REVISTA N° 7 | AÑO 2010 / 1
Resumen
El vínculo de pareja y su articulación con la diferencia de los géneros
El vínculo entre partenaires está animado por funcionamientos inconscientes que se articulan según una intersubjetividad influenciada por resonancias fantasmáticas y emocionales. La teoría de los vínculos intersubjetivos de la pareja tiene en cuenta tanto lo similar como lo diferente y, en particular, entre los géneros. El autor explica los términos utilizados y sus distintas opciones teóricas. La práctica de la terapia psicoanalítica de pareja solicita por parte del terapeuta una escucha selectiva de las desavenencias, que se acompañan actualmente de mayor violencia, en paralelo con la evolución contemporánea de los lugares del hombre y la mujer. La dificultad en reconocer estas desavenencias y comprenderlas se refuerza por la naturaleza enigmática de la diferencia de los géneros. Ello genera rivalidad, celos, temor del dominio por el otro. El reconocimiento del otro se compromete hasta el punto que cada cónyuge permanece ciego al hecho que las modificaciones de estos lugares permitirían relaciones más estimulantes y un mayor desarrollo personal. Una viñeta contribuye a ilustrar esta problemática y a proponer instrumentos para abordarla.
Palabras clave: Vínculo de pareja, diferencia de géneros, narcisismo, objectalidad, reconocimiento.
Résumé
Liens du couple et leur articulation avec la difference des genres
Le lien entre partenaires est animé par leurs fonctionnements inconscients qui s’articulent selon une intersubjectivité infléchie par les résonances fantasmatiques et émotionnelles. La théorie des liens intersubjectifs du couple prend en compte aussi bien l’analogie que la différence et notamment celle entre les genres. L’auteur explique les termes utilisés et ses différentes options théoriques. La pratique de la thérapie psychanalytique de couple sollicite de la part du thérapeute une écoute affinée des mésententes, qui vont actuellement vers une violence accrue, parallèlement à l’évolution contemporaine des places de l’homme et la femme. La difficulté à identifier ces mésententes et de les comprendre est renforcée par la nature énigmatique de la différence des genres. Tout cela engendre rivalité, jalousie, crainte de l’emprise de l’autre. La reconnaissance d’autrui en est compromise au point que chaque partenaire reste aveugle au fait que les modifications de ces places permettraient pourtant des rapports plus stimulants et un épanouissement personnel plus accompli. Une vignette contribue à illustrer cette problématique et à proposer des instruments pour l’aborder.
Mots-clés: Lien du couple, différence des genres, narcissisme, objectalité, reconnaissance
Summary
The link of the couple and his articulation with gender difference.
The link between partners is interplayed by their unconscious functioning which is articulated according to an intersubjectivity influenced by fantasy and emotional resonances. The theory of the intersubjective links of the couple takes into account the analogy, as well as the difference and in particular the one between genders. The author explains the terms used and their various theoretical options. The practice of the couple psychoanalytical therapy requests, on behalf of the therapist, a refined listening of the disagreements, which actually escalate to increased violence, parallel to the contemporary evolution of the stand of both man and woman. The problem in identifying and understanding the conflicts is exacerbated by the enigmatic nature of gender difference. This generates competition, jealousy, and fear of the other’s influence on oneself. The recognition of the other partner is compromised to the point that each partner cannot see the fact that the changes in the respective positions could allow more stimulating relationship and accomplished personal selffulfillment. A case contribute to illustrate these problems and to propose techniques to approach them.
Keywords: Link of the couple, gender difference, narcissism, objectality, recognition.
ARTÍCULO
El vínculo de pareja y su articulación con la diferencia de los géneros
Alberto Eiguer[1]
La teoría del vínculo de pareja es un modelo que propone una comprensión clínica, una aplicación terapéutica y una conceptualización. En la medida en que la pareja se comprende como una reagrupación diferenciada, se trata a sus integrantes conjuntamente. Las interpretaciones de los aspectos disfuncionales del vínculo van dirigidas a su funcionamiento inconsciente, y suscitan una evolución, promueven cambios y, a la larga y en el mejor de los casos, a la resolución de los problemas. El concepto de vínculo se aplica también a la transferencia y a la contratransferencia terapeutapartenaires de la pareja.
