REVISTA N° 04 | AÑO 2008 / 2

El pigmalionismo como una forma de relación perversa en la pareja


Idioma: Español
SECCIONES: ARTÍCULOS


ARTÍCULO

El pigmalionismo como una forma de relación perversa en la pareja **

Nicolino Rossi *

 

si, di, dare cuncta potestis, sit coniunx, opto,» non ausus «eburnea virgo»

dicere, Pygmalion «similis mea» dixit «eburnae.»

Oh dioses, si dar todo podéis, que sea la esposa mía, deseo (no oso decir:

la virgen de marfil) una mujer igual a la mía de marfil.

Ovidio, Metamorfosis, libro X, vv. 274-276.

Las reflexiones siguientes buscan llamar la atención sobre la valencia perversa que está presente en algunas dinámicas y conductas relacionales problemáticas de la pareja que, desde una lectura descriptiva y convencional, parecen exentas de tal componente y se atribuyen fácilmente a la influencia de rasgos caracteriales o condicionamientos determinados culturalmente. Los escenarios relacionales que se señalan, por lo tanto, se asocian más bien con un significado débil del constructo de perversión  y se ubican en una zona periférica, límite, entre el área de la racionalidad sadomasoquista y aquella en la que se incluyen distintas formas de relaciones perturbadas, que con ésta comparten la manifestación significativa de disposiciones agresivas finalizadas al control del otro.

La mayoría de las parejas que recurren a la ayuda psicoterapéutica se encuentran entrampadas en una interacción dominada por el rencor y la rabia, donde cada cual culpabiliza rudamente al otro, denunciando el uso egoísta que se hace de la relación, la falta de respeto y las actitudes desdeñosas. Es sabido que el tema de la perversión es complejo e intrigante – complejidad que se ve aumentada dada la relevancia que en su definición asumen variables de orden cultural, social y moral – y los numerosos autores que se han interesado en su estudio, han intentado ampliar sus límites e identificar los atributos característicos y, en cierto sentido, irrenunciables para definirlo claramente. Los diversos estudiosos parecen coincidir en diferenciar la estructura perversa propiamente dicha y las manifestaciones sintomáticas, cuya fenomenología, aunque inserta en el registro perverso, no parecen por sí mismas suficiente para dar cuneta de su presencia; no son tanto las conductas manifiestas las que caracterizan aquello que llamamos perversión, sino la naturaleza de la angustia y la función que una organización defensiva específica desempeña en el mantenimiento del equilibrio intrapsíquico de la persona y en la gestión de la relación con el otro (Chaseguet-Smirgel, 1985; De Masi, 1999; Kernberg, 1995a; mcDougall, 1995).

Además de las modalidades clásicamente entendidas, basadas en la sexualización de la defensa y de la experiencia traumática, se deben distinguir las definidas como perversión moral, en la cual una marcada agresividad, el uso instrumental del otro y una relación alterada con la realidad, se expresan en formas que no necesariamente comportan alteraciones evidentes de la conducta sexual. Eiguer (2005a), en un trabajo reciente que retoma antiguos aportes sobre el argumento, ha descrito varias formas de conducta perversa que pueden clasificarse dentro de la perversión moral 1. Así mismo, se habla de perversiones relacionales cuando la conducta perversa se expresa más que nada como formas violentas de ejercer el poder en una determinada relación, quedando ésta impregnada de sentimientos agresivos, de desprecio y devaluación.

En realidad todas las perversiones contemplan la presencia del otro y la necesidad de dominación. J. McDougall (1995), sostiene que sólo las relaciones pueden ser definidas como perversas y que es posible hablar de perversión, de las conductas o fantasías, cuando el deseo propio es impuesto a alguien que no quiere formar parte de dicho libreto relacional. Masud Khan (1979), que ha subrayado el componente vinculado al poder en el placer sexual perverso, describe un caso clínico en el que una relación sexual ocasional con marcados rasgos perversos, aparentemente se volvía excitante para el hombre más en el registro de la dinámica del poder que ejercía sobre la mujer que en el de la sexualidad. No obstante, en la perversión relacional, este libreto no necesariamente involucra explícita o preponderantemente la vida sexual manifiesta, la cual, por el contrario, puede aparecer, al menos a nivel conductual, más bien sacrificada, sino a la persona en cuanto tal y, sobretodo, su funcionamiento mental. Una perversión, entonces, entendida como el ejercicio de poder en una relación que se encuentra dominada por el desprecio, devaluación y mortificación del otro, independientemente de que se presenten o no conductas sexuales actuadas en el registro perverso (Recamier, 1982); por lo demás, la experiencia clínica nos muestra que dichos modelos relacionales tienden a asociarse con una inhibición de la sexualidad, psicodinámicamente determinada y significativa en el despliegue de la dinámica relacional.

