REVISTA N° 03 | AÑO 2008 / 1
ARTÍCULO
La violencia transgeneracional como parte de la violencia familiar latente. Reminiscencias corporales y patologia somatica
Roberto Losso*,Ana Packciarz Losso**
“Lo que diferencia al hombre del animal es que el hombre es un heredero y no un mero descendiente” (Ortega y Gasset)
“Insospechadas fuerzas mortíferas pueden pasar de una generación a otra y transmitir a los niños la convicción que su destino es el de aceptar su no existencia como individuos separados, a los ojos de sus padres” (Mac Dougall, 1989).
La palabra violencia proviene del latín vis, que significa fuerza.
Violencia era también el nombre de una diosa de la mitología, hermana de la Victoria, y se la representaba por una figura de mujer armada de coraza y en actitud de matar a un niño con una maza.
Violencia, pues, está relacionado con fuerza y con destructividad. Tiene que ver con la lucha por el poder, con el impulso a dominar e incluso a eliminar al otro.
Piera Aulagnier (1975) ha señalado que toda relación humana implica un cierto nivel de violencia, introduciendo la noción de violencia primaria, la violencia necesaria para la constitución del Yo, “lo que se impone desde el exterior en el campo psíquico, provocando una primera violación del espacio y una actividad que obedece a leyes extrañas al Yo”, e implica el complicado proceso de las primeras identificaciones. En cambio, la violencia secundaria “se abre camino sobre la precedente, de la que representa un exceso, en general dañino y nunca necesario para el funcionamiento del Yo”.
Los individuos y las familias sufren diversas formas de violencia, y crean mitos, destinados a “historizar” las violencias sufridas. Recordemos que Freud, en Tótem y tabú (1913)ha señalado que “«Ninguna generación es capaz de disimular a las que le siguen los acontecimientos psíquicos significativos».
Así, las familias están “condenadas a transmitir” aquello que no han podido elaborar, lo cual alude a sus carencias, fallas estructurales y exigencias narcisistas. Imperativo que obedece por lo tanto a una necesidad defensiva para mantener su propia vida psíquica.
La delegación -en el sentido de Stierlin (1980)- implica que las generaciones precedentes, de acuerdo con el mito familiar, demandarán inconscientemente al niño el cumplimiento de una determinada misión dentro de la órbita familiar (como un legado) independientemente de su propio deseo.
A lo largo de la historia, las sociedades han creado ritos violentos con un sentido similar de delegación: así, René Girard (1972) se refiere al personaje del pharmakos en la Grecia antigua, comentando que “la ciudad de Atenas, previsora, mantenía a su cargo un cierto número de infelices para sacrificios de ese tipo. Cuando una calamidad se abatía o amenazaba de abatirse sobre la ciudad, epidemia, carestía, invasión extranjera, disensos internos, había siempre un pharmakos a disposición de la colectividad”. Este pharmakos era la victima expiatoria, una mancha que contamina todo y cuya muerte purga a la comunidad, llevándole tranquilidad. En esas ocasiones era conducido por toda la ciudad para que atrajera sobre sí todo lo impuro y acumularlo dentro de él, después de lo cual era muerto en una ceremonia ritual en que intervenía todo el populacho. Debía atraer sobre sí toda la violencia maléfica para transformarla, con su muerte, en violencia benéfica que trae paz y tranquilidad. Señalemos de paso que la palabra pharmakon en griego antiguo significaba a la vez el veneno y el antídoto, cualquier sustancia capaz de ejercitar una acción favorable o desfavorable según la circunstancia y la dosis empleada.
En la antigua Roma, legados eran los funcionarios enviados por el Senado a las provincias recién conquistadas violentamente para “arreglar su gobierno”, es decir para acomodarlo a los intereses del poder imperial.
