REVISTA N° 03 | AÑO 2008 / 1
ARTÍCULO
Niños pedófilos: una violencia bumerán en el seno de la familia
Anne Loncan*
“La violencia, y la muerte que la significa, tienen un doble sentido: por un lado el horror que nos aleja, vinculado con el compromiso que inspira la vida; por el otro, un elemento solemne, así como aterrador, nos fascina, lo cual introduce un
desconcierto soberano. »
G. Bataille, El Erotismo
Hablar de niños pedófilos es indicar la manera en que estos niños nos llegan cuando la Justicia se ocupa de ellos al entrar en la adolescencia por actividades sexuales con otros niños más jóvenes. Es también preguntarse implícitamente sobre la naturaleza del niño “perverso polimorfo”, e introducir cuestionamientos e hipótesis múltiples: ¿estos niños grandes se muestran perversos porque se mantuvieron en posicionamientos infantiles o recorrieron un camino psíquico que los condujo a estos actos perversos? Si elaboramos la hipótesis de que el niño es sólo el protagonista principal de un drama que no se representa por primera vez, ¿cuáles son las formaciones y procesos psíquicos que dieron lugar, respecto de él y de su familia, a esta eventualidad “perversa”? ¿Dónde se origina la violencia bumerán que estalla en la familia a partir de la revelación de los actos de pedofilia? ¿De qué modo la Terapia Familiar Psicoanalítica abre la posibilidad de acoger y tratar la violencia movilizada por la revelación de los hechos? Una breve ilustración clínica sustentará mi reflexión.
¿Con qué objeto renunciar a la multiplicidad de mociones pulsionales?
Se sabe que la perversión polimorfa de los primeros años de vida corresponde, en sentido etimológico, a los cambios sucesivos de orientación de las pulsiones. Sin desarrollar estos conceptos conocidos, recordemos que, durante este periplo, la fuerza de la pulsión estará cuantitativamente coartada y cualitativamente redirigida, lo cual conducirá progresivamente, a partir de las reorganizaciones de la adolescencia, a la definición de un “perfil libidinal” específico para cada uno, portador de huellas conscientes e inconscientes de las etapas que lo moldearon.
En el caso de los niños pequeños, las actividades sexuales se imbrican más o menos en una organización multifocal oral, anal y completada por el interés que suscitan las zonas genitales y los juegos sexuales, sean solitarios o compartidos. El conjunto de estas actividades constituye una plataforma para el desarrollo de la vida psíquica que se fija a los vínculos primarios en evolución.
Podemos considerar que la exploración erótica mutua forma parte del descubrimiento del cuerpo, de sus funciones y de sus recursos y que da cuenta de un impulso vital bien constituido puesto que implica tomar en cuenta al otro. La actitud generalmente comprensiva de los padres se acompaña sin embargo de la convicción de que es necesario ponerle un freno. Los padres ejercen su autoridad con una triple preocupación, más o menos consciente: favorecer el desarrollo personal del niño, preservar la armonía familiar y tomar en cuenta las exigencias de la vida social.
Para Freud (1905), el comienzo de la latencia está “condicionado por el organismo y fijado por la herencia”, pero también es el resultado de la educación, que construye “diques” para oponerse a la fuerza de las pulsiones. El comienzo de la latencia que sigue a la efervescencia inicial se entiende como un triunfo de las estrategias parentales. Una era de relativa tranquilidad se anuncia puesto que el rumbo de las pulsiones se ha regularizado así como reorientado, se ha preparado para la sublimación, como por ejemplo hacia los estudios y las identificaciones. Previamente a la segundo tópica, Freud había destacado, sin proporcionar argumentos específicos, que las orientaciones primarias se encontraban a partir de ese momento sin función e incluso generaban aversión.
Todas estas construcciones permiten, en principio, desviarse de las primeras orientaciones pulsionales. Esta es la razón por la cual la persistencia de actividades sexuales compartidas, al finalizar la fase de latencia, luego de su liberación durante la adolescencia, pone en tela de juicio no sólo al autor de los actos delictivos o criminales perversos, sino también las actitudes parentales, cuyo fracaso se evidencia y cuestiona.