Como los miembros que participan en la terapia están en vínculo, sus funcionamientos inconscientes se articulan según una intersubjetividad influenciada por las resonancias fantasmáticas y emocionales que el enamoramiento en el origen de la relación desencadena. Puede, ciertamente, empañarse la ilusión de los comienzos, pero los inconscientes de cada uno habrán puesto en marcha otras formas de acorde, que crean un tipo de intimidad y complicidad que no se encuentra en ningún otro de sus vínculos.
La teoría del vínculo fue enriquecida estas últimas décadas por las contribuciones de la intersubjetividad, y recíprocamente. Hoy un amplio campo engloba estos conceptos y se desarrolla en torno de ellos, yendo de su aplicación al análisis individual, al análisis de las instituciones y de la comunidad, pasando por los grupos, la familia, la empresa. Mi contribución se orientará hacia la repercusión de la diferencia de los géneros en el vínculo intersubjetivo de la pareja.
A medida que el vínculo se instala, los dos sujetos tienden a concordar sus reacciones y comportamientos. Una especie de ilusión grupal les hace sentir como si fueran de la misma especie y como si compartiesen muchos territorios psíquicos: comprensión del mundo, creencias, y otros aún. Su dependencia recíproca les lleva a veces a olvidar que son diferentes, que tienen deseos singulares. Según determinado punto de vista, esta evolución reharía aproximadamente el curso de la intersubjetividad madre-lactante: ilusión, desilusión, transicionalidad. Obviamente, un vínculo entre adultos implica otras dimensiones, pero estas otras dimensiones son tratadas por el vínculo de maneras interactiva e intersubjetiva (Eiguer, 2008).
Cada uno puede vivir al otro como una parte de sí; más problemático aún sería vivirlo completamente como sí mismo. Numerosos conflictos de la pareja están generados por el sentimiento que el otro ejerce un fuerte dominio sobre el primero, que lo influye y quiere anular su personalidad.
Todo vínculo tiende sin embargo a eclipsar los límites interpersonales. Más aún, la identidad corre el riesgo de perder en consistencia. El vínculo se anima en el momento en que el sujeto pasa de la investidura del otro a la identificación con él. Cuando ésta se realiza, la investidura tiende a mutar; se considera y ama al otro como si fuera uno mismo. Hasta entonces en la “periferia del sí mismo”, el objeto integra actualmente la identidad del sujeto. Ahora bien, en pareja eso causa tormentos cuya forma extrema es la impresión casi delirante de estar poseído por el otro (Cf. Decherf et Darchis, 2003).
Se puede observar que en general se considera al otro según tres alternativas: otro-no diferenciado, otro-objeto u otro-sujeto, aunque una prevalece. Pero eso mismo que engendra el vínculo se transforma en un desasosiego para ambos cónyugues.
Observaciones. La dimensión ética depende del sentimiento de responsabilidad que se vive para este otro-sujeto. En este sentido, imaginémosnos lo que puede significar el reinterpretar el concepto de superyó a la luz de la intersubjetividad. P. Ricœur (1985) propone hablar de una moral de la virtud y de una moral del deber. La primera se refiere a la ley; la segunda a la intersubjetividad entre un dador y un recipiendario, a la solicitud del primero y el sentimiento de obligación del otro, que a su vez se sentirá en deuda hacia el primero.
En resumidas cuentas, pensar el vínculo de pareja como se lo hace con cualquier otro vínculo genera problemas. La pareja tiene especificidades: por ejemplo, la de la diferencia de los géneros, que merece revisitarse. Como se puede observar, utilizo la palabra género allí donde antes se utilizaba la palabra sexo. Me explico.
Sexo o género
La idea de género se propuso por distintas razones. Tiene en cuenta la influencia del medio ambiente entre otras cosas sobre la formación de la identidad sexual en el sujeto, mientras que el concepto de sexo se basa con exclusividad en la determinación biológica de esta identidad. En el texto de Freud (1925), la diferencia anatómica de los sexos aparece como el núcleo “duro” (el lecho biológico) sobre el cual van a configurarse lo femenino y masculino, lo maternal y paternal, la diferencia sexual psíquica. Se le brinda un lugar preponderante al órgano masculino, en particular, al hecho que esta diferencia anatómica es reconocida por la vista desde la más joven edad. Así pues, la mujer envidiaría al hombre por tener pene, lo que influye en su femenino; tener un niño le permitiría calmar su sentimiento de falta. Para una madre, el niño sería un equivalente fálico. Y eso infiltraría lo maternal. Etc.