La perversión como ejercicio de control y poder sobre el otro.

Adulto: ¿ves que hermosa está la luna?

Muchacho: veo el sol;

Adulto: pero cómo, ¿no ves lo hermosa que está la luna llena?

El muchacho mira fijo el sol, incrédulo, y vuelve a decir que no es la luna sino el sol.

El adulto se enfada, toma con violencia el mentón del muchacho y persiste en su pregunta.

Entonces el muchacho afirma: es verdad, la luna llena está hermosa.

El hombre le pregunta cómo es que primero veía el sol y ahora la luna.

El muchacho responde: porque antes veía con mis ojos y ahora, en cambio, veo con los suyos. 

El fragmento reproduce, más o menos fielmente, el diálogo inicial de un film en donde se encuentran dos personajes en una campiña soleada, un paisaje típico de la Italia meridional: un hombre maduro, aparentemente un campesino, de aspecto un poco avieso, un mafioso, y un muchacho, probablemente entrando en la pubertad, que no logrará alejarse de un futuro delictivo 2. La conversación me parece especialmente evocativa y apropiada para introducir el tema de las conductas perversas entendidas como ejercicio de poder y control del otro, conductas que, por lo demás, se actúan solapada y no abiertamente y cuyo fin es provocar que una persona renuncie a su propia mente para asumir dentro suyo la mente de otro.

En la racionalidad perversa, la relación con el otro está primariamente finalizada a dominarlo a través del engaño y la seducción; de tal dominación el perverso obtiene aquel placer que el perverso sexual encuentra en las prácticas sexuales.

En las relaciones de pareja se presentan inevitablemente ciertas tendencias a dominar o someter al compañero/a, y su aceptación, al interior de un juego cambiante y flexible, constituye un requisito indispensable para el funcionamiento de la pareja, pero, sin embargo, pueden volverse un teatro de ásperas incomprensiones y luchas si una de las dos personas muestra ya sea una excesiva y coata necesidad de controlar al otro o una marcada intolerancia por los intentos de control que el otro manifiesta (Eiguer, 2005b). Tales reacciones pueden tener distintos orígenes y condicionar la vida de la pareja. Pueden expresar angustias ligadas a la castración, a la dependencia, a la sumisión.

La vida sexual de una pareja estaba, por ejemplo, fuertemente comprometida por la emergencia, en el hombre, de fantasías de abuso sádico cuando era objeto de activas iniciativas sexuales por parte de la mujer; ella, por su parte, cuando su marido tomaba una posición de dominación en la relación sexual, se veía invadida por vívidas fantasías de castrarlo.

En la racionalidad narcisista-perversa, sin embrago, aún nos encontramos lejos de semejantes componentes y el ejercicio de poder sobre el otro está finalizado a la sumisión y mortificación violenta de la individualidad ajena. El ataque puede suceder activamente, por medio de actitudes devaluadotas y mortificadoras, que toman la forma de la ironía, de la intolerancia, del reproche abierto o de conductas de superioridad y eficiencia, dirigidas a poner en evidencia la incapacidad e inadecuación del compañero/a, o bien pasivamente, a través de la ruptura del diálogo y de la culpabilización silenciosa.

Más que nadie, ha sido Sandra Filippini (2005a) quien se ha interesado particularmente en las configuraciones perversas que se dan al interior de la relación de pareja, ampliando decididamente el concepto de perversión a todas aquellas conductas, más o menos enmascaradas y solapadas, que pone en escena el macho para someter la figura femenina y subyugarla a sus propias necesidades.

