REVISTA N° 04 | AÑO 2008 / 2
ARTÍCULO
Violencia silenciosa – la traición como medio de vinculación perversa de una pareja
Ruth Blay Levisky *
Introducción
Ciegos, sordos y mudos. De los cuarenta años de vida conyugal, veinte fueron de traiciones. El silencio, la ceguera y la sordera fueron los procesos sadomasoquistas inconscientes que el matrimonio usó para poder expresar la violencia, el desprecio y la imposibilidad de comunicación. Sin embargo, ¿de quién es la ceguera, la violencia y el sometimiento? Las actuaciones perversas y desesperadas eran los medios que usaban para que uno pudiera percibir al otro y para sostener la relación.
Al sacarse las máscaras, realizan otro tipo de comunicación: un diálogo ambivalente, plagado de culpas, rencores, ataques e ironías. Ante la amenaza de ruptura, se vuelven a acercar, defendidos y desconfiados.
Ella, cuando se siente frustrada, se pone en la posición de víctima de la traición e intenta controlar al cónyuge, esperando el perdón eterno. Ella usa un modo perverso y amenazador para poder lidiar con el desamparo y la inseguridad que siente, como también con el temor de una ruptura irreversible de la relación. Él, a su vez, cuando no se siente comprendido, realiza ataques irónicos y agresivos con contenidos de desconsideración y desprecio. En la fantasía, cada vez que él dice “no” a su pareja, eso tiene un significado de represalias; les tiene miedo a la reacción agresiva y a los ataques amenazadores de abandonar el matrimonio que, a menudo, usa la esposa en las discusiones. El dolor, la vergüenza, la cólera, el resentimiento, el desprecio, el asco, la incomprensión y el amor son algunos de los innumerables sentimientos que ellos expresan en la terapia de pareja.
En la relación que tienen, los mecanismos de identificación proyectiva producen una lucha entre los objetos internos y los externos de la pareja, lo que se refleja en forma de imágenes especulares que proyectan uno en el otro. Intentan deshacer una simbiosis perversa y construir límites en la relación para poder arribar a la individuación y complementariedad constructiva de la vida conyugal. El sufrimiento ha movilizado la construcción de nuevos vínculos con menos control e idealización.
Me propongo indagar si el casamiento realmente representaría una amenaza o una conveniencia para la pareja. Los aspectos idealizados y proyectados en las figuras de uno en el otro han construido una relación fantasiosa, en que la mentira y el falso self han establecido, durante tanto tiempo, las condiciones que permiten la construcción de un vínculo frágil (Blay Levisky, 2005).
Este trabajo clínico propone la discusión al respecto del desarrollo del análisis de pareja y de las repercusiones emocionales experimentadas en la relación transferencial y contratransferencial con el psicoanalista.
Además de eso, se discute la conducción clínica del caso, basado en el referencial psicoanalítico y también, del psicoanálisis de las configuraciones vinculares.
Discusión del material clínico
Celso y Marília estuvieron de novios durante dos años, y hace más de cuarenta años que están casados. La familia está constituida por hijos y nietos. Celso es un exitoso abogado; de ascendencia europea, ha tenido una madre autoritaria, controladora y un hermano más grande. La relación que ha tenido con la madre siempre fue complicada y ambivalente, pautada en el binomio de amor y odio. Se identificaba con el padre porque éste era una persona inteligente, con mucho éxito en los negocios, pero débil en lo que respecta a la autoridad paterna porque era muy dependiente, en términos emocionales, de su esposa. Celso siempre se sintió criticado por la madre. Intentaba llamar la atención de su progenitora para probar que era capaz y, por sobre todas las cosas, para que ella lo reconociera y lo amara.