Enfatizar sobre el género no significa descuidar, desde mi punto de vista, la importancia de la diferencia anatómica, sino destacar las inter-funcionalidades entre cuerpo psíquico y contexto. Más allá de la influencia social sobre el niño, que se transmite por las representaciones colectivas relativas a las expectativas sobre lo que es ser hombre o mujer, lo que implica funcionar según una sociedad dada, el deseo de los padres, las expectativas familiares sobre el género tienen una función vital para que el niño asuma el suyo. Las conductas y la palabra por las cuales se expresan deseo y expectativas, en particular, el lenguaje del cuerpo, desempeñan un papel en cada uno: un padre no acaricia ni mantiene a su niño de la misma manera según que sea varón o niña; una madre lo hace diferentemente que el padre. Cada gesto designa.
La actitud coercitiva, que pretende controlar el imperceptible enigma del otro género, puede alterar la dinámica del deseo, que es prenda de libertad y alteridad en cada uno.
Tener un género diferente representa ventajas e inconvenientes, por ejemplo, identificarse al cuerpo del otro género. Entender su interior aparece como utópico. Este misterio nos atrae, pero nos molesta también, alimentando fantasías, temores, y tentativas que resultan a cada ocasión estériles para descifrarlo.
Algunos cónyuges dicen: “Gracias a la manera que me miras, me siento por fin un hombre (una mujer).” O “No sé nunca lo que piensas”, “Hay un punto a partir del cual ya no te entiendo más”.
¿Por qué hay reservas en los terapeutas de pareja para incluir esta diferencia en el análisis de pareja? ¿Temerían que la puesta en valor de la singularidad que es el género de los partenaires nos haga volver a la psicología individual? La alteridad del otro, o lo que el otro tiene como diferencia insoslayable, ¿conduciría a la pérdida del valor grupal e interactivo del modelo? No obstante, admitir que el otro presenta enigmas inaccesibles sería la base de todo reconocimiento mutuo.
Iguales pero rivales. Diferenciación y confluencia
Los conflictos de poder entre el hombre y la mujer parecen vinculados con la diferencia de los géneros, y adoptan las distintas declinaciones de la rivalidad fálica.
Examinemos el concepto de rivalidad. En términos generales, se sitúa en los registros de la envidia o de la emulación “sana”. Esta última puede convertirse en un estimulante para que cada miembro de la pareja intente mejorarse; el que se sitúa en la rivalidad puede desear convertirse en el más dominante. Pero el que es objeto de rivalidad emulativa puede tener en cuenta el afecto del otro e intentar comprenderlo. La emulación es creativa; es decir favorece el deseo de superarse.
La rivalidad envidiosa me parece crear más dificultades que la rivalidad emulativa; cuestiona los fundamentos de la relación, que se apoya habitualmente sobre la participación, la solidaridad y sobre el compartir. Se envidia al otro cuando se desea inconscientemente verlo fallar.
Pero se observa también que la persona que es objeto de esta rivalidad adopta una actitud exhibicionista, por ejemplo presumiendo de manera provocante acerca de sus realizaciones y, más aún recordando al otro que no es tan fuerte como cree ni más fuerte que él. El sadismo se mezcla: mostrarse para hacer sufrir, obtener un sentimiento de triunfo sobre el otro. La rivalidad y el exhibicionismo aparecen simultáneamente, pero la envidia y el sadismo los empeoran si se asocian con ellos.
Este problema no puede plantearse fuera de la esfera de la diferencia entre géneros. No querría ser esquemático. Pero ¿qué envidian generalmente los hombres a las mujeres? Envidian la capacidad femenina de ocuparse del interior, hijos, cosas íntimas, el dar libre curso a sus sentimientos, el explorar su subjetividad y la del otro y el tenerlas en cuenta. Envidian la facilidad con la cual expresan la necesidad de proximidad y de ternura. Además los hombres se ponen envidiosos cuando las mujeres realizan tareas tradicionalmente masculinas y con más resplandor que ellos mismos y que los colorean de su femineidad.