La autora, apoyándose en las observaciones de Marie France Hirigoyen (2000), ha focalizado las motivaciones que guían la conducta perversa del macho y el proceso de victimización en el que queda sumida la mujer, describiendo cuidadosa y vívidamente los sutiles e insidiosos mecanismos con los que el hombre ejerce su violento control, destinado no sólo a someter a su compañera, sino también a que ella asuma su propio punto de vista, el del macho, sobretodo en relación a la visión negativa que él tiene de la mujer misma3. Ella repropone bajo la denominación de perversión relacional, más eficaz para resaltar la fenomenología intersubjetiva de sus manifestaciones respecto a la definición de perversión narcisista (Racamier, 1992), toda una gama de conductas de maltrato fundamentalmente psicológico, que se actúan en una relación y que no encuentran una adecuada ubicación dentro de las relaciones sadomasoquistas.

La descripción que hace la autora de las diabólicas estrategias persuasivas que usa el macho son sin lugar a dudas convincentes y pertinentes, fácilmente observables en la práctica clínica. La lectura que hace del fenómeno, sin embargo, ya sea por la casuística clínica a la que se refiere, ya sea por la perspectiva desde la cual observa tales manifestaciones, que es precisamente la de la violencia masculina, ya sea por su atenta conciencia de no caer en los riesgos de la justificación, que podrían producirse al llamar en causa el rol desempeñado por la mujer en semejante dinámica, es esencialmente unidireccional, atribuyendo al macho, que define con el término de perpetrador, las necesidades perversas que se imponen a una figura femenina que, por lo general, está obligada a padecerlas en tanto incapaz de despojarse de ellas por su falta de recursos psicológicos, su vulnerabilidad, sus adversas condiciones ambientales, en síntesis, por los sentimientos de miedo que le genera su compañero agresor. La autora, por lo tanto, aunque conciente y por las razones recién descritas, parece interesarse en menor medida por la naturaleza interactiva que puede darse en tales situaciones, sobretodo en aquellas que se desarrollan al interior de relaciones de pareja más estables y paritarias, mayormente enredadas en una dinámica colusiva. Seguramente el miedo cumple un rol importante en impedir que quien padece semejantes conductas vejadoras interrumpa la dinámica perversa y esto es particularmente cierto sobretodo cuando en la conducta violenta están involucradas personas incapaces de defenderse (por ejemplo los menores de edad expuestos a varias formas de abuso o las personas expuestas a los riesgos de la represalia); al mismo tiempo, es muy plausible que el miedo, por sí solo, no sea suficiente para explicar adecuadamente las complejas vicisitudes en las que interactúan personas adultas, ligadas en un vínculo primario, libremente escogido, cuanto menos a nivel conciente.

Un análisis del fenómeno que no se detenga en una lectura descriptiva, sino que se dirija también a los componentes psicodinámicos profundos, muestra de manera más convincente cuánto tales relaciones pueden ser el fruto de un intercambio comunicativo determinado inconcientemente por ambos actores.

La relación perversa como ensamble colusivo

Las observaciones clínicas de las dinámicas disfuncionales que se instauran en las relaciones de pareja, han puesto en evidencia la oportunidad de hacer una lectura circular de las interacciones que ofrece una comprensión más completa y adecuada. La centralidad de un vértice de observación interpersonal, que complete y enriquezca el psíquico, es indispensable no sólo para entender el modo como se organiza la relación, sino también para dar cuenta del funcionamiento individual de los miembros de la pareja en dicha relación. Desde la perspectiva psicoanalítica, las dinámicas relacionales que se establecen en la pareja se interpretan a la luz de las vicisitudes evolutivas de ambos individuos y de las relaciones objetales que han interiorizado. Los objetos internos y las relaciones entre estos actúan, probablemente desde la elección de la pareja y el inicio de la relación, como un libreto en el que se desarrollan modalidades específicas de interacción con la pareja (y entre ésta y los hijos), favoreciendo, además, que en el otro emerjan particulares respuestas complementarias; cada uno, por lo tanto, entra en la relación ya sea acarreando la propia historia pasada ya sea poniéndose como receptáculo de las proyecciones del otro.

El trasvasije del mundo interno de cada uno en la relación sucede sobretodo por medio de la identificación proyectiva (Klein ,1946). La ampliación del constructo realizada por Bion (1962), y las profundizaciones y delimitaciones posteriores sobre la naturaleza y extensión de la gama de fenómenos que responden a tal mecanismo, han valorizado progresivamente su dimensión relacional, evidenciando las implicaciones que posee en los procesos de aprendizaje y estructuración de la vida psíquica, y su significado de estrategia por medio de la cual el individuo logra manipular al otro introduciéndole sentimientos que no desea o no puede experimentar o que quiere que éste sienta (Goretti, 2007; Ogden, 1979). Semejante operación se produce a través de la comunicación verbal y, sobretodo, no verbal (conductas, expresiones mímicas, tono de la voz, gestos, tono muscular), y su consecuencia es la de atar a dos personas en una relación de doble filo, en tanto ambas son indispensables para el proceso comunicativo.