En las familias entonces estas delegaciones, estos legados, “delegaciones de legados”, ejercen una forma de violencia familiar transgeneracional, en cuanto imponen a los individuos modelos identificatorios que tienen que ver con necesidades de la mitología familiar y no de las personas singulares. Muchas veces alguien o algunos en la familia toman el papel del pharmakos, como sucede en el caso que comentaremos mas adelante.
Se configuran así las que hemos denominado identificaciones triviales, un particular tipo de identificaciones en que los sujetos son identificados como una suerte de caricatura de personajes idealizados o denigrados de la mitología familiar. Trivial viene de trivium, intersección de tres caminos romanos, que en un sentido figurado significaba camino conocido y muy recorrido. Las llamamos por lo tanto «triviales» en el sentido que son identificaciones con aspectos «esquemáticos», repetidos, conocidos y hasta caricaturescos de personajes del mito.
Esto implica que los sujetos son compelidos a cumplir demandas imposibles, que son en realidad demandas de los personajes míticos, quedando así ligados a lealtades invisibles (Boszormenyi-Nagy y Spark, 1973).
Estos legados son transmitidos por la vía transpsíquica (Kaes,1993; Losso, 2006), vía que “atraviesa” la psique de los sujetos. Están pues más allá de las palabras. En este nivel falta el espacio transicional que permite la transformación de los contenidos recibidos en elementos propios. La transmisión no se efectúa entre los sujetos sino a través de los mismos. Son contenidos que se trasmiten casi inmodificados de una generación a otra «en bruto», lo que puede ser sentido por el receptor como «desvitalización» o la presencia de algo extraño que aliena y que perturba. En cuanto transmisión de mandatos narcisistas y experiencias traumáticas que no pudieron ser elaboradas por las generaciones precedentes, implica una violencia transgeneracional.
Estos contenidos quedan escindidos, incorporados, «enquistados», pero no pueden ser introyectados. Son los restos fósiles de Framo (1965), o los fantasmas (fantômes) que habitan criptas de Nicholas Abraham y María Torok (1978). Como ha dicho Abraham: “un decir sepultado de un padre será en el niño un muerto sin sepultura”
Eiguer (2006) distingue tres posibilidades de violencia
transgeneracional expresadas a través de tres palabras-clave: Lo “nodicho”, que se refiere a la cripta, a la escisión y al fantasma; lo “maldicho” (maldito) que evoca la posible maldición de un antepasado y la palabra “perdida”, mal dicha, que no logra encontrar un estatuto de palabra, pero actúa entre bastidores. Y lo “demasiado dicho”: el ancestro demasiado presente que no deja a la represión jugar su papel organizador y perturba al sujeto.
Yolanda Gampel (1991) señala que en estos casos se produce un tipo de identificaciones que ha llamado identificaciones radiactivas, en el sentido de que la radiactividad es algo que no se siente, nos invade, pero no nos enteramos de su existencia (a menos que la midamos). Radiactividad que penetra en los sujetos, pero el daño solo aparece muchos años después, sin saber de donde proviene.
Se trata en estos casos de una violencia transgeneracional que podemos llamar “activa”, en que se imponen modelos identificatorios por “delegación”. Pero existe también una violencia transgeneracional “pasiva”, que resulta, no de la imposición de modelos sino de su ausencia. Hay una calidad de transmisión que uno de nosotros ha denominado trófica (Losso, 2001): la que se origina en el grupo familiar, como transmisión intergeneracional, vía por la cual se transmiten las investiduras narcisistas en el contexto del contrato narcisista, ideales, valores, mitos “nutricios”, experiencias de separación (la desilusión winnicottiana), historias familiares, modos de ver la realidad, los vínculos intersubjetivos que generan un espacio psíquico entre los sujetos, modelos identificatorios “plásticos”. Esta es por lo tanto una transmisión estructurante, que implica el soporte del grupo familiar plurigeneracional. Es una transmisión “nutriente” estimulante del desarrollo, en la cual existe un trabajo psíquico de cada uno de los sujetos singulares, que posibilita la elaboración transgeneracional de mandatos y legados y permite el desarrollo de un espacio (transicional) entre los sujetos, creándose así una historia (mítica) familiar, de la cual cada integrante podrá tomar los elementos necesarios para armar su propio mito.