¿Qué envidian las mujeres a los hombres? La capacidad masculina de guardar serenidad ante situaciones inquietantes; su manera de reaccionar con determinación ante las decisiones a tomar, y una determinada capacidad a diferir sus expectativas orales. Lo masculino tiende hacia la acción (Winnicott, 1971), hacia la reflexión y las preocupaciones universales; lo femenino, hacia la contemplación, la introspección, la proximidad, la pasividad, pero, tengamos cuidado, la idea de pasividad no debería entenderse como la antecámara del sometimiento (Benjamin, 1988).
Preciso que se trata de capacidades masculinas y femeninas, presentes tanto en el hombre como en la mujer, en cada uno de ellos según proporciones inversamente proporcionales, y eso en cada pareja incluso en las parejas gay y lesbianas. Pero añadimos: se alimentan recíprocamente.
Se escucha a veces formular estas consideraciones por los propios integrantes de la pareja, para defender posiciones personales o para criticar al otro. Así pues, en la postura fálica, el cónyuge desea disponer de todos los atributos, tener todo, lo masculino y lo femenino, e ignorar que cada género posee calidades que son complementarias de las del otro.
El planteamiento fálico tiene como objetivo que cada uno realice su propio proyecto narcisista ignorando el del otro. ¿Cuál es el objetivo de la rivalidad entre los géneros? Tiene por objetivo esencialmente atenuar el miedo que despierta el otro género. Mientras el sujeto se impone al otro, piensa que escapará a su castración. Muchas fantasías compartidas despiertan estos temores y dramatizan su contenido. El temor de pérdida de límites está estrechamente vinculado con la fantasía compartida de ser devorado por el otro o de ser aplastado por él. El temor de la pérdida está vinculado con la impresión fantasmática de unidad narcisista donde se vive al otro como indispensable para garantizar su seguridad o incluso para existir. El temor de la castración inspira la fantasía común de incompletud sexual y es abastecido por él.
[Etc]
Las fantasías comunes a los dos partenaires aparecen, en particular, desde el momento en que están juntos. Sería una creación original del campo compartido, inspirada por aspectos inconscientes que permanecen habitualmente inactivos fuera de la vida de pareja (Eiguer, 1984). La fantasía de uno espanta al otro, causando en él un efecto de resonancia psíquica y despierta temores fantasmáticos cercanos, proceso que alimenta a su vez la inter-fantasmatización. La intersubjetividad se organiza entonces como una instancia tercera, nueva e inédita.
Cuando la rivalidad adopta los colores de la envidia, las pretensiones fálicas y narcisistas llegan a un apogeo. Se reconoce difícilmente al otro sujeto como un ser singular; se vive su deseo como un peligro. La rivalidad productora de emulación está más vinculada con el Edipo: se riñe por la cuenta del vínculo con el padre hacia quien se siente una atracción particularmente intensa. Se quiere deslumbrarlo.
La diferencia de los géneros tendría una función universal, incluso en las parejas agitadas por conflictos arcaicos y primitivos. En realidad, el sujeto tiene dificultades a reconocer al otro, ya que teme que el otro lo aspire narcisísticamente y que no esté dispuesto, a su vez, a reconocerlo, a sentirse responsable para con él ni a respetarlo. Entonces cada uno intenta dominar al otro para garantizar que, a falta de ser reconocido como diferente, “uno no quede demasiado rebajado” ni “ignorado”.
Para Freud (1932), la lucha entre los géneros es animada por la postura fálicas, cuya voluntad es dominar al otro. Esta propuesta teórica tiene ventajas e inconvenientes, en este caso el de reducir la sexualidad femenina a la castración fálica y a los mecanismos que ésta fomenta. Podemos proponer que la angustia de castración femenina implica tres dimensiones: fálica, uterina (materna) y vaginal, esta última se manifiesta por el temor de no experimentar placer al contacto con el hombre o el de privarlo. La mujer puede vivir su castración como incompletud. Una de mis pacientes decía: “Siento que no estoy acabada, terminada en mi maduración.” (Lo cual es distinto que decir “no madura”.)
La castración en el hombre es igualmente múltiple. ¿Cómo interpretar el placer desde la perspectiva del vínculo intersubjetivo? Para el hombre, es el placer de introducirse en la cavidad sensible de una mujer que siente placer al sentirse penetrada. El de la mujer, es el placer de ser penetrada por el órgano sensible de un hombre que siente placer en penetrarla.