El mecanismo de la identificación proyectiva está presente masivamente en las dinámicas relacionales, donde alcanza su más plena realización en cuanto, a diferencia de la proyección, necesita la coparticipación de todos los sujetos involucrados en la interacción; ésta se vuelve eficaz, de hecho, si en ambos actores, tanto el que activa la fantasía o el proceso comunicativo como el que inicialmente lo recibe, está presente una disposición mental idónea a hacer operativa semejante transmisión. Las dinámicas problemáticas de pareja, entre las que se ubican también las de carácter perverso, son sobretodo consecuencia de los intentos que cada cual realiza por controlar al otro volviéndolo depositario de los propios objetos internos proyectados, siendo ésta, una operación necesaria para la regulación del propio equilibrio intrapsíquico y que se mantiene gracias a la relación. Así, un constante ataque sádico de descalificación del compañero/a (por ejemplo un comportamiento de devaluación y superioridad, actuado bajo formas difícilmente rebatibles como anticiparse al otro en la ejecución de una tarea o echándole en cara constantemente sus errores, incluso los que representan pequeñeces normalmente insignificantes), puede responder a la exigencia de tener bajo control aspectos personales de inadecuación o vulnerabilidad, los que se proyectan y permanentemente se identifican, mortifican y evidencian en el otro, como un modo de comprobar constantemente que le pertenecen al compañero/a y no a sí mismo. A propósito de las relaciones amorosas Mitchell (2002) nos recuerda que “el deseo romántico corre siempre por el filo de la humillación”, ya que el objeto deseado se transforma en objeto de venganza dado que el deseo crea los límites de nuestra omnipotencia, volviéndonos vulnerables e impotentes. El que padece la agresión, por su parte, puede confirmar en el otro la presencia de aspectos sádicos y violentos, y de este modo alejarlos de sí y conservar, por una parte, la autoimagen de niño bueno injustamente atacado, y por otra, la representación de un compañero idealizado y omnipotente, ciertamente violento, pero contenedor de sus propias exigencias de protección.

El conflicto de la pareja y su dinámica perversa, derivados del juego de las identificaciones proyectivas entrecruzadas, pueden transformarse en el precio inevitable que se debe pagar para mantener con vida una meta ideal irrenunciable; cada cual, en cuanto depositario de aspectos idealizados de sí, se vuelve el vehículo para realizar la fantasía de pareja ideal. Esta imagen, también puede proyectarse en un hijo, que se ve obligado a sostener las expectativas de los padres que le confieren, simultáneamente, una función específica en el equilibrio de la pareja y del núcleo familiar en su globalidad. En este juego, la dinámica agresiva, si bien reconociendo en su fenomenología observable una polaridad sádica (que corresponde generalmente a la figura masculina con una organización narcisista de la personalidad) y otra más próxima al masoquismo (más frecuente en las mujeres), inviste globalmente a la pareja, la cual contemporáneamente actúa alternando la acción sádica, que demanda el intercambio perverso, y la reacción masoquista, que descuenta el sufrimiento y el malestar que surgen de ella. En las parejas involucradas en modalidades relacionales narcisistas, llenas de rencor y hostilidad, la parte agresiva la puede jugar el uno o el otro, no obstante cada cual la realice con las modalidades típicas de su organización caracterial (Kernberg, 1995b).