Marília es una maestra, ha seguido la profesión de la madre y la tía. De descendencia brasileña, la familia de Marília estaba compuesta por los padres y dos hermanas más grandes que ella. A los nueve años de edad, perdió al papá, y junto con él también el reinado y la sobreprotección que le daba el hecho de ser la hija más chica. Después del fallecimiento del progenitor, la vida familiar se transformó en algo muy difícil. La madre trabajaba mucho y no se casó otra vez. Las hermanas intentaron ocupar el lugar del padre ausente y se dedicaron a cuidar a la niñita, proceso que se prolongó incluso cuando ella ya estaba casada. Marília empezó a trabajar cuando todavía era una adolescente, sintiendo desde tan temprano las amarguras de la vida. Hasta el día de hoy se lamenta y se emociona por la pérdida precoz del padre, lo que le provocó, como un reflejo, tener una vida plagada de sentimientos de inseguridad y de vacío. De manera defensiva, Marília desarrolló el miedo de apegarse a alguien para no tener que vivir las pérdidas. Ella asocia sentimientos de amor a exceso de cuidados. La aparente fragilidad fue reforzada por la familia por medio de actitudes sobreprotectoras.
Celso, en una broma provocadora, manifiesta que se casó con Marília porque tenía una profunda admiración por la suegra. Era una mujer linda, fuerte, luchadora, inteligente y pensó que, en Marília, podría encontrar los mismos atributos que tenía su suegra. Quizás, había buscado en la suegra el modelo idealizado de madre, frente a la falta internalizada que tenía de la madre real. Me relata que la suegra era una mujer muy diferente de su propia madre, especialmente, porque la suegra lo quería. Desde los comienzos de la carrera profesional, Celso ha sido reconocido como alguien de éxito, pero no fue así en el casamiento:
“Luché mucho en la vida, pensando en la familia, pero Marília nunca me entendió, solamente me criticaba. Quería mi atención porque se sentía sola. Yo, agotado, también necesitaba de cariño, pero no lo tenía”.
Marília cuidaba de la casa, los hijos. Sin embargo, aumentaba cada vez más el alejamiento de la pareja:
“Celso sólo valoraba el trabajo porque se enorgullecía de eso, pero ni siquiera miraba a la familia, porque siempre estaba cansado. Siempre fue una persona que se ha centralizado, primero, en sus propias cosas”.
Celso comentó: “Marília siempre me pedía que viajáramos los fines de semana, pero todo lo que yo le daba nunca la dejaba satisfecha; siempre quería más. Ella no lograba entender que mi esfuerzo era una manera de dar cariño a mi familia”.
___“Celso me escuchaba como si yo lo criticara, pero lo que yo quería, de verdad, era poder estar más cerca de él. Sentía su falta. Quería tenerlo como aliado y no como un enemigo”.
El desencuentro y la insatisfacción fueron agrandando la distancia que había entre ellos. Las necesidades emocionales, que cada uno fantaseaba con encontrar en el otro, fueron quedando cada vez más lejanas. Cada uno sentía la inseguridad, el vacío y el desprecio que habían sentido en las propias historias de vida. Ellos estaban repitiendo y reviviendo los sentimientos conocidos y no elaborados.
En una sesión, Celso relata que, después de muchos pedidos y quejas de su esposa, decidieron viajar a España. El viaje estaba siendo una verdadera luna de miel cuando, de repente, todo cambió:
“Imagínese que un día estábamos paseando por Cataluña cuando, a lo lejos, escuchamos una canción. El escenario tan romántico me provocó el deseo de invitarla a bailar. ¡No sólo ella no quiso, como también me criticó diciéndome que era ridículo que nos pusiéramos a bailar en ese lugar! Se me disipó el interés que tenía y me sentí impotente para poder agradarla. Una vez más yo no lograba hacerla feliz. Ella quería que yo fuera de una manera que yo no podía ser. Para mí, ese viaje fue una experiencia triste que me marcó. Fue a partir de ese día que me fui retrayendo, convirtiéndome cada vez más en un ser humano aislado y sin energía. Me parece que me protegí con un escudo, que me daba un estado fantaseado de alienación contra las agresiones e incomprensiones que yo temía sufrir”.
Marília, cuando escuchó lo que Celso me contaba de ese episodio, manifestó:
“Pero, ¡otra vez lo mismo, otra vez la misma historia! Ya le expliqué a Celso que en aquella época yo sentía mucha vergüenza de los otros, y que no era verdad que yo no le daba valor al viaje que hacíamos juntos. Al contrario, yo estaba encantada, y para mí todo eso era un sueño: estar junto a él, visitando museos, que es una cosa que amo! Me sentía en el Paraíso, pero Celso tiene la manía de pensar que sabe leer mis pensamientos y se le ponen cosas en la cabeza, conclusiones que sólo él tiene, pero que no corresponden a la realidad que yo siento. Ya se lo he explicado un montón de veces, pero me parece que Celso no me escucha, ni siquiera piensa lo que le digo. Celso es el dueño de la verdad absoluta. No logro encontrar una manera para acercarme y que me tenga en cuenta. Hasta llegué a pedirle disculpas si, por la forma en que le hablé, eso le hizo pensar que lo estaba censurando, pero la verdad es que esa no fue mi intención”.
