REVISTA N° 03 | AÑO 2008 / 1
ARTÍCULO
Violencia de estado y violencia revolucionaria en la argentina. Transmisión transgeneracional del trauma migratorio. Consecuencias en la clínica.
Roberto Losso, Cristina Buceta, Pedro Horvat, Susana Leive De Bonfiglio, Irma Morosini, Ana Packciarz De Losso, Olga Schapiro*
Introducción
Gran parte de las migraciones se producen a partir de situaciones traumáticas en que la sociedad se vuelve expulsiva por motivos religiosos, económicos y/o políticos y la tierra madre se torna hostil. Este es el caso de la mayor parte de las familias que emigraron desde Europa a la Argentina a fines del siglo XIX y principios del XX.
En la Argentina, podemos distinguir dos grandes corrientes inmigratorias: la primera, entre fines del siglo XIX y comienzos del XX, más relacionada con la necesidad de salir de la pobreza. La segunda, signada por las dos guerras mundiales y la guerra civil española, que implicaron la existencia de un trauma diferente, lo que hizo que, entre otras cosas, muchas veces estos inmigrantes no pudieran hablar de su experiencia. Los primeros, al poder contar su historia y hablar de sus orígenes, pudieron hacer el duelo de la tierra de la que provenían.
Los segundos, dada la calidad de la situación traumática vivida, tendieron a no hablar, a reprimir lo traumático, y muchas veces, a actuarlo.
Esta primera generación traumatizada, hizo en general grandes esfuerzos para adaptarse, siendo la segunda generación la que habría de constituir la mayor parte de la clase media argentina. La tercera generación protagonizó los hechos de los años ’70 con sus características de violencia, incluso armada (violencia de Estado y violencia revolucionaria).
Una forma de procesar hechos y situaciones vividas, es la de volver la mirada para reflexionar sobre ellos un prolongado tiempo después de que éstos hayan ocurrido.
Nosotros, los autores de este trabajo, pertenecimos a la generación que fue la juventud de los años 70 y también somos los hijos y nietos de aquellos padres y abuelos inmigrantes, que llegaron con sus valijas llenas de sueños pero con sus corazones desolados. Entre ambos polos de tiempo y situación, quienes recorrían el camino tenían que construir una nueva identidad, trabajo regido por el apremio real por alcanzar una rápida adaptación al nuevo contexto.
De esas historias de familias separadas, de tierras y tradiciones que sólo van a ocupar espacios de relatos entre padres e hijos, canciones de cuna cantadas en otro idioma, algunas pocos fotos ajadas traídas como soporte en el peregrinaje, darán cuenta de esa otra realidad a la que los ancestros renunciaron, y a cobrar el sentido de tanta nostalgia y dolor. Sentimiento que siembra la idea de soledad y que acarrea la rebeldía como un llamado, cuya voz sería difícil de acallar: un llamado de voz inaudible a la vez que ineludible. A esa voz responderían las generaciones siguientes, la de los nietos, la de los afincados, la de los nacidos como argentinos.
La familia de María y Edmundo
A partir del caso de la familia de María y Edmundo, tratamos de establecer una relación entre la violencia que sufrieron las familias migrantes, tanto en el país de origen como en el de adopción, y los fenómenos de violencia en la Argentina en los tiempos de la tercera generación, además de la aparición, en esas familias, de patologías mentales y orgánicas.
Cuatro generaciones en la familia de María
La historia de María comienza, para nosotros, dos generaciones atrás, con una familia desmembrada por la Guerra Civil Española, donde lucharon y murieron su abuelo materno y sus dos hijos varones. Su madre alcanza a refugiarse junto a su abuela en una cueva, logrando sobrevivir. Al terminar la guerra, ambas consiguen viajar a Chile, dejando atrás los restos insepultos de sus seres queridos.
En Chile trabajan ambas como domésticas, en la misma casa y con el mismo patrón. La madre de María, que entonces tenía 16 años, es llevada a servirlos a una finca en el Sur del país. Allí, el patrón la viola repetidas veces en el sótano de la casa, amordazándola para sofocar sus gritos. Como resultado de ello queda embarazada y es despedida del trabajo. En el camino de regreso a Santiago para encontrarse con su madre, aborta espontáneamente.
Las dos mujeres se reencuentran y tiempo después viajan a la Argentina.
Comienza allí una etapa más tranquila. La joven se casa y tiene a su vez dos hijas. Una de ellas es María, en la que centramos parte de nuestro relato.
Cuatro generaciones en la familia de Edmundo
Los abuelos de Edmundo, también españoles, vinieron antes a la Argentina. Trabajaron como agricultores y tuvieron diez hijos.
En la secuencia de estos diez hijos, le siguen al mayor, Juan, dos hermanos gemelos, que partirán a luchar a España, al declarase la Guerra Civil, a pesar de la oposición familiar. Ambos mueren allí. Se repiten los cuerpos no enterrados de hijos que se pierden. Uno de los gemelos se llamaba Edmundo, nombre que se repetirá en las generaciones siguientes.
Juan siempre se sentiría culpable porque él, siendo el mayor, no había podido retener a sus hermanos y evitar su muerte.
Se casa, y tiene seis hijos. Al mayor de ellos lo llama Edmundo en memoria de su hermano muerto, pero éste muere a su vez a poco de nacer. Con el segundo hijo repite el nombre y es el Edmundo que hoy conocimos, casado con María. Edmundo carga pues con el nombre de los muertos de dos generaciones.