En la pareja B. hay un eterno y áspero conflicto por las desilusiones que cada uno siente respecto del otro. El hombre, más bien carente de capacidades introspectivas y con un funcionamiento mental concreto, está perennemente angustiado por sus preocupaciones económicas, por la sensación que debe ocuparse de todo sin que nadie, sobretodo su mujer a la cual percibe como una codiciosa insaciable, comparta sus preocupaciones. Incapaz de atenciones y gestos de ternura hacia su mujer, le reprocha la falta de vida sexual y de amor; dice “si tú me amaras todo sería distinto”. Estos aspectos del marido amargan muchísimo a la mujer, que por su parte expresa su decepción con una actitud más bien exigente y vengativa: ataca permanentemente a su marido con una actitud presuntuosa y despreciativa, negándole una vida sexual. Parecen ser portadores de dos sensibilidades afectivas y de dos mundos relacionales contrapuestos a los que ninguno es capaz de renunciar. A raíz de unas cortas vacaciones que la mujer ha planeado autónomamente, contenta por su insólita decisión, el marido muestra una irritación mal disimulada, que dirige incluso hacia el terapeuta, considerado quizás el responsable de los cambios de la esposa. En la discusión que se genera en la sesión, él le dice “sería suficiente que me dijeras: ‘¿tienes otro panorama que proponerme?, de lo contrario voy a ir’; y yo tal vez te habría propuesto algo; pero la verdad es que yo no te importo en lo más mínimo”. Ella replica irónicamente “ya te veo tomando una iniciativa; si tu planearas algo, yo renunciaría a todo inmediatamente para ir contigo”.             

Me parece que estas dos afirmaciones, típicas del léxico de ellos, son iluminadoras de una  fantasía idealizada compartida por ambos que, por debajo de la diversidad aparente de sus respectivos caracteres y demandas, en realidad une a la pareja. La de ellos es la imagen de una pareja idealizada, autosuficiente y capaz de cumplir cualquier deseo. Este modelo, que es mantenido pagando el precio de una constante conflictiva sadomasoquista, presenta una naturaleza profundamente narcisista y se refiere a la pareja como fuente de todo deleite, que cada cual le reprocha al otro de no procurar, convencidos que el compañero/a tenga los medios para hacerlo. El que paga el mayor precio es el hijo, que, al ser depositario de semejantes fantasías colusivas, se estanca en su curso evolutivo.

La terapia de pareja está dominada por la avidez de ellos: la de ella, que espera del tratamiento un “nuevo matrimonio”, una expectativa que vuelve decepcionante cualquier logro que se obtenga, tanto con el marido como en la terapia, considerado siempre insuficiente; la de él, proyectada en la mujer, que querría mantener un vínculo simbiótico con una mujer-madre devotamente disponible.

En una visión semejante de las dinámicas interactivas, se vuelve oportuna la advertencia de no invocar con demasiada soltura eventuales disposiciones masoquistas en la mujer, como causa o concausa de las conductas sádicas del compañero (Filippini, 2005 b); se muestra como parcial y no ajustada a la complejidad de la dinámica relacional una lectura de la misma basada exclusivamente en las relaciones de fuerza, que ve a una figura en el rol violento y la otra en el de víctima pasiva. Paralelamente, si no se puede hablar de un perfil especifico de la víctima, es posible identificar la especificidad de una configuración relacional particular. La atracción que une a los miembros de la pareja y el vínculo inconciente que establecen entre sí están fuertemente condicionados por la recíproca receptividad y aceptación de las respectivas proyecciones transferenciales (Ruszczynski e Fisher, 1995).

El pigmalionismo como forma silenciosa de relación perversa

Sólo quisiera saber qué me pertenece y qué no me pertenece.

Pigmalión acto V.

La referencia a Pigmalión4, es frecuente en algunas parejas cuando describen el mundo en el que se desenvuelve su relación. Fue KrafftEbing, el famoso psiquiatra alemán a quien le debemos la primera exposición sistemática de la patología sexual (1886), el que introdujo el pigmalionismo como una de las formas de aberración sexual.

Ésta consiste en le excitación sexual frente a las estatuas. En el lenguaje corriente, sin embargo, el pigmalionismo no se refiere tanto a una desviación de tipo sexual, que podría considerarse a todas luces como una forma de fetichismo, sino más bien a la tendencia de moldear, plasmar o plagiar a otra persona, con el fin de volverla similar a una imagen propia y así ejercer un control total sobre ella.

La definición de pigmalionismo se usa habitualmente para indicar, por ejemplo, la tarea de formación o educación de un artista, o más generalmente de un discípulo, abocada a que éste realice perfectamente la prestación o modelo que propone el maestro5.

Un componente pigmaliónico puede presentarse en todas las formas de adiestramiento y en cualquier relación maestro-discípulo, pero aquello caracteriza específicamente a la configuración relacional denominada pigmalionismo y que, con razón, la sitúa entre las relaciones perversas, es la dimensión narcisista y violenta que la impulsa; narcisista en la medida que la tarea de modelamiento se lleva a cabo con el fin de dar vida a una imagen del propio director, que el actor debe realizar plenamente, y violenta en cuanto, más que los impulsos libidinales y objetales, lo que la guía son las necesidades de controlar que, al ser frustradas y defraudadas, pueden provocar intensas reacciones de rabia destructiva.