En ese preciso momento de la sesión me siento invadida, de manera contratransferencial, por sentimientos de incomprensión. Era como si yo estuviera en una Torre de Babel, en que cada uno hablaba su propia lengua. El idioma extranjero que cada uno comunicaba era tan incomprensible, tanto para mi persona como para ellos, que me sentía perdida, solitaria, desamparada e identificada con la pareja, en la turbulencia. Considero que fueron maneras que encontraron para hacerme vivir, junto con ellos, el vacío y la incomprensión que sentían. No lograban poner los sentimientos en palabras conocidas para ser escuchadas, decodificadas y comprendidas. No había comunicación.
Considero de suma importancia el realizar, en este preciso momento, un recorte en el desarrollo de las sesiones clínicas para introducir algunos aspectos teóricos que delinearon el presente trabajo.
Eiguer (1995) subraya la importancia que tiene el estar atento a los aspectos contratransferenciales que aparecen en el contexto familiar, debido a que representan actos o emociones inconscientes del terapeuta, como respuesta a la transferencia de la familia.
En esta pareja se perciben las actuaciones perversas que pueden ser entendidas como una forma primitiva de comunicación. Levisky (1998) ya en aquella época mencionaba que el ‘acting-out’ podría ser representante de una manera de comunicación.
Partiendo de la obra de Freud (1905) y ampliando el concepto de perversión como siendo el conjunto del comportamiento psicosexual que acompaña a tales atipias en la obtención del placer sexual (Laplanche y Pontalis, 1967), la pareja que nos ocupa podría ser vista como siendo cómplice de una relación ambivalente de amor y odio, que los llevó a vivir un triángulo amoroso sin que exista la posibilidad de poder elaborar las cuestiones edípicas infantiles de ambos cónyuges. De ese modo, se ha configurado un vínculo competitivo, perverso y silencioso que los ha acompañado durante tantos años.
En el trabajo analítico con ellos, manifiesto que he procurado estar muy atenta a la dinámica de los vínculos que se constituían y se transformaban a lo largo del proceso. En los comienzos del análisis, esta pareja me ha hecho acordar de lo que Meltzer (1979) describió como una perversión viciada y criminal. El juego sadomasoquista que se ha establecido entre ellos, debido al sentimiento de frustración, vacío, desesperación, inestabilidad emocional y fragilidad yoica, los llevó a crear una violencia perversa y silenciosa en vistas del grado de primitivismo del funcionamiento mental de ambos integrantes de la pareja.
Puget y Berenstein (1994), seguidos por otros psicoanalistas de pareja que apoyan las ideas de estos autores (Benghozi, 2007; Blay Levisky, 2007; Cunha y colaboradores, 2008; Piva, 2006; Rojas, 1996; Spivacow, 2008), nos alertan sobre la importancia que tiene comprender la dinámica del funcionamiento mental consciente e inconsciente de la pareja y de la familia, siempre teniendo en cuenta las instancias intra, inter y transubjetivas.
El objeto inicial del estudio, en la perspectiva del psicoanálisis vincular, es analizar al sujeto de lo inconsciente pulsional, a las relaciones de objeto de las fantasías inconscientes y los tipos de vínculos que se forman entre los sujetos, en la presencia real con los involucrados.
Considero que cabe aquí aclarar lo que se debe entender por tópicas intra, inter y transubjetivas:
- Intrasubjetiva: el mundo interno del sujeto, las representaciones, los sueños, las imágenes, las fantasías y cómo se relacionan entre sí los objetos internalizados.
- Intersubjetiva: el modo como los individuos se vinculan de manera afectiva.
- Transubjetiva: la manera como el sujeto y los grupos se vinculan con las normas, los valores, los papeles y las funciones del mundo sociocultural.