La situación de los jóvenes transgresores se examina hoy desde el punto de vista de la moral social, lo cual lleva a los profesionales a tomar precauciones para evitar toda estigmatización prematura. En lo que se refiere a la mediación de la psicopatología, no aporta mayores particularidades, excepto un mejor conocimiento del contexto psicológico de la adolescencia: la intensificación del deseo en función de las reorganizaciones fisiológicas, la reactivación edípica concomitante que se construye en un doble movimiento de confrontación y evitación. La represión del afecto es un dato significativo. Tradicionalmente se destaca la frecuencia de los antecedentes de abusos sexuales, eventualmente incestuosos de los padres o de las generaciones anteriores. No obstante, cuando la literatura destaca la vulnerabilidad de estos jóvenes, es para manifestar una preocupación primordial: la de potenciales recidivas.
Tengamos en cuenta en primer lugar que los actos de estos niños/adolescentes pedófilos están dirigidos a otros niños de menor edad, frente a los cuales ejercen una influencia natural y adoptan actitudes coercitivas, siendo esta dominación mayormente de orden psicológico. El concepto de perversión se impone, no ya en el sentido etimológico, sino en el sentido psicopatológico. Los estudios psicoanalíticos se concentraron en los procesos, en la estructura del sujeto (Aulagnier, 1979), en la intersubjetividad que lo caracteriza (Eiguer, 1989, 2001a). Para el perverso, el objeto es necesario y el modo de satisfacción que lo implica es bastante constante. Tanto el primero como el segundo se eligen en función de la historia de cada sujeto. Entonces, para pensar la pedofilia infanto-puberal en términos de fallas de maduración, de regresión ocasional o compromiso ya avanzado con la perversión, nuestras herramientas clínicas de terapia familiar psicoanalítica ocupan un lugar privilegiado, pues en estas situaciones es el conjunto del grupo familiar quien sufre una herida intensa. Intentaremos identificar, desde nuestra perspectiva, algunos de los parámetros familiares que pueden contribuir a la manifestación de este tipo de problemática.
Algunos interrogantes sobre el funcionamientofamiliar
Respecto de la familia del delincuente sexual se realizaron algunos estudios (Ciavaldini, 2001; Savin, 2001), de casos caracterizados por un incesto cuyo autor era generalmente el padre. Se destacó el factor de repetición generacional, así como la supresión del afecto, que se intentará, en consecuencia, movilizar (Ciavaldini, 2006).
Sin embargo, en lo que se refiere a jóvenes transgresores sexuales, la cuestión de la autoridad parental ocupa el primer lugar.
Si la autoridad parental la encarna en primer lugar el padre, también se le atribuye a la madre. Ya sea que emane del padre o de la madre, la autoridad está implicada en la función paterna que tiene eficacia en ambos. Se encuentra desencarnada a la vez que simbolizada, bajo la forma del superyó, el cual está aún en proceso de consolidación cuando el niño entra en la adolescencia. Esta última instancia, el superyó, se involucrará en todo conflicto de autoridad para determinar la resolución. Se instala más o menos profundamente en cada uno y adquiere un contorno familiar definido, tanto por las identificaciones sucesivas entre generaciones como por las resonancias intrafamiliares caracterizadas por el juego de la autoridad. Para el superyó familiar, hay un consenso en el reconocimiento de límites comunes y compartidos.
Ahora bien, las conductas perversas indican la ignorancia individual de esta limitación a la vez que su ineficacia familiar. Esto conduce a la hipótesis de un conflicto intrafamiliar a propósito del concepto del mal y de sus relaciones con la violencia. Este conflicto se origina, por cierto, en generaciones anteriores, pero se construye también a partir del vínculo de alianza que implica un nuevo tratamiento en el cual puede adquirir particularidades inéditas. Para terminar, el conjunto de los vínculos familiares y especialmente el vínculo fraterno le garantizan una actitud de alerta constante. El superyó familiar se encarga de organizar esta distribución. No obstante, parecería que en las situaciones que estudiamos, el superyó familiar permanece ineficaz en lo relativo a la estructuración de las prohibiciones, comprometiendo así las cualidades operativas de la censura.