En la sociedad contemporánea se ejerce una forma “pasiva” de violencia a través de un déficit de la transmisión trófica. Una tendencia a una ausencia, o un rechazo, de los anclajes a pautas culturales y familiares que provienen de otras generaciones. Se tiende a minimizar la importancia de los legados tróficos, la tradición es devaluada, y los modelos despreciados. La cultura de lo instantáneo, de la imagen, hace que prevalezcan como modelos de imitación (Gaddini, 1981) -no de identificación-, los personajes que adquieren notoriedad a través de los medios masivos de comunicación.
Este déficit de la transmisión trófica se da en el marco de mensajes sociales particulares. Así el mito de la «independencia» del individuo como valor casi absoluto, junto a la que uno de nosotros ha llamado «cultura de las «3 E» (eficiencia, eficacia, economía) (Losso, 1997), y la valoración de los individuos por el grado de progreso material como cambio pasible de ser «medido objetivamente», ayudan a devaluar los orígenes y fomentar la fantasías de autoengendramiento y son antagónicos con los valores de la solidaridad y sentido de pertenencia al grupo, lo que perturbará los procesos de esa necesaria transmisión trófica.
En este sentido Kaes (2007) se refiere a la existencia de una cultura de lo ilimitado y de los límites extremos: “una cultura del peligro, pero también de la proeza trascendente: la heroicización de la muerte”, junto con una cultura de la urgencia: predominio del presente, del “aquí y ahora”, del zapping. Cultura en que los vínculos son contingentes y solo “actuales”; la sola certeza es que el futuro es indecidible.
Kaes agrega asimismo una cultura de la melancolía, refiriéndose a la existencia en las sociedades contemporáneas de un duelo interminable y no elaborado de las catástrofes del siglo XX, donde como defensa frente al desencanto melancólico aparecen “el catastrofismo, las promesas maníacas y los sueños de dominio y control”.
Hay como consecuencia, una suerte de “ruptura del contrato narcisista, una crisis de la transmisión. La falta de internalización de vínculos confiables, llevará a fallas en la formación del preconsciente y del inconsciente”.
En nuestro país, tenemos la triste experiencia de los casos de los niños argentinos nacidos en cautiverio, cuyos padres fueron asesinados, e inscriptos como hijos propios a veces por los mismos asesinos de sus padres, y otras por otros miembros de los “grupos de tareas”, es decir grupos que se dedicaban a la tortura sistemática y asesinato de opositores reales o imaginarios. Aquí se impone la violencia de construcciones basadas en el ocultamiento y la mentira, que sustituyen a la transmisión trófica de los vínculos de generación verdaderos, destruyéndolos brutalmente.
Todo esto lleva a la ruptura del orden simbólico de las generaciones, con su consecuencia, un serio déficit de los procesos de subjetivación, que podrá manifestarse en algún momento como patología en una o más de las tres áreas de Lagache y Pichon Riviere: la mente, el cuerpo o la conducta de acción.