El término ‘vínculo’, en el psicoanálisis clásico, ha sido utilizado para indicar la relación que se tiene con el otro, con las partes del self o entre los objetos internos, sin tener en cuenta la representación histórico-social que, Levisky (2007) demuestra que existe en función de las acciones del contexto sobre la configuración y la expresividad de los elementos que constituyen al mundo interno. En la tópica vincular intersubjetiva, el vínculo es una relación entre el Yo y el otro, con características de extraterritorialidad (Puget y Berenstein, 1994). Se trata de una estructura que está formada por tres términos: dos Yoes y un conector que, en la presencia del otro real produce subjetividades de manera continuada (Berenstein, 1996, 2004, 2007).
Por lo tanto, la perspectiva del psicoanálisis vincular trabaja con subjetividades que se entrelazan de forma compleja, en que la tópica inconsciente, las influencias socioculturales del medio y el bagaje que ha sido transmitido por las herencias transgeneracionales. Todas son responsables por la constitución del sujeto.
En ese abordaje teórico, el vínculo se establece a partir de los acuerdos y pactos de naturaleza inconsciente, que no corresponde a la suma de las partes que están involucradas, sino que se crea una nueva organización mental y de vínculos. La presencia de una referencia externa le confiere al vínculo el carácter de bidireccional, en el que ambos yoes son simultánea o sucesivamente pacto y/o acuerdo, fuente de deseo y de objeto deseado, y de acción de uno hacia el otro.
Puget y Berenstein (1994) clasifican las varias modalidades de vínculo en:
- Vínculo de sangre y de alianza: basado en la consanguinidad y en los compromisos, tales como el casamiento.
- Vínculo adhesivo o narcisista dual: se estructura frente al miedo y a la amenaza de separación o de pérdida del otro. Esto lleva a la falta de contacto entre las partes, a vivencias de desesperación y de un mundo interno hostil y deteriorado.
- Vínculo de posesión (poseído-poseedor): en el que se intenta anular la distancia entre las partes mediante el contacto corporal concreto para buscar reducir las angustias que aparecen debido al reconocimiento de las diferencias entre los sujetos.
- Vínculo de control (controlado- controlador o de terceridad limitada): hay una tolerancia más grande ante las diferencias entre las partes, aunque las angustias que aparecen en la relación tengan características castradoras y de despedazamiento. La necesidad de controlar tiene la finalidad de garantizar la salida de la soledad y del desamparo.
En el caso clínico que estamos analizando, considero que la pareja ha desarrollado varias formas de vínculos que se fueron constituyendo y pasando por mutaciones a lo largo del proceso terapéutico, con características de adhesión, posesión y control, todas éstas como siendo maneras defensivas para intentar evitar la amenaza de ruptura de la relación. Las crisis personales mal elaboradas han sido proyectadas, vía identificación proyectiva maciza y exitosa, uno contra el otro, con la finalidad de poder sentirse vivos y existiendo. El modelo de relación se fue estructurando y cristalizando a lo largo del casamiento.
El matrimonio no tuvo relaciones sexuales por más de quince años. Ella sugería que Celso fuera a consultar a un médico, con la tentativa de entender la impotencia, a lo que él contestaba que no encontraba sentido en hacer el amor porque ya habían tenido cuatro hijos y no deseaba aumentar la familia. Se trataba de un discurso religioso falso y frágil para sostener esa teoría. A su vez, Marília manifestó haber intentado seducirlo, en varias oportunidades, pero nunca había tenido éxito. Ella se fue recogiendo al convento, como una buena “hermana de la caridad”, la que cuida la casa, los niños y que se encarga de todo lo necesario para mantener a la familia. Celso manifestaba estar preocupado con el bienestar de la familia, hacerse cargo de todas las necesidades y exigencias para no sentirse culpado, pero reveló que él mismo no hacía parte de ese contexto. Los hijos pertenecían solamente a Marília, quien no dejaba espacio libre para que ingresara Celso. Como él ya no tenía el semen productivo y fértil que se espera de un padre de familia, entonces funcionaba como la abeja zángano que, después de haber fecundado a la hembra, agoniza hasta morirse.
Fue en ese periodo que la familia tuvo a una empleada que ayudaba a Marília en los quehaceres domésticos y en el cuidado de los niños. Esa persona se convirtió en una gran amiga y confidente. Marília constantemente se quejaba ante ella del marido que tenía. Esa señora ayudó a Marília a criar los niños; en casa todos la querían mucho.
