al médico porque unos meses atrás, antes de morir su padre, en un chequeo clínico de rutina, examen físico y análisis habían resultado normales. Cuando el médico que lo asiste por estos recientes síntomas, decide su internación, indica diversos estudios y solicita consulta psicológica debido a la actitud del paciente.

En esas circunstancias lo visito, estando internado, oportunidad en la que me transmite que se siente muy enfermo y que “finalmente va a poder morir”.

Fragmentos textuales de las entrevistas con Yo-yo:   

 “…necesito salir de una vez, de una vida imposible,…la angustia me acompañó siempre, no me recuerdo sin ella y hasta he extrañado el dolor, el que busqué lastimándome las manos. El dolor y esa rara sensación de extrañeza que no puedo describir como si yo no fuera yo, sino otro que había tomado mi cuerpo para ser yo. Tenía mi cara pero con otro espíritu…Ud. va a pensar que estoy loco, y tal vez tenga razón, siempre estuve un poco loco.. Mire yo no pude hacer nada en los tiempos en que tenía que hacerlo, en que los demás lo hacían, pero lo loco era que mi familia no esperaba nada. Estas son ideas que empecé a pensar después de la muerte de mi padre. Para mi madre verme en la cama creo que le era suficiente. Ella empezó a enloquecerse a medida que mis pies mejoraban.

Se puso  agresiva, a veces hiriente. Pero yo le debo que me haya cargado tanto tiempo en sus brazos, después ella hizo una angina de pecho, yo creo que fue por tanta preocupación conmigo…

De mi padre que puedo decirle, odio que no estuviera conmigo cuando lo necesitaba,  que después me diera plata, la que me ocupé de gastar no siempre bien, odio que al morirse, me abandonó de nuevo, y otra vez sólo con mi madre, y más odio  que me obligara al compromiso de mirarlo morir… Yo que siempre dudé de mi propia vida, que sólo parecía estar vivo para alegrar a mi madre, tuve que presenciar la crueldad de la carne quemándose y la certeza de las cenizas. Él no quería que sus cenizas fueran las de otro, seguro que por eso me pidió que lo mirara todo. Yo que siempre sentí que estaba mezclado con otro adentro al que no podía sacarme de encima o salir yo de él. Ahí frente a su cuerpo y a los ruidos del arder sentí la angustia como nunca. La certeza de la angustia y también la certeza de la paz que debe haber en el morir…  Yo cumplí con papá. Ahora quiero cumplir conmigo. No puedo quedarme a ver morir a mi madre. Es lo que más me aterra. Ella es por quien yo vine al mundo, por quien sobreviví, por quién esperé cuando estaba internado cuando era chico y ahora ¿sabe que me pasa lo mismo?, la espero más a ella que a mi esposa o a mis hijos, es por quien peno cuando se enoja y en quien veo las marcas de mis dolores…Yo sé que estoy muy enfermo.  No sé porqué se preocupan tanto por el diagnóstico si el mal que yo tengo es mi vida, mi vida como Yo-yo…ni nombre tengo, sólo el sobrenombre que yo mismo me puse…Estoy un poco cansado ahora, si viene mañana por ahí seguimos hablando…”

Esa fue la última vez que hablé con Yo-yo.

A la mañana siguiente cuando iban a hacerle un nuevo estudio, falleció.

El resultado de las biopsias realizadas permitió el diagnóstico médico: Mielofibrosis idiopática [3] [4]. Tenía 50 años.

Análisis del material (obtenido en las entrevistas y de la reconstrucción posterior de su historia por relatos familiares) [5]:

Yo-yo nace después de la muerte accidental de su medio hermano desconocido.

A esta muerte le debe su vida. Es una muerte culposa. Su madre lo sabe e impone silencio. La madre rehace rápidamente una pareja y repone al niño perdido con este otro niño a quien le preasigna el sentido de reemplazar al hermano muerto ocupando su lugar.

La rápida reposición de personas y lugares se tramita por acción de un duelo suspendido que ha congelado el dolor. Lo traumático se ha escindido y sólo reaparecerá por medio de las marcas que en el cuerpo del nuevo niño muestran las malformaciones congénitas de sus pies.

Pero esta malformación le impedirá hacer a este niño lo que hizo el otro niño: caminar, correr, escaparse, por esta malformación irá adosado al cuerpo de su madre hasta que sea grande.

La malformación acarrea dolor y frustración al niño quien no ha de crecer como los demás niños, pero para su madre – a pesar del trajinar entre hospital y casa, del peso al cargarlo con sus yesos-, le asegura su dependencia.

El camina con los pies de la madre, quien al verlo al nacer dijo “va a caminar como cualquier niño, sólo que éste tardará más”.