Desde una mirada más abarcativa, nuestra sociedad globalizada es por lo que veremos un contexto complejo para el buen desarrollo de los mencionados procesos de subjetivación. Giorgio Agamben (2003) se ha referido al estado de violencia social permanente que en la actualidad se vive, en lo que ha llamado un “estado de excepción”, una “guerra civil permanente”, un momento del derecho en el cual, paradójicamente, el derecho es suprimido precisamente “para garantir su continuidad” e incluso su existencia. Este “estado de excepción” en el cual el orden jurídico es suspendido, y que debería ser provisorio, se ha convertido en una forma permanente y paradigmática de gobierno, idea que Agamben desarrolla a partir de Walter Benjamin. Estamos viviendo, dice Agamben, una situación de “totalitarismo moderno” que instaura una suerte de “guerra civil legal” a través del estado de excepción. Estos estados de excepción paradójicamente permanentes contribuyen también a la crisis de los vínculos sociales en las sociedades actuales, lo que pondrá en crisis también los procesos de subjetivación, reemplazados por los procesos imitativos (1981) y la ilusión individualista (Anzieu) a las que nos referíamos. La sociedad actual es productora de un individuo productor o consumidor, para Judith Revel y Toni Negri (2008) reducido a ser una unidad productiva en forma de mónada “sin puertas y ventanas”, “desarticulado y rearticulado en función de las exigencias del rendimiento y la maximización de los beneficios”. A lo que se añade el fenómeno de la seriación de esas mónadas, su masificación, su constitución en población indiferenciada y su carácter intercambiable: individuación y seriación como características del hombre actual.
Touraine desarrolla el concepto de garantes metasociales, entendiendo por tales las grandes estructuras que son un marco y un regulador de la vida social y cultural, cuya función es la de garantir una estabilidad suficiente de las formaciones sociales y darles legitimidad. La violencia social e individual es también expresión manifiesta de la crisis de los garantes metasociales, la que lleva asimismo a una una crisis de los que Kaes ha llamado garantes metapsíquicos, a su vez el marco de la vida psiquica.
Parte de esa violencia es el “siempre más” del capitalismo, induciendo una pasión por la acumulación y el consumo, aún para quienes están impedidos de realizarlo. Se acentúa la falta. Se crean permanentemente nuevas ofertas (objetos y actividades: viajes, gimnasios, dietas, etc.) que recrean y realimentan ese estado de falta, la sensación de estar en falta, que será saturada (ilusoriamente) por la adquisición y uso de esos objetos y actividades, en un círculo extenuante para el sujeto: la anónima voz del mercado que dicta sobre modelos identificatorios, objetos, actividades. Un Otro imaginario que genera además un modelo de sujeto deseable (y amable) por el Otro: siempre joven, en línea, activo permanentemente, adquiriendo objetos, hiperkinético … Así, además, produce (mediante este modelo exaltado) un modo de agrupamiento que, como decían Revel y Negri, se caracteriza por su fragmentación, pues la exaltación del consumo, la velocidad, la inmediatez (vivir online) llevan también a un refugio narcisista. Una subjetividad en un estado de distracción constante (conectada a pantallas y celulares, mp3,4 etc.), desconectada del entorno, del cara a cara con los otros, con la sociedad, y consigo misma, una subjetividad agotada por la velocidad y la saturación de información. Ese estar en falta produce un estado de insatisfacción que se asocia al vacío y depresión. La velocidad, el aislamiento, la fragmentación social, llevan a crisis identificatorias, patologías del acto, pérdida de deseo.
Las reminiscencias corporales
En muchos casos, cuando no se logra “historizar”, las fallas estructurales con el déficit de subjetivación pueden hacer que, al no poder ser psicologizados, los contenidos escindidos y no pensados pueden quedar como marcas corporales, a las que hemos llamado reminiscencias corporales, lo que hará que la violencia traumática sufrida y no elaborada por otras generaciones se manifieste a través de afecciones psicosomáticas.
En trabajos anteriores (Losso y Ferrazzano de Solvey, 1985), partimos de la idea freudiana de que los afectos poseen una equivalencia en cambios corporales, modificadas por la experiencia personal: como ha dicho Green (1973), “el afecto es él mismo, producto de una conversión a la inversa”. Tales afectos, pueden ser transmitidos por la vía transpsíquica, quedando entonces inadvertidos para la conciencia, pero pueden quedar como registros en el cuerpo, como reminiscencias corporales. Al lugar de esos registros proponíamos llamarlo inconsciente corporal, por analogía con el inconsciente psíquico, lugar de registro de las «representaciones de cosa». Las modificaciones orgánicas ocurridas en ese momento serán entonces fundantes de las respuestas corporales inconscientes. Se producen así verdaderas fijaciones somáticas: pautas corporales que quedan establecidas a partir de experiencias muy precoces transmitidas transpsíquicamente. Quizás podríamos encontrar en el último Freud del Esquema del Psicoanálisis (1940) una alusión a este hecho en su referencia a «procesos físicos o somáticos concomitantes de los psíquicos [..] más completos que las secuencias psíquicas» .