Marília se convirtió en una consumista compulsiva, apoyada por la empleada doméstica, que la incentivaba a gastar el dinero del marido como una forma de castigarlo. Algunas veces, cuando Marília intentaba comprar algo a Celso, éste la agredía diciéndole que no necesitaba nada, que ella se dedicaba a comprar por comprar, y que eso lo irritaba mucho. Celso no lograba aceptar nada que proviniera de ella.
La manera en que se vinculaba la pareja no hacía otra cosa que fortalecer, cada vez más, la carencia afectiva que uno sentía del otro; mecanismos proyectivos, ataques sadomasoquistas, competitividad, odio y envidia, todo eso aumentaba en la relación de cada día. De esa manera buscaban la autoafirmación.
La perversión encontraba un terreno fértil para crecer.
Frente al cuadro de tamaña fragilidad relacional, el triángulo compuesto por la empleada, Marília y Celso se fue constituyendo y las partes involucradas se fueron acercando. Celso se dedicaba a elogiar la comida que hacía la empleada, aunque estuviera incomible. Cada vez que Marília la criticaba por algo, Celso decía exactamente lo contrario. Sin embargo, Marília se fue convirtiendo en cómplice de la empleada, en contra de Celso. Esa señora hacía parte de un doble juego, de seducción y de ataque, dependiendo del lado en que estuviera.
Hace dos años, Marília se presentó en el consultorio, derivada por la prima, quien ya había hecho terapia de pareja conmigo. En aquella ocasión, Marília estaba muy deprimida, ofendida y debilitada emocionalmente. Había ocurrido una verdadera catástrofe en la familia. Un “tsunami” había afectado, con toda la furia y poder, el hogar de Celso y Marília, provocando traumas, pérdidas, destrucción y un gran sufrimiento.
Ello sucedió el día en que uno de los hijos reveló a la madre que hacía más de diez años que se había dado cuenta de que el padre y la empleada mantenían relaciones. Había guardado herméticamente el secreto, pero era un secreto que se repetía en la familia. La herencia del secreto se había transmitido de padres a hijos. Como ese hijo se daba cuenta de que la relación de los padres se complicaba a cada día, con un alejamiento cada vez más grande, donde primaba el desencuentro profundo, entonces él no soportó más esa situación y decidió contar el secreto a la mamá. Él pensaba que, de esa manera, los papás podrían finalmente buscar la felicidad.
Sin embargo, cuando la madre supo de la noticia se desesperó, se sintió perpleja y con mucho odio tanto del marido como del hijo quien, sabiendo de todo, no le había dicho nada en todo el tiempo que había pasado. Marília vivía un triple sentimiento de traición: del marido, del hijo y de la empleada a quien suponía ser su “amiga”. Entró en un cuadro de rebelión, con sentimientos agresivos de ataques y de autopiedad; se sentía víctima de un golpe perpetrado contra su persona.
La violencia moral y afectiva se entrañaba en la relación familiar hacía años, pero, inconscientemente, no podía ser percibida. Todos los integrantes de la familia fueron afectados y estuvieron perplejos ante tamaña revelación.
Cuando yo pregunto a Marília cómo ella podría explicar su ceguera por tantos y tantos años, ella no logra escucharme y me contesta otra cosa “Ellos tienen la culpa de todo el sufrimiento que estoy pasando. Forman un par muy articulado y cínico; ellos dos habían planeado todo contra mí y contra mis hijos. Yo soy la tonta de la película. Me siento una víctima de esta trama asquerosa”.
Habían pasado casi veinte años de relaciones extraconyugales, vividas a tres, en la misma casa y también, en “la misma cama”.
Me vino a la mente la imagen de Celso como un hijo chiquito que busca protección, queriendo dormir muy cerca de la mamá-Marília, impedido de realizar los deseos sexuales incestuosos. La empleada doméstica representaba a la figura femenina sexualizada, la que le permitía saciar los instintos, sin reclamos y sin compromisos. Era sólo el nirvana, el deseo de lograr tener el fruto prohibido, el deseo primitivo y el instinto concretizado. Se trataba del niño que tenía el deseo inconsciente de castigar a la mamá-Marília, quien no era capaz de darle la atención y el cariño que tanto anhelaba recibir, de la misma manera como su madre había hecho. Los hijos robaban y absorbían el amor de Marília. La forma perversa que Celso encontró para castigar a Marília y para llamar la atención fue ejerciendo la traición.