En una pareja muy problemática, entrampada en una dinámica como la que aquí se describe, el marido le dice a la mujer “tu eres buena, simpática, pero te animas sólo si hay alguien más; no existes si no estas pegada al tubo del gas… o sea… del oxígeno!”, mostrando, con su lapsus, la naturaleza simultánea de vitalidad y mortalidad que le genera su presencia. Se trata de un hombre que, no resignándose a dejar ir a su compañera tras haberse separado, sigue preocupándose por ella para dirigir y moldear sus  funciones, conductas y actitudes maternas, con el objeto de garantizarle al hijo una buena madre e impidiéndole de este modo una plena autonomía y obstruyéndole la posibilidad de una nueva vida sentimental.

El pigmalionismo se ubica más bien en el área de la relación de objeto anal, cuyos componentes ocupan mucho espacio en las distintas formas de perversión. En las relaciones de tipo anal, el objeto, originalmente el excrementicio, es contemporáneamente narcisista y objetal y la interacción tiende al control objetal, dominio que le permite al sujeto el reestablecimiento de la integridad narcisista que resultó lesionada en el estadio precedente (Grumberger, 1971).

(El autor afirma que la relación anal, en su forma ideal, es la que se establece en la pareja esclavo-patrón – de naturaleza sádica y masoquista en sus formas activa y pasiva respectivamente – al interior de la cual se alcanza el triunfo del sujeto sobre el objeto).

En el pigmalionismo, los aspectos anales pueden asociarse a los de la oralidad. En el caso que estos últimos sean muy marcados, la persona conserva importantes fantasías orales de tipo mágico-omnipotente, las cuales la conducen hacia un deleite pasivo relacionado con la insatisfacción por todo y con la envidia de todos, que la aplastan y le impiden ser activa y desarrollar proyectos realistas; de este modo, se proyecta el ideal del yo sobre el/la compañero/a y se delega en este/a último/a la puesta en escena de tales proyectos.

  1. Stoichita, en su reciente ensayo llamado “El efecto Pigmalión” (2006), donde revisa la presencia del antiguo mito en las distintas formas de producción artística desde la antigüedad hasta nuestros días, asocia la peculiaridad del mito de Pigmalión, con todas las implicaciones culturales y psicológicas que de él se derivan, con la construcción y la utilización del simulacro, operación fundamentalmente distinta respecto a las que acompañan las artes figurativas6. A diferencia de la pintura, que inmediatamente todos percibimos como la representación de un objeto, como una imagen que reafirma su no coincidencia con la realidad, la estatua se ubica en una posición particular, en una dimensión que, junto a Winnicott (1958), podemos definir como transicional, en la que reina la ambigüedad e indefinición de la naturaleza de aquello que se percibe en relación a su pertenencia al mundo externo o interno: la estatua es una copia de la realidad, pero al mismo tiempo posee una auténtica originalidad que le permite desligarse de ella y sustituirla.

En el perverso, sin embargo, la dimensión transicional (producto de experiencias traumáticas que impidieron y distorsionaron su uso positivo) en lugar de ser el espacio que favorece el desarrollo de la creatividad, de la producción artística y de la construcción de un sano sentido de la realidad, se convierte en el terreno del engaño, funcional a la realización de un plan solipsístico y patológico de control omnipotente de la realidad (Khan, 1979). Pigmalión no puede sino amar la creación propia, que su maestría ha construido y su investimiento ha dado vida; es inevitable pensar que si ésta dejase de ser su creación, sería desvitalizada y transformada nuevamente en materia inerte. El vínculo sólo puede darse en una zona intermedia, en la ambigüedad y en la indefinición de los fenómenos transicionales, que no permite ni la emancipación definitiva de la criatura respecto a su artífice, ni el que permanezca como mera cosa inorgánica y muerta: en el primer caso se avanzaría hacia la angustia de separación y hacia la pérdida irreparable, cuya aceptación constituye el paso inevitable para la organización neurótica; en el segundo, se precipitaría en la experiencia necrófila y en la franca psicosis. El mito, con su resolución divina, permite que Pigmalión realice esta fantasía narcisista: obtiene de los dioses la posibilidad de poseer una mujer viva que a la vez es fruto de su creación y que por tanto controla completamente.