De las articulaciones fonéticas de su nombre escuchado en inglés y francés, se autonombra “Yo-yo” nombre que al crecer no cambia, como anunciando que él integra dos yoes y que en semejanza al juego de los niños ambos se mantienen atados entre sí por el hilo de la repetición.

Su dolencia física, es acompañada por el dolor psíquico de una madre conectada con otro a través de su cuerpo. Él presta encarnadura a un otro sin saberlo.

Yo-yo desconoce que haya habido otro niño y otro matrimonio, tampoco sabe que de estar ese niño, no estaría él, y que la muerte de uno le dio vida al otro, pero siente que vive como un niño muerto, porque partes de él se comportan como muertas.  Yo-yo siente vergüenza por ser diferente a los otros niños, rabia e impotencia por no poder jugar y correr como los demás, algo que combina la humillación con la mutilación de las sucesivas operaciones pero que parecieran anunciarle una intuición de culpa por la que pareciera merecer un castigo.

Su padre está muchas horas ausente debido a su trabajo pero le ha buscado al mejor profesor de piano en Buenos Aires y lo alienta a que estudie.

Cuando él ya puede interpretar una partitura, la ensayan juntos. Tocando establecen un idioma común de sonidos y pentagrama. La música es su espacio propio y un punto de encuentro con el padre. Al progresar en ella, desvirtúa la idea omnipresente del tiempo detenido.

Caminar es empezar a soñar con realidades posibles, Yo-yo sueña con estudiar en Europa,  pero su madre teme “perderlo de nuevo” y dispone el dinero ahorrado por el padre para el viaje, en la remodelación de la casa.

Esta decisión de la madre termina siendo aceptada por el padre aún sabiendo que trunca las excelentes posibilidades de artista de su hijo, quien abandona su piano, se aboca a ser albañil y autodestruye a fuerza de cemento, cal, agua y arena sus otras extremidades, aquellas que le habían dado satisfacción y orgullo, junto a la idea de acceder a un futuro propio.

A partir de allí cada intento de crecer es anulado por él mismo en una repetición de fracaso, es como si no pudiera llegar a cruzar a la otra vereda quedando en el camino como eterno portador de otro, lo que le genera la sensación de extrañeza que no puede más que presentir ya que no obtiene respuestas.

En el descanso de la escalera que sube a los dormitorios de la casa, hay un gran cuadro con la imagen de un niño al que todos al ascender por allí, están obligados a mirar pero del que nadie informa quién es. Yo – yo formula preguntas, sólo obtiene evasivas, negativas, desvíos de tema.

La desmentida de la madre que le niega una realidad evidente le impone una constante escisión para subsistir. La casa interminable que construye es como la mochila de tela creada por la madre para transportarse juntos. Yo-yo enredado en la simbiosis, repite en su casa el laberinto de su confusión.

El dinero del padre sostiene lo que no tiene sentido en paralelo con su ausencia en la función, con lo que ha contribuido a su extravío. El padre le aportó la música, un lenguaje y un sueño, pero no lo sostuvo para su cumplimiento efectivo por lo que repite la caída.

El pedido paterno de presenciar y vigilar su cremación pone a Yo-yo en un lugar que desencadena el derrumbe final.

He aquí la paradoja del padre que lo instala como hijo pero para dar certeza de su muerte, certeza que ha acompañado la vida del hijo como portador de una muerte ignorada y presentida, certeza de la que nadie le ha hablado.

Yo-yo cumple. Se lo prometió al padre aún contra su deseo. Crece su odio hacia él por estar obligado a ver su desaparición final, por tener que testimoniar acerca de la vida y de la muerte, cuando él es un portador de la confusión que le ha generado la ligazón entre ambas.

Tras la muerte del padre, la madre cierra la academia, con lo cual Yoyo pierde su sustento  laboral y la oportunidad de contacto cotidiano con ella. Este desalojo materno obra como un castigo, pero ¿qué se castiga?, ¿no haber dado vida al otro niño?, ¿haber nacido fallado?, ¿haberse recuperado e intentado volar?, ¿haber intentado su casalaberinto?, ¿haber sido el hijo fallido del padre y de la madre?…

El castigo de la madre y del padre vulneran sus ya precarias defensas y aparece su enfermedad al modo de una profecía autocumplida, para dar un cierre al sacrificio.

El hijo ofrecido como víctima para lavar la culpa, queda retenido como rehén de una alianza tácita.

Es el hijo mal – hecho que emerge como sujeto tachado por la cadena transgeneracional.

Lo traumático se inscribe en el cuerpo desde antes de nacer para sepultar el duelo.