La pareja de María y Edmundo
María y Edmundo se conocen en la Facultad como activistas políticos militando ambos –en los 70- en un grupo de izquierda. María es detenida, y torturada. Pasa largo tiempo con los ojos vendados, soportando el sufrimiento sin delatar a sus compañeros, entre ellos a Edmundo, quien, gracias a su silencio, puede escapar.
Pasado un tiempo, a ella la liberan, según su relato, “por una crisis de asma… para que no me les muera ahí”.
María y Edmundo se casan y tienen tres hijos. Estos hijos (cuarta generación), padecen hoy serios trastornos psicosomáticos, motivo del inicio de las consultas. José padeció de un tumor mandibular a raíz del cual fue operado en cuatro ocasiones, y finalmente, a causa de una grave infección se ledebió extraer el transplante óseo que se le había efectuado. Mimì padecía de un dolor pertinaz en la articulación témporo-maxilar con deterioro de la densidad ósea y un principio de artrosis en dicha articulación. Padecía asimismo fobias diversas, no deseaba separarse de la madre, y en la escuela secundaria, “no soportaba permanecer en la clase de historia” (era historia de Europa): se sentía mal y pedía retirarse de la clase.
Transmisión transgeneracional del trauma y violencia social
Nos planteamos la hipótesis de una vinculación entre las situaciones traumáticas de las generaciones que migraron a la Argentina y el fenómeno social de violencia que se vivió allí en los años 70.
Consideramos que la generación de los ’70 puede haber llevado a un plano de lucha aquello que había quedado escindido, encapsulado en la memoria en relación con el suceso real traumático y la movilización de afectos unidos a él y transmitidos por los antepasados inmigrantes, sometidos y denigrados, donde se pone en evidencia la potencia que éstos adquieren al pasar de la fantasía inconsciente al acto.
En ese sentido, pensamos que, además de la transmisión transgeneracional de las situaciones traumáticas, ha existido una transmisión colectiva del trauma en los grupos sociales. Se trata entonces, de una transmisión que transciende la que se efectúa en el interior de los grupos familiares.
Dos circunstancias hacen particular este tipo de trauma: la aparición de lo siniestro y la absoluta indefensión de las víctimas, que trae como consecuencia la total incapacidad del yo de organizar las defensas. La combinación de estos factores deviene en una vivencia catastrófica.
En los casos que comentamos la situación de violencia sufrida por la primera generación no se produjo por catástrofes naturales o sucesos accidentales, sino por la acción concreta de grupos humanos con características particulares organizados para la acción violenta. Esto produce a la vez la internalización de otro real, a la vez semejante y persecutorio.
El rol del Estado
Nos preguntamos cuál es el lugar que el Estado tiene en el psiquismo del individuo y de la familia. El Estado tiene muchas veces (o debería tener) un rol coherente con su papel de sostén de la Ley, y como tal el significado, en el psiquismo de los individuos, de representante de una instancia cuidadora, una suerte de superyó benigno. En los casos que estudiamos, consideramos que, en la primera generación -y en algunos, como el que presentamos, también en la segunda- el Estado no protege, sino que persigue y mata, y en la tercera será nuevamente traumatizante y perseguidor.
Los analistas y la violencia transgeneracional
Nosotros, los terapeutas, también formamos parte de esta sociedad y cultura y de algún modo estamos incluidos en esta situación traumática: somos en gran parte hijos o nietos de inmigrantes que sufrieron traumas en sus países de origen, sufrieron también por emigrar o quedaron como cuerpos insepultos, vale decir que desde nuestro lugar y función de terapeutas compartimos buena parte de lo mismo que les pasaba a los pacientes. Asimismo vivimos y sufrimos las situaciones de violencia de los 70 en la Argentina y estamos también atravesados por los valores de la época. Lo mismo que nuestros pacientes somos receptáculos de la transmisión colectiva del trauma a nivel social.
El hecho de haber vivido experiencias más o menos comunes nos puede ayudar a funcionar como esas “otras voces”, la polifonía de voces a la que se refiere Kaës como indispensable para la elaboración de esas situaciones, lo que nos puede permitir continuar con la búsqueda de sentido, de un “sentido perdido” al decir de P.Aulagnier Un intento de evitar que donde faltan palabras surjan amenazantes los actos en el cuerpo o en la realidad.
Nos preguntamos por otra parte hasta dónde esta inclusión en la problemática puede transformarse en un obstáculo para la cura, es decir para lograr la historización. Intentamos reconstruir el pasado desde nuestros propios interrogantes del presente, pero alli también podemos vernos atravesados por nuestras propias resistencias. En efecto, puede suceder que a veces no podamos, si la función de nuestro preconciente está también atacada y paralizada, -como sucede en las situaciones traumáticas-, lo mismo que la de nuestros pacientes, funcionar como esas voces. Debemos estar atentos hacia esos “puntos ciegos. Es bueno saberlo y seguir adelante: esta es muestra meta. Entonces, nosotros, sus terapeutas y coterráneos de espacio y tiempo podemos desde allí, ampliar la función de ser sus “porta – palabras”.
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Presentado en el panel “Remembering, Repeating and Working
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* Grupo de Investigación de la Asociación Psicoanalítica Argentina