El factor tiempo y la temporalidad familia
Dado que la autoridad se ejerce en una transicionalidad que requiere tiempo (Carel, 2002) con el fin de lograr efectos de negociación, que correlativamente es a la vez interna e intersubjetiva, debemos destacar que la instalación de “diques” internos no se hace en la dimensión del instante. Freud habla de la necesidad de que se instale la aversión y el pudor para contener la pulsión antes de que haya alcanzado todo su vigor. Una carrera de velocidad se emprende entre el flujo de la pulsión y los diques que se le oponen para contrarrestar posibles derivaciones perversas. La temporalidad psíquica familiar, que se equilibra en torno de los ritmos de cada uno, se organiza en función de la preponderancia de las exigencias de la realidad que la autoridad paterna sustenta. Se entiende que el factor educativo, los mitos y los ideales colaborarán para definir una percepción del tiempo suficientemente compartida. La temporalidad de la familia se traza en función de los acontecimientos que modifican sus contornos: nacimientos, partidas, alianzas, muertes, algunas de las cuales tienen un impacto más traumático. Estos traumatismos internos, a los cuales pueden añadirse otros traumatismos que afectan más remotamente, desarticulan la instalación de la conciencia del tiempo vivido, de su conexión con el pasado y el futuro y comprometen por lo tanto el acceso al afecto de pudor y repulsión implicados en el adormecimiento de las pulsiones sexuales. Sus efectos “a posteriori” no resultan ajenos al modo perverso y actuado sobre el cual va a expresarse el resurgimiento pulsional.
La distorsión de la temporalidad se expresa, por ejemplo, y de manera obvia, en la diferencia de edad entre los niños asociados de las actividades sexuales ilícitas. Este hecho da cuenta de una supresión de la temporalidad en el iniciador de mayor edad, lo cual constituye una alerta inmediata sobre el impacto de antecedentes traumáticos personales o familiares. La atención prestada a la temporalidad familiar y a su evolución en el curso de la terapia, así como su tratamiento contratransferencial tendrán un papel decisivo en el proceso terapéutico
Envoltura o continente (enveloppe) familiar, intimidad y cierre
Las fallas vinculadas con el tiempo vivido están imbricadas en las anomalías de la envoltura (enveloppe) psíquica familiar. Estamos endeudados en particular con D. Anzieu1, D. Houzel (1987) y E. Granjon (2005) por esta metáfora espacial. Es responsable de funciones dinámicas, como las de pantalla, filtro e interfaz, y está al servicio del self familiar. Una cantidad de procesos se desarrollan al resguardo del mundo exterior, para la formación, la transformación y la transmisión de los contenidos psíquicos compartidos que son constitutivos del sentimiento de pertenencia (fantasías, representaciones, mitos, ideales familiares). La envoltura (enveloppe) psíquica familiar es el lugar por excelencia del baño de intimidad para los miembros de la familia. En la medida en que la intimidad se origina en el compartir corporal madre-niño, cada sujeto es a priori capaz de revivirla, bajo una forma más o menos elaborada. Base de los vínculos familiares y del sentimiento de pertenencia, la experiencia de intimidad (Loncan, 2003) es cuestionable en los casos de delincuencia sexual de un niño. En esos casos está caracterizada por la inconsistencia y la regresión, empobrecida por la reducción de los intercambios con el exterior, retraída al contacto de la rigidez de la envoltura (enveloppe) familiar que no es ya más que un casco sin flexibilidad. Este casco transmite, ampliándolas, las amenazas del mundo exterior y forma un compartimiento de eco para las heridas internas de la familia. En terapia, la movilidad, la proximidad corporal y la búsqueda de los contactos aparecen multiplicados para reemplazar la amputación o el defecto de partes que habrían sido psíquicamente más funcionales en el registro de la intimidad; estas manifestaciones revelan modelos arcaicos de transferencia, convocatorias a la vez imprecisas y turbadoras dirigidas al terapeuta, como último recurso. Proximidad física, sensorialidad y sexualidad se dan en una contigüidad tal que se implican mutuamente como representantes metonímicos potenciales. En respuesta, se produce un encierro en la vida familiar, a modo de defensa, que circunscribe la falta de recursos a una intimidad en la que se desplegarían vínculos intersubjetivos más ricos y cuyo anclaje narcisista se moderaría por investiduras objetales diversificadas. En vez de eso se manifiesta la impotencia de las capacidades para fantasear o soñar en forma conjunta.