Él ha nacido en un cuerpo marcado por la falta de sustentación y de equilibrio que lo retiene en regresión, y como adulto habiendo pagado el doloroso precio de las operaciones que le devolvieron su base de sustentación; el otro desequilibrio, el del estigma, aparece escenificando su desilusión ante la repetición de los fracasos,  y ante la evidencia del final de la vida de un padre por el que esperó reconstruirse, gesta una enfermedad que se comporta como su vida, silente, sin dar signos, que aparece sin respetar los tiempos, sin ofrecer batalla y anunciando la única esperanza que pareciera quedar: la certeza de su propia muerte.

Su cuerpo de adulto que “sabe demasiado” muestra en la enfermedad lo real de la muerte  retenida desde su concepción, y por la que se liberará, de esta vida como niño del holograma.

La vida de Yo-yo ha sido un largo proceso a la parentalidad fallida.

Con el sacrificio de su propia muerte se libera de la ficción de filiación.

Con la muerte de Yo – yo se cerró toda posibilidad de acceder a un trabajo de terapia psicoanalítica con él y su familia.

Esta reconstrucción  fue efectuada con los aportes de una parte de la familia en duelo, con la que se trabajó en après – coup para resignificar esta historia.(Tía paterna y primos).

Pero es precisamente ese cierre, el pedido de intervención del profesional médico que lo atendía que pesquisó ese “algo más” en la actitud emocional de su paciente, y la inquietud de algunos familiares de la macrofamilia quienes me permitieron ver que ellos mismos  requerían ayuda para procesar este inesperado desenlace, el que genera otras reflexiones.

Este material clínico que es una historia de vida enlazada a la vida de una familia, donde opera lo traumático que se desplaza entre lo transgeneracional (historia del padre como hijo e historia del hijo con su padre) y lo intergeneracional de una historia fraterna que aunque no fuera enunciada como tal, siempre subsistió en la mente de la madre y quién desde esa realidad psíquica, la transmitió encriptada al hijo y lo retuvo como rehén.

Casos como éstos, en los que no fue posible la terapia psicoanalítica familiar por cuestiones de tiempos de vida, nos llevan a plantear la necesidad de difundir estas situaciones para que los profesionales atentos a estos terribles desenlaces comprendamos la importancia de las urgencias en los tiempos de abordaje, cuando aún se puede modificar este camino marcado.


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  • , Univ. Buenos Aires.
  • Revista del Hospital de Niños de Buenos Aires. Vol VI. N° 020. pp
  1. Equino: el pie está en flexión plantar permanente y su eje tiende a seguir el de la pierna. Cavus: la cavidad plantar es exageradamente curva; la planta es convexa y el talón se encuentra elevado y la punta del pie descendida. Varo: la planta del pie mira hacia adentro, el borde interno se eleva y el externo desciende. Aducto: el ante-pie se presenta en aducción con respecto al retropie. El borde interno del pie se encuentra angulado hacia medial, la punta del pie es llevada hacia adentro en el plano horizontal; el borde externo es convexo y el punto culminante de la deformación se ve en el borde externo correspondiendo a la zona medio tarsiana. Torsión interna del eje de la pierna: el maleolo peroneo se sitúa por delante del maleolo interno, de modo que el pie entero ha girado hacia adentro según el eje vertical de la pierna, acompañándola en este movimiento de torsión interna.
  • Mielofibrosis idiopática (m.i.): de origen secundario a neoplasias e infecciones. En la actualidad se sabe que en la m.i. la proliferación de los fibroblastos de la médula ósea obedece a la liberación intramedular de una sustancia= el factor de crecimiento asociado a las plaquetas procedente de los gránulos alfa. En la mielofibrosis secundaria la hematopoyesis (destrucción de los glóbulos rojos) extramedular constituiría un retorno a la hematopoyesis fetal. Los mecanismos que conducen a la aparición de metaplasma mieloide en la m.i. son poco conocidos. En la biopsia medular la presencia de nódulos linfoides en la médula ósea apoya el supuesto origen inmunológico. (Extraído de Farreras, P; Rozman,C.: “Medicina Interna”.Vol.II. Harcourt Brace.España. Decimotercera edición.  Tercera reimpresión. 1997. pp.1714 -1715).
  • Los pacientes con edades menores a los 60 años, tienen buena respuesta y alcanzan una supervivencia media de 10 años. Cuando presenta sintomatología variada se llega a un trasplante de médula ósea cuando hay un hermano donante idóneo disponible. (U.S.National Institute of Health, 2005).
  • Estos datos fueron obtenidos a posteriori de la muerte de Yo-yo, los que aportaron una tía paterna y primos que requirieron trabajar para procesar este inesperado desenlace. Esta reconstrucción fue efectuada por una parte de la familia en duelo con la que se trabajó en après – coup para resignificar esta historia.

Revista Internacional de Psicoanálisis de Familia y Pareja

AIPPF

ISSN 2105-1038