Una terapia de pareja
Hace unos buenos años, una pareja (de cuarentena años) vino a verme en catástrofe. Homero (director financiero) había revelado tener una relación amorosa con una mujer divorciada y madre de varios niños. Prevé separarse de Pauline (secretaria), aunque sigue estando aún indeciso. Pauline, desesperada, quiere evitar una ruptura. “Nadie comprende que eso haya ido tan lejos.” Es cierto que la pareja anda mal desde hace algún tiempo, pero no a punto de llegar a la ruptura. Homero dice que está muy descontento de Pauline; no llega “a hacerla cambiar”, a pesar de años de discusiones y pedidos de su parte. “No me escucha”, dice, tanto si le pide cosas que si le habla de sus propias dificultades. La manera de presentarse Pauline, por otra parte, lo exaspera: su apariencia descuida, su manera torpe de mantenerse, y lo mismo ocurre con su falta de ternura, su oposición a las caricias. Pauline se defiende diciendo que lo encuentra demasiado emprendedor: la solicita permanentemente para que lo acaricie y hacer el amor. Homero es omnipresente, dice; “sabe todo”, “se mezcla de todo”. Mediante su manera de ejercer presión sobre ella para que cambie sólo consigue suscitar su alejamiento.
A siete meses del principio del tratamiento, una rememoración esencial tiene lugar. Pauline se acuerda de sus abortos espontáneos. Muy emocionada, vuelve a ver a Homero comprensivo, atento, excepto en el tercero, cuando tuvo el sentimiento que no quería tener otro hijo con ella (tienen uno). Se sintió afectada. Perder a un niño es un dolor de mujer; su cónyugue no supo ponerse en su lugar. Aún hoy, le guarda rencor. Es su secreto íntimo. Pauline dice: “¿Un hombre es capaz de comprender el dolor de una mujer cuando pierde su hijo?” Homero reconoce allí que no se encuentra cómodo con el cuerpo, tanto con el suyo, como sobre todo con el de su mujer. Pauline admite de su lado no comprender que Homero busque tanto sus caricias ni que las aprecie.
Me digo que ponerse en el lugar del otro y reconocer su naturaleza tiene límites. Se puede, ciertamente, hacer al otro el reproche de esta incapacidad, pero es entonces ignorar su libertad, su deseo propio. La crisis fue desencadenada por la revelación de la relación amorosa de Homero. Pauline se sorprendió. Homero se sintió satisfecho con el impacto de este asunto porque así pudo mostrar a Pauline que había seducido a otra mujer. El hecho que ésta fuera madre de una familia numerosa desempeñó un papel evidente. Eso venía en apoyo de sus pedidos de más ternura y sexualidad. Pero se sentía incómodo de haber roto un pacto compartido respecto al carácter único y raro de su amor. Mostraba tener razones suficientes para dejar a la mujer de su vida. En verdad, tuvo miedo de haber orquestado una manipulación con esta manera inusual que había encontrado para decir a Pauline que se equivocaba si se creía normal siendo “fría”.
Estas tomas de conciencia consiguieron que cada uno tenga en cuenta que podía cambiar su funcionamiento, sin hacer exactamente lo que el otro exigía, sino a su modo. La manía demostrativa fue desmitificada: los sentimientos no tienen por qué manifestarse con ostentación, como lo reclamaba Homero. Pueden revelarse por gestos indirectos y discretos; eso basta como para dar prueba de un compromiso intenso. Al creer demasiado que el otro entiende todo – que era lo que pensaba Pauline, se corre el riesgo de crear un malentendido que se empeora con el tiempo. De todas maneras, es importante reconocer la necesidad que experimenta cada uno de recibir pruebas en cuanto a la disponibilidad del otro hacia él.
La confesión de Homero desempeñó una función de “arranque”. Fue como si la sexualidad de la pareja se compartiera con otra mujer, que tiene varios hijos. Esta realidad causa un choque hasta la rememoración en sesión de los abortos. Allí se manifiestan la rivalidad entre mujeres y la falta de reconocimiento de lo desconocido del otro y del enigma del cuerpo sexuado en cada uno. La pareja estaba como acosada y perseguida por la representación compartida de los cadáveres de los hijos/fetos muertos, lo cual “envenenó” su vínculo. Cada síntoma refleja al grupo inconsciente compartido y habitado por estos objetos-muertos: en Pauline, su negligencia, desapego, aversión sexual; en Homero, su hiperactividad, exasperación y descontento, luego su investidura de una otra mujer para encontrar de nuevo la vitalidad y la alegría perdidas.