Ejemplo clínico
Algunos datos resultantes de una terapia practicada conjuntamente con mi colega Alain Lafage ilustran los supuestos que preceden. Se trata de una familia compuesta por padre y madre de unos cuarenta años y por tres hijos, de 17, 13 y 8 años respectivamente al momento de la primera consulta. Esta familia reúne las condiciones de una buena inserción en la trama social y muestra un perfil acorde.
El segundo hijo, Corentin2, mantuvo actividad sexual con un joven vecino, 7 años menor que él. Acaba de cumplir la mayoría de edad según el régimen penal. Antes de que les llegue un mandato judicial, los padres consultan rápidamente y se inscriben en la propuesta de una TFP. El juicio, que se producirá casi 1 año más tarde, caerá como una porra al atizar el impacto violento sufrido por la familia en el momento del descubrimiento de los hechos. Su severidad dará cuenta de la “gravedad” de los hechos.
La eficacia de la autoridad parental aparece aquí muy comprometida por factores que ilustran la teoría de los vínculos. El padre es un hombre cortés, que se relaciona con compostura. Se expresa fluidamente, acorde con su nivel superior de estudios y de su profesión, el cual requiere, como una de las principales características, el ejercicio de la autoridad. Su esposa, quien trabajó en la administración privada, está a la búsqueda de empleo a raíz del cierre de la sociedad que la empleaba.
El juego de la autoridad y la transgresión parecería disponer de lo necesario para desarrollarse convenientemente. Sin embargo no sucede así. Corentin siempre se mostró transgresor, al punto de realizar acciones peligrosas: tomar prestada la moto del padre o manejar el vehículo familiar sin usar el freno de mano. Su hermano mayor Dorian, quien se presenta como ejemplar (desea ser docente), padeció graves dificultades de relación con el padre, agrediéndolo e insultándolo en forma repetida. La violencia que infiltra los vínculos de esta familia modelo inunda a todos. La autoridad se desmiente aunque cada uno define su significado, resulta ridiculizada constantemente en los hechos, con la complicidad recíproca inconsciente de los padres, como veremos.
La reconstrucción de algunos aspectos de la historia familiar permite entrever la fuente del profundo desequilibrio que compromete el ejercicio de la autoridad. El vínculo de alianza se había construido en base al rechazo o repudio (refus) de la autoridad del propio padre de la joven esposa, quien la juzgaba abusiva (ella se había fugado en la adolescencia para evitarla); su encuentro con un joven elegante y conquistador va a sellar la unión de la pareja. Podría decirse que, por parte materna, los hombres son profesionales del superyó cuyas creencias, por no decir valores, se oponen en todo a la instancia paterna. Los actos cometidos por Corentin representan un intento de provocación del símbolo instituido por esa filiación. Paradójicamente, Corentin es el único, entre todos los miembros de la familia, que acompaña a su madre a la iglesia, siguiendo la tradición de los antepasados maternos. La ruina en el vínculo de alianza parece relacionarse con la ambivalencia de la madre, quien no pudo evadir decididamente a su padre para construir su pareja y su familia: sigue estando completamente sometida al enorme dominio de su padre y se siente frente él “como una niña pequeña”.
De hecho, la sola idea de autoridad la paraliza y se muestra incapaz de transmitir la de su esposo, el cual se encuentra anulado. En la medida en que el relevo en el vínculo de alianza es ineficaz, el padre podría sostenerse en su propia filiación. Pero el problema es que no sucede nada de esto. No surge ninguna asociación espontánea respecto de sus padres o sus hermanos, y si uno intenta una apertura interrogando las analogías posibles entre padre e hijos, no aparece nada. El black-out es casi total en relación con esta filiación concebida como desprovista de problema. Sin ninguna sustentación en sus vínculos de filiación y alianza, el padre únicamente puede afirmar su autoridad en movimientos violentos que implican el cuerpo (tono de voz, gestos). Parecería que Corentin ha seguido este camino: el ascendiente que él ejerce sobre el pequeño vecino prescinde de autorización parental y se reduce a una dimensión de dominación en la que el cuerpo ocupa el primer plano.