Dichas fijaciones podrán expresarse a través de cambios estructurales y/o de función. Uno de los cambios posibles puede ser una alteración más o menos permanente de la sincronización de los ritmos del organismo, o bien una predisposición a dicha perturbación que se traducirá por una particular labilidad del sujeto a la desincronización de sus ritmos biológicos.
Gaddini (1982) expresa una idea similar al hablar de la existencia de fantasías en el cuerpo. En estos casos -dice Gaddini- hay memoria corporal y no mental. La experiencia no es evocada en el recuerdo, ni tampoco alucinada, ni proyectada al exterior, sino actuada en el cuerpo. En adelante, el drama se desarrollará en el cuerpo.
O, en palabras de Piera Aulagnier, “un texto sin palabras…texto que habla de las matrices corpóreas, marcas…como huellas de un tiempo que quedará siempre como fondo enigmático…”
La familia C
En el caso que comentaremos de la familia C, la violencia sufrida por ambas familias de origen, en una de ellas como violencia social y en la otra como violencia autodestructiva, no elaboradas y mantenidas escindidas, reaparecen como grave patología somática
La familia estaba integrada por Norma (35 años), su esposo Eduardo (37), y sus dos hijas, Cristina (5) y Laura (2). Llegó a la consulta, enviada por la pediatra que atendía a Cristina, porque Cristina presentaba graves trastornos broncopulmonares (asma bronquial grave con complicaciones neumónicas inicialmente y ulterior compromiso pleural), complicaciones que implicaban un serio riesgo para su vida, y que, en dos oportunidades, habían requerido su internación. Eduardo era hijo único, y su padre había fallecido cuando Eduardo tenía cinco años. Su abuelo había muerto por suicidio, arrojándose a las vías del tren. La madre de Eduardo por su parte padecía de un cuadro depresivo crónico, y tenía en su haber un intento de suicidio, habiéndose arrojado a las vías del tren…subterráneo, el metro, del cual sobrevivió gracias a que se había colocado paralelamente a las vías entre los rieles. Eduardo se presentaba en la consulta como un obsesivo, con un fondo depresivo.
Norma, por su parte, había tenido un hermano secuestrado y “desaparecido» durante la época de la dictadura militar en la Argentina, pero ella y su familia negaban que pudiese haber muerto, a pesar de que habían transcurrido más de quince años desde su desaparición.
Durante las primeras etapas de la terapia familiar psicoanalítica, los analistas (trabajábamos en coterapia), sentíamos que la familia, pero en especial Cristina, nos transmitían una amenaza de aniquilamiento psíquico, de derrumbe, y de peligro (real) de muerte de Cristina, por lo cual nos encontrábamos en una situación de permanente alarma, con amenaza de que algo muy grave podía suceder. El contenido de las sesiones giraba alrededor de la enfermedad de Cristina, sus avatares, sus tratamientos, etcétera.
Pero a medida queCristina mejoraba de su sintomatología, el clima en el campo comenzó a ser más “aburrido” y luego pasó a ser francamente depresivo. La depresión ocupaba el lugar de la angustia por la enfermedad de Cristina. La familia concurría con puntualidad a las sesiones, pero después nos parecía que “no pasaba nada”, como si viniesen “a perder el tiempo». Contratransferencialmente, sentíamos sensaciones de parálisis, futilidad, aburrimiento, y falta de esperanza. Eduardo decía: “es todo inútil, pero es mejor no hablar, porque si hablamos, llegamos a un conflicto total, sin retorno”. “Conflicto total” significaba catástrofe, aniquilamiento, derrumbe, y finalmente lo único sin retorno es la muerte.