Eiguer (2003), subraya la condición paradójica que caracteriza la situación pigmaliónica, en cuanto a medida que el discípulo crece disminuye su necesidad de tener un maestro, volviéndosele una figura inútil; paradoja que puede resolverse con la devoción por el modelo de éste último, que sirve como constante punto de referencia para el discípulo, el cual no podrá sino permanecer en una perenne imperfección que la maestría del otro siempre podrá perfeccionar. Sólo así, Pigmalión evitará enfrentarse con la castración.

Una dedicada paciente contaba que su madre-patrona solía reprenderla, amenazadoramente, con estas palabras “tú eres mi mierda, tal como te hice te deshago”; y en verdad estuvo realmente sometida y psicológicamente destruida. Me parece que la expresión condensa con su lapidaria eficacia la valencia narcisista y violenta de los aspectos creativos y destructivos de la relación de objeto anal y de su específica configuración asociable al mito pigmaliónico. Esta paciente, que había desarrollado acentuados rasgos de timidez, estaba sumergida en un dilema insoluble (lamentablemente muy común en las relaciones amorosas, aún manifestado en un una misma relación), que le impedía una elección de pareja satisfactoria: estaba involucrada en una doble relación, con un hombre que la quería de manera afectuosa y contenedora y con una figura distante y despreciativa, a la cual estaba ligada masoquistamente.

Dicha formulación deja traslucir la piedra angular de la teoría freudiana de la perversión, particularmente la fetichista, referida a la negación de la falta del pene, que empuja al perverso a rechazar la realidad de un hecho que conlleva una angustia intolerable sin que caiga en un pleno desconocimiento de franco sello psicótico. Lo que se niega, incluso por medio de la falta del pene, es la misma realidad psíquica del otro, su individualidad separada, distinta e independiente de la propia (Fisher, 1999; Norsa e Zavattini, 1988).

Nos hallamos entonces en el campo de una particular relación de estampa narcisista, al interior de la cual prevalece la dominación y el control del otro y no su reconocimiento como entidad separada y distinta, de la cual se depende y cuyas cualidades y características pueden necesitarse.  Sin embargo, tal control requiere que paralelamente el otro goce de una cierta iniciativa para así dar forma y realidad a las expectativas, usualmente ocultas y no claramente formuladas o abiertamente reconocidas, del mismo artífice.

En la pareja C., la mujer dice que no es cierto en lo más mínimo que no se preocupe por su marido y que no busque darle en el gusto cumpliendo sus deseos; el hecho es que nunca da en el blanco; tendría que leerle el pensamiento segundo a segundo, pero es como si siempre estuviera a destiempo. Él dice que en realidad ella no piensa en él, sino que le da lo que a ella también le gusta; está movida por un impulso egoísta y no por un deseo auténtico de complacer sus deseos. Para el hombre, cuya expectativa es precisamente que la mujer renuncie a sus deseos por amor a él, la presencia de un movimiento libidinal se convierte en el testimonio de la separación de ella y de una vida psíquica independiente de la suya, experiencia que le genera una angustia profunda ligada a la dependencia y pérdida del control del objeto. Para la mujer, tomar en cuenta aquellas expectativas del esposo que no puede introducir en su movimiento pulsional se vuelve una sumisión intolerable que la expone a las angustias depresivas de pasividad e impotencia.

Retomando el tema de la sexualidad podemos comprender cómo semejante organización relacional tiende a eludir la sexualidad, temida en cuanto experiencia que pone en peligro el control del objeto animado por una pulsionalidad impredecible. En varias parejas en las que se encuentra un modelo relacional de este tipo, la vida sexual real es muy escasa y  evitada defensivamente.

El mismo Pigmalión, narra el mito, se avocó a esculpir su estatua por la repugnancia que le generaba la corrupción de las mujeres que lo rodeaban, revelando así la angustia frente a la sexualidad. Por otra parte, es sabido que frecuentemente el investimiento del poder mal se conjuga con el erótico. Es precisamente un proverbio mafioso el que afirma que es “mejor mandar que follar”, subrayando de este modo una implícita contraposición entre ambos investimientos.