La puesta en juego del cuerpo y el sexo denuncia una falla en la construcción familiar de la intimidad. Numerosos elementos clínicos indican el grosor y la rigidez del continente (enveloppe) psíquico familiar y el carácter defensivo de estas características, en particular, en relación con la influencia y dominio de los abuelos por línea materna. Esto implica exponer también su fragilidad. En el seno de la familia se desarrolló un sentimiento de encarcelamiento, encerramiento y amenaza externa, reforzado por el conflicto con los vecinos. Este encerramiento no se concibe sin embargo en beneficio de la pertenencia familiar cuyas señales resultan menospreciadas más que reivindicadas. Dentro del círculo familiar, cada uno se aísla y afirma la posesión de su territorio. Los hermanos son muy celosos entre sí y compiten sin piedad por el amor de la madre. Corentin, por ejemplo, convoca a su madre a su habitación, cuando quiere reasegurarla, al amparo de oídos indiscretos. Estos oídos son especialmente los de Valentín, el menor. Mortificado, este último nos dice que se esconde para espiar lo que sucede para intentar recoger los ecos del conciliábulo. Se revela por no poder participar en debates, desplazando el fantasma de la escena primaria a un nivel que resulta totalmente inadecuado por la proyección masiva en acción. En lo que le concierne, parece esforzarse en seducir a la madre adoptando una postura marcadamente femenina. En esta intimidad estrecha y dividida, la fuerza pulsional de la adolescencia temprana que asedia a Corentin está limitada; tropieza con objetos demasiado cercanos. El pequeño vecino es, por lo tanto, un fin “más razonable”.
Como lo indicamos más arriba, la temporalidad está sujeta a distorsiones importantes. Con respecto a esto, todo parece favorecer la instalación de una temporalidad que esté de acuerdo con el tiempo social, pero los hitos permanecen inconsistentes, ineficaces. El encuentro y el casamiento, los nacimientos sucesivos, los cambios de profesión de los padres, los distintos pueblos habitados, las escuelas frecuentadas, los proyectos familiares: cada uno de estos elementos es portador de una dimensión violenta y de una potencialidad traumática que da cuenta de la debilidad de los hitos organizadores de la temporalidad.
Conclusión
La historia de esta familia nos condujo a explorar el territorio familiar de un niño mayor o adolescente juzgado por actos de pedofilia hacia un niño. En el marco del grupo de terapia, hemos podido comprobar algunas particularidades. Se evidencia el concepto de un conflicto social y cultural entre las familias de origen de los padres, conflicto anclado en el vínculo de alianza, duplicado y reforzado por la asimetría de las investiduras de las filiaciones parentales respectivas en detrimento de la filiación paternal. En la filiación maternal, en cambio, el foco es el abuelo, figura del tirano por excelencia. Estas singularidades, combinadas a una circulación edípica intensa en familia y a antecedentes de abuso de autoridad sobre la persona de la madre, llevan a evocar procesos defensivos cuyo fracaso se materializa en los actos ilícitos. Desplazamientos múltiples se operaron para frustrar tanto la tentación del incesto (madre/hijo, entre hermanos) como la de violencia. Es pues fuera del círculo familiar, pero en la proximidad, que se ejercerá el dominio de un mayor sobre un menor, con el objetivo de satisfacción pulsional si no de juego. En el mismo seno de los vínculos familiares circulan otros elementos desorganizadores, en particular, el tratamiento paradójico de la intimidad y el marasmo temporal.
Es imposible terminar sin destacar que para el niño, el conflicto que debe solucionar entre el bien y el mal respecto de actividades sexuales que le agradan es incomprensible sin ayuda externa. No pueden solucionarse si falta una autoridad parental eficaz. En situaciones como la mencionada, el superyó individual del niño ya crecido no pudo consolidarse por falta de un consenso familiar superyoico afianzado en las generaciones precedentes y ratificado en los pactos de alianza.
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* Docteur Anne Loncan, pédopsychiatre, membre de la SFTFP et de l’AIPCF.
135 rue du Roc, 81 000 Albi, France, anne.loncan@free.fr
- Las funciones del yo-piel según Anzieu (1974) son: mantenimiento, contención, para-excitación, individuación, intersensorialidad, soporte de la excitación sexual (que permite la diferencia entre los sexos y la recarga libidinal). En 1985, agrega la inscripción de las huellas sensoriales táctiles, noción próxima al pictograma de P. Aulagnier (op.cit.) y de la presentación del objeto –Winnicott (1962), así como la función de autodestrucción.
- Los nombres son obviamente ficticios. Los datos del caso han sufrido modificaciones que no cambian el sentido pero que impiden cualquier identificación.