Celso se consideraba una víctima de abandono, de críticas y de la incomprensión por parte de Marília.
En las sesiones individuales, que Marília tenía conmigo, afloraban los sentimientos primitivos de odio, repulsión y deseo de venganza. Ella quería y necesitaba encontrar una explicación para lo que le estaba pasando: “Quiero entender si él es un degenerado sexual, como me dicen mis amigas”. Ella tenía la fantasía de que, mediante la búsqueda de una respuesta, encontraría la solución para posicionarse en relación al futuro. Para ella sería más fácil si pudiera encontrar una patología en el marido porque de ese modo podría eximirse de toda y cualquier responsabilidad en el casamiento. Así la culpa de todo lo que había pasado recaería únicamente sobre el marido. Ella se encontraba totalmente estupefacta y sin rumbo.
Marília decidió irse de la casa. El ambiente del hogar se había convertido en algo pecaminoso y diabólico. Ella tenía miedo de contaminarse y de ser traicionada por los fantasmas que rondaban la casa. Los hijos la apoyaron en tal decisión. Es así que Marília se sintió “fortalecida” para recorrer un nuevo camino, sin destino. Dejó todo atrás de ella y se mudó.
El marido, abrumado por la culpa y la vergüenza, además de sentir un vacío inconmensurable, también decidió apoyar la decisión que Marília había tomado. Él se hizo cargo de todos los gastos.
Ambos empezaron a entablar conversaciones interminables en las que ella lo agredía, lo hacía responsable y lo rebajaba. Marília quería ser recompensada por el dolor que estaba sintiendo. Celso, a su vez, intentaba hacer de todo para minimizar el sufrimiento provocado. Se sentía pequeño, confundido y muy deprimido. La pareja se alimentaba de la composición de nutrientes que resultaba en una receta llamada dolor. Marília se preocupó en sugerir a Celso que buscara ayuda profesional, como si fuera una prueba de que ella seguía siendo buena con él, en verdad como ella creía que siempre había sido. Celso empezó un análisis individual y Marília interrumpió el que venía haciendo. Los dos juntos continuaron el trabajo psicoterápico de pareja conmigo. En un principio, el espacio fue usado para que ella pudiera arrojarle todas las culpas a Celso, como también para echarle en la cara el dolor que sentía, además de buscar explicaciones de lo que había sucedido. Celso, mal humorado, frágil e indefenso, le decía que no entendía qué había pasado en todos esos años. Parecía que los dos se habían colocado vendas en los ojos para no ver la violencia de la relación y el conflicto que vivían.
Celso también se mudó. Por eso, cerraron el departamento y dejaron atrás de sí todo lo que se hallaba en el lugar porque representaba la maldición. Celso se fue a vivir cerca del hogar de la madre, y esa cercanía creó un entorno propicio para una tentativa de resolución edípica. En ese nuevo contexto, sustituyó a la empleada por la madre, pero continuaba emocionalmente preso a las dos mujeres: la esposa y la mamá.
Fue exactamente en ese periodo que todos ellos conversaron más en la vida. Por ello, Celso se sintió apoyado y comprendido tanto por la madre como por la esposa.
Marília también se puso en una doble posición: para poder entender lo que había pasado y que tanto la angustiaba, necesitaba estar al lado de Celso. Sin embargo, también necesitaba mostrarle cómo era y cómo siempre fue buena y comprensiva con él. Ella se ponía en una esfera superior, la de una mujer que a pesar de todo lo que él le había hecho, lo ayudaba. De lo que ella no se daba cuenta era que, frente a tanto sufrimiento, Marília también estaba siendo ayudada y cuidada por Celso, como nunca antes había sucedido. El dolor existencial y las heridas narcisistas eran el adobo para sembrar el deseo de construcción de un nuevo tipo de vínculo.