La consulta inicial había tenido relación con una amenaza de muerte: la pediatra nos había transmitido su preocupación por la sintomatología de Cristina, quien, decía, «expresaba la rabia, el malestar, la incomodidad» familiares; “es como si se estuviese suicidando», agregaba. Cristina decía “que se iba a ir bajo la tierra” y comunicaba sueños donde ella y la madre eran capturadas por «monstruos» que las martirizaban, arrancándoles el cabello, y otros en los que su madre moría pisada por un tren (señalemos que nunca se le había hablado de cómo había muerto su abuelo paterno ni de los intentos de suicidio de la abuela, ni de la existencia del tío desaparecido). Recordemos aquí el concepto de identificación radiactiva de Gampel.
La violencia transgeneracional se manifestaba en el campo a través de la “misión de muerte” con que era delegada Cristina, por las “cuentas pendientes” con las generaciones anteriores. El cuerpo de Cristina era el lugar de resonancia de los duelos no elaborados: sintetizaba todas las muertes.
La fantasía inconsciente familiar compartida de elaboración transgeneracional (Losso y Packciarz Losso, 2007) de la familia C era que la muerte real de la paciente-síntoma, y la presencia concreta de un cadáver, permitiría la “elaboración” de todos los duelos que la familia no había logrado procesar a lo largo de por lo menos tres generaciones. Alguien debía morir. Cristina estaba destinada a ser el pharmakos familiar.
Estamos aquí frente a una violencia transgeneracional vincular. Tanto Eduardo como Norma portaban desde sus respectivas familias de origen, violencias originadas en situaciones traumáticas a causa de duelos no elaborados. La pareja se constituyó alrededor de esos duelos y de una vivencia común, como una suerte de “compañeros de desgracia”, organizando entonces un vínculo “depresivo”, en el que la depresión compartida protegía de algún modo, del derrumbe (la amenaza de que hablaba Eduardo). Constituyeron así un vínculo organizado en una confusión entre la vida y la muerte, en el que la muerte estaba “suspendida” pero debía reaparecer en la generación siguiente.
Después de haber analizado en el campo vincular terapéutico estas fantasías, la familia pudo comenzar a enfrentarse con el intenso dolor de los duelos no elaborados, y las delegaciones violentas tanáticas de las generaciones anteriores. El poder desencriptar y develar los legados de las otras generaciones y «hacer circular» en el campo vincular terapéutico los secretos encriptados ayudó a la familia y liberó a Cristina de su destino de pharmakos.
Nos hemos permitido desarrollar diferentes niveles de violencia con sus consecuencias en las familias. La “combinación” de violencia social y violencia transgeneracional lleva a cambios en las familias y en los individuos de ningún modo superficiales, que obligan a redefiniciones clínicas y a repensar nuestros tratamientos.
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* Psiquiatra, psicoanalista, MIembro Titular Didacta, APA e IPA, Profesor de Psiquiatría, Universidad de Buenos Aires, Director de la Especialización en Psicoanálisis de la Familia y la pareja Asociación Psicoanalítica Argentina y Universidad CAECE. Secretario de Relaciones Internacionales de la Asociación Internacional de Psicoanálisis de Pareja y Familia. Dirección: Laprida 1916 (1425) Buenos Aires,
Argentina. E mail rhlosso@intramed.net.ar
** Psicóloga, psicoanalista. MIembro Titular Didacta, APA e IPA; Especialista en Abordaje Psicoanalítido de la Familia y la Pareja. Profesora de Clínica de la Pareja y la Familia, Universidad John F. Kennedy. Dirección: Laprida 1916 (1425) Buenos Aires, Argentina Email: aplosso@arnet.com.ar