Esto confirmaría la hipótesis que el conflicto se vuelve más agudo a causa del enigma del otro género con sus placeres y sus penas. En la evocación de los abortos, se toca los fundamentos de esta pareja: ambos cónyuges quisieron ignorar el cuerpo del otro y su castración.
Las desavenencias conyugales o cómo reconocer suignorancia
Una cuestión permanece: ¿por qué la crisis toma el camino del conflicto abierto? El partenaire es diferente, representa un peligro; el vínculo significa un riesgo de servidumbre y el conflicto aparece a veces como un grito de rebelión y una defensa contra el contralor fantaseado. Dominar al otro es preferible a ser dominado por él. De allí nacen una multitud de actitudes que, al mismo tiempo que tratan de protegerse del otro, tienen como efecto alimentar sospechas y desacuerdos.
El narcisismo de uno de los sujetos del vínculo, que pide urgentemente ser visto y ayudado en prioridad, impide al sujeto ver que el otro puede encontrarse en una situación similar, y que ambos debieran inevitablemente ayudarse mutuamente. Por la misma ceguera de reconocimiento, se ignoran los recursos del otro susceptibles de ponerse en movimiento. Si el otro aparece lleno de solicitud, se puede llegar a desconfiar de él por la obligación de reembolso implícita y porque ello puede generar mayor dependencia hacia él (Eiguer, 2005). La palabra dominio (emprise) viene precisamente de una costumbre medieval: el que había contraído una deuda, si era incapaz de pagarla, podía verse obligado a ceder al prestamista su tierra y a veces su libertad. El dominio es una forma de expropiación. En el lenguaje actual, estar bajo el dominio de otro significa, por extensión, someterse a él. Al principio, se trataba simplemente de una demanda. La servidumbre es la face siniestra del vínculo.
Más concretamente, lo desconocido del otro género explica la gran frecuencia de conflictos maritales que se manifiestan en torno del poder fálico: pretensiones relativas a su territorio, su libertad de decisión y realizaciones personales. El conflicto hará tanto más escándalo cuanto que no se entienda que forma parte de la lucha por el reconocimiento. Ahora bien ¿reconocer que? “Reconocer que desconozco al otro, que él tampoco me conocerá nunca completamente, y que una parte mía permanecerá igualmente desconocida de mí mismo.”
Conclusiones
La teoría de los vínculos intersubjetivos de pareja debería tener en cuenta tanto la analogía como la diferencia y, en particular, la diferencia de los géneros. En efecto, la práctica de la terapia psicoanalítica de pareja solicita por nuestra parte una escucha selecta de las desavenencias que tienden actualmente hacia una violencia creciente, en paralelo con la evolución de los lugares del hombre y la mujer. La dificultad de percibir estos desacuerdos y de incluirlos se ve reforzada por la negativa a admitir que las modificaciones de estos lugares permiten relaciones más estimulantes y un crecimiento personal más realizado que en el pasado.
Bibliografía
Benjamin J. (1988) Les liens d’amour, tr. fr. Paris, Métalié.
Decherf G. et Darchis E. (2003), in Decherf G., Knéra L., Darchis E. Souffrances dans la famille. Thérapies familiales psychanalytiques d’aujourd’hui, Paris, In Press.
Eiguer A. (sous la dir.) (1984), La thérapie psychanalytique du couple, Paris, Dunod.
Eiguer A. (2005), in Ouvrage coll. La part des ancêtres, Paris, Dunod.
Eiguer A. (2008), Jamais moi sans toi, Paris, Dunod.
Freud S. (1925), Quelques conséquences psychiques de la différence des sexes au niveau anatomique, tr. fr. in OC XVII, Paris, PUF, p. 189-202.
Freud S. (1932), La féminité, in Nouvelle suite des leçons d’introduction à la psychanalyse, tr. fr. in OC XIX, Paris, PUF, 83-268.
Ricœur P. (1985) Temps et récit III, Paris, Le Seuil.
Winnicott D. (1971) Jeu et réalité, tr. fr. Paris, Gallimard.
[1] Psychiatrist and a psychoanalyst, holder of an Habilitation to direct research in psychology (Université Paris V), director of the review Le divan familial, President of the International Association of Couple and Family Psychoanalysis.
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