Yo tenía que estar atenta para no entrar en el juego de ser la tercera, la intrusa de la relación a dos y que, dependiendo del lado en que yo me pusiera y de lo que dijera, tendría que ocupar el lugar de la traidora y de la cómplice. Para mí estaba muy claro que ellos revivían el triángulo transferencial amoroso conmigo, en la esperanza de descubrir otro modo de establecer vínculos con mi persona y entre ellos dos. Hasta ese entonces, el camino que conocían muy bien era el de la traición y el secreto.
Moscona (2007) cuestiona si en los casos de infidelidad, las personas quieren saber la verdad y si están preparadas para enfrentarla.
Benghozi (2003) interpreta el secreto como una función reestructurante y llama la atención al respecto de intentar analizar cual es el sentido, al respecto de la necesidad que tiene el sujeto de guardar el secreto.
Por lo general, el secreto tiene una función defensiva, como un medio de protección de las angustias, que permanecen encriptadas entre los límites del mundo interno y externo del grupo familiar, aunque se encuentren sin la posibilidad de una elaboración. Además de eso, puede ser una forma de expresar un poder que permite tener el control de los objetos internos.
Pienso que la traición fue un modo primitivo de comunicación, una actuación que lindaba en la desesperación. Ellos proyectaban la insatisfacción conyugal, uno en el otro, de una manera silenciosa y perversa. Era así que se comunicaban. Seguían siendo ciegos, sordos y mudos. Después de un determinado tiempo de trabajo psicoterápico, empezó una apertura de espacio hacia la tentativa de construir otra tesitura mental, cuyas lagunas -que hasta entonces estaban rellenas por sentimientos de dolor, de exclusión y de profunda soledad- buscaban otras formas de arreglarse.
Conclusión
Desde un comienzo, la terapia de pareja fue una oportunidad para que empezaran a hablar y a descargar, uno en el otro, los sentimientos ambivalentes y dolorosos. Al principio, Marília ocupaba casi totalmente el tiempo de la sesión. Celso reconocía los errores que él había cometido y se disculpaba por todo lo que había pasado. Con el paso del tiempo, como fruto de su análisis personal, Celso fue teniendo una mayor claridad de las cosas y empezó a contraponerse a las ideas de la mujer, ofreciendo otra versión de los hechos. Salió de la posición de verdugo para también sentirse una víctima durante años y años de sentimientos de incomprensión y de abandono.
Marília, con mucha resistencia para salir de la posición de víctima, empezó a tener en cuenta que ella también podría tener una parte de responsabilidad en la historia. A pesar de su resistencia, empezó un proceso de reflexión al respecto de la posibilidad de haber sido coresponsable por la estructuración sadomasoquista de los vínculos de la pareja.
Afloraron las asociaciones libres y permitieron que Marília se diera cuenta de que la pérdida precoz de su reinado, en la familia de origen, debido a la muerte del papá, le provocaba una necesidad exagerada de tener la atención del otro. Marília intentaba llenar un vacío narcisista que existía en su mundo interno. Con la finalidad de dar cuenta de la falta amorosa primaria y llamar la atención sobre su persona, Marília usaba el poder de control y de seducción. Ella creía, de manera fantasiosa, que agradando a los demás recibiría, como retribución, el mismo nivel de atención y de cariño que ella creía que estaba dando. Lo que no percibía era que lo que entendía como amor en verdad se trataba de control. El grado de insatisfacción y de exigencia de Marília era tan grande que se hacía muy difícil que llegara a sentir, como suficiente, lo que recibía de los demás.
Marques (2007) señala que para reencontrar el vínculo con el objeto perdido no es suficiente con la presencia concreta del otro, sino que son necesarios los instrumentos mentales que perciban y toleren la frustración y la falta del objeto para que así sea posible elaborar y alcanzar el lugar en que estaba el objeto que se ha perdido.
Hablarlo, expresarlo fue el primer movimiento que se creó en nuestro espacio terapéutico. El segundo, fue mirar al otro y escuchar lo que decía –yo también estaba incluida en ese proceso. Empezaron la etapa de desahogarse y del ataque para, después de muchos embates, poder identificar que en la relación había un otro que sufría los ataques. Los sentimientos empezaron a ser nombrados. Las experiencias emocionales primitivas, que promovían vivencias intensas, se fueron transformando en campos de reflexión.
Ha sido muy lindo el poder compartir con ellos el crecimiento y el desarrollo de un vínculo diferente. Yo también empiezo a ocupar otro lugar en la relación; ya no soy más la jueza, sino la que puede escuchar, hablar y pensar junto con ellos. De a poco estoy saliendo de la posición idealizada, la que en la fantasía de ellos sabía la respuesta para todo. A pesar de eso, todavía en algunas situaciones dolorosas Marília seguía atacando a Celso y también a mi persona. Ello se debía a que Marília no creía que fuéramos capaces de alcanzar el significado del dolor de una traición. En esos precisos momentos, Marília pasó por un proceso regresivo y se posicionó como víctima, en la búsqueda de ser acogida.
Las reacciones sadomasoquistas que nacen a partir de la relación de pareja son las que provocan la competición violenta y placentera entre ellos. De un lado, el modo en que Celso atacaba a Marília, como también las insinuaciones sarcásticas e irónicas. Del otro, Marília movilizaba las culpas por la traición que había sufrido, como una manera de llamar la atención, tener el control de Celso y castigarlo. Ante cualquier frustración, Marília amenazaba a Celso con dejarlo y éste se sentía muy afectado. Cuando este tipo de vínculo emocional se adueña de la relación, se dan las regresiones.
La terapia de pareja todavía era el espacio de escucha y de comunicación de las antiguas amarguras, como también de los descubrimientos de nuevos modelos de relacionarse.
Lo interesante era que el clima emocional, en algunas sesiones, era bastante amoroso aunque en los últimos momentos necesitaron echar a perder todo con agresivas críticas. Les era difícil poder aguantar lo bueno. Celso tenía dificultades para demostrar el cariño que sentía por Marília. Veamos un ejemplo: cuando ella volvió de un viaje, él fue incapaz de dejar la casa abastecida de provisiones. Cuando ella, cansada por el viaje, preguntó si había algo para comer, él le contestó irónicamente:
“¿Qué te crees? ¿Que no hago nada en la vida? ¿No te das cuenta de que tuve que resolver un montón de cosas y que a pesar de todo, interrumpí mi trabajo para irte a buscar al aeropuerto? Tú sólo piensas en ti misma y solamente puedes ver lo que no hice!”.
Estas cuestiones fueron suficientes como para romper el clima afectivo del reencuentro y transformarlo en un verdadero infierno. Cuando Marília se siente amargada e incomprendida, empieza los ataques de venganza a la figura de Celso y amenaza con abandonarlo. Los juegos edípicos y perversos crean un círculo vicioso que se repite a lo largo del proceso; es la manera que encontró la pareja para sostener un vínculo violento y perverso. El aislamiento, la ceguera, la sordera y la falta de comunicación fueron los medios defensivos que la pareja encontró para soportar el dolor del desprecio y de la invisibilidad.
Los mecanismos mentales primitivos, como la identificación proyectiva, produjeron una lucha entre los objetos internos y externos del matrimonio, que se reflejaron como si fueran imágenes especulares proyectadas, uno en el otro. Se formó una tela enmarañada de subjetividades que se confundieron y se entrelazaron. Intentaron deshacer una simbiosis perversa y construir los límites de una relación que los condujera en dirección a la individuación y a la complementariedad constructiva de la vida conyugal. Se hace necesaria la construcción y la percepción de la identidad de cada sujeto. Solamente así será posible desarrollar los vínculos constructivos y compartidos, con menos control e idealización.
La violencia silenciosa se ha transformado en una armonía ruidosa, así como la parálisis y el marasmo mental le han dado espacio a un movimiento que busca desarrollar la capacidad de reflexión; se sienten más fortalecidos para soportar las frustraciones, las incertidumbres y las amenazas de desamparo.
La comunicación de los sentimientos, que se han nombrado y a los que se le ha dado significado, están permitiendo la construcción de vínculos de intercambio, respeto y compromiso.
Bibliografía
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* Psicóloga, terapeuta de pareja y familia, analista de grupos, doctora en Genética Humana (USP). Miembro efectivo de la Associação Brasileira de Psicoterapia Analítica de Grupo (ABPAG) y del Núcleo de Estudios en Salud Mental y Psicoanálisis de las Configuraciones Vinculares (Nesme). Miembro de la Associação Internacional de Psicanálise de Casal [Pareja] e Família y de la Associação Paulista de Terapia Familiar.