Un ejemplo cinematográfico particularmente actual, tanto por el argumento que afronta, la anorexia, como por el eficaz realismo que envuelve la trama, es el film de  Matteo Garrone Primo Amore (adaptación de la novela Il cacciatore di anoressiche de Marco Mariolini). La película describe el nacimiento y desarrollo de un vínculo perverso, que evoluciona hacia una verdadera folie a deux, entre un orfebre de Treviso y una muchacha que conoce chateando por Internet. De hecho, el hombre pretende que la muchacha se someta a un progresivo adelgazamiento para alcanzar un estado ideal de delgadez, condición indispensable para que él pueda amarla; ella no es capaz de oponerse a la demanda, y se hace cómplice del plan del amante hasta las más dramáticas consecuencias. Particularmente significativo, en relación a nuestro tema, es el hecho que el trabajo de moldeamiento de la muchacha por parte del hombre compromete tanto la mente como el cuerpo; él protagonista busca controlar plenamente el aspecto mental controlando el corpóreo (curiosamente él es un orfebre, es decir un artesano que forja un metal precioso, mientras la muchacha se gana la vida posando como modelo). “La invención del director y del guión de entrelazar la trama en dos planos, el metafórico, el labrado y la fundición del oro, y el real, el labrado y la fundición en el cuerpo de la mujer, es magistral (Costantini e Golinelli, 2007). El film, cautivante hasta la angustia, entrega numerosos elementos para reflexionar sobre la naturaleza de la relación perversa en la forma en que aquí la entendemos. El director, con elegancia y crudo realismo, exaltado por el adelgazamiento real de la protagonista que él mismo exigió para rodar la película (introduciendo así una ulterior dimensión pigmaliónica en la construcción del film), logra evidenciar todos los elementos que caracterizan una relación perversa, los que pertenecen a la estructura de los personajes y los que actúan como circunstancias que facilitan la formación del vínculo y su progresivo reforzamiento. El hombre muestra un funcionamiento escindido que no le permite integrar la dimensión corporal y la psíquica; obsesionado por la necesidad de lograr el dominio completo de la mente, busca alcanzar dicha meta modelando el cuerpo de la muchacha, induciéndola a adelgazar sistemáticamente, con el fin de anular totalmente la incontrolable y por lo mismo angustiante fuente de estimulación pulsional. Ella, de este modo, debe realizar la dura tarea de mortificar su propio cuerpo, tarea que sólo puede cumplirse a través del sabio y riguroso control que el orfebre ejerce sobre su alimentación. Semejante objetivo se persigue por medio de un proceso, que definiría como mayéutico (en la medida en que induce al otro hacia la búsqueda de la suprema verdad interna, que, sin embargo, tiene que coincidir con la del educador), llevado a cabo de manera hábil y solapada, para confundir y doblegar progresivamente la mente de la muchacha, hasta conseguir que piense en un modo de pensar similar al propio. La violencia silenciosa que se actúa por medio de la persuasión manipuladora cubre y sustituye la violencia abierta, rabiosa, preparada, no obstante, a explotar si el otro osa decepcionar, incluso mínimamente, las expectativas del que comanda el juego. Es esta violencia homicida, reconocible en sus formas enmascaradas de urgencia delirante, la que genera el miedo paralizante de romper el pacto perverso anteriormente recordado.

Las confusas expectativas narcisístico-fusionales del hombre y la adhesión al juego por parte de la mujer se pueden observar, por ejemplo, en la escena en la que él le pregunta: “te gusta mucho?; y ella: “me gusta porque sé que a ti te gusta”; o cuando ante el riesgo de perder a la muchacha, le grita que no puede dejarlo, pues ninguno de ellos vale nada sin la presencia del otro. Expresiones que revelan un terrorífico vacío interior, susceptible de ser llenado gracias al vínculo con una figura que renuncie a su individualidad separada y adopte como propios los deseos y las posiciones del compañero/a, mostrando una actitud complaciente y una devota gratitud por el hecho de habérselos enseñado.

No se nos escapan las sugerentes y convincentes referencias a las distintas perspectivas de interpretación psicoanalítica de tales experiencias: la relacional, que llama en causa las probables experiencias traumáticas precoces de nuestros protagonistas que no han podido gozar de una mente materna capaz de cumplir la delicada tarea de acoger, contener y bonificar las excitaciones del niño, tarea que de manera subrogada y patológicamente defensiva ha debido llevar a cabo la mente del mismo pequeño; o la pulsional, que nos hace notar la dramática condición interna en la que se halla el yo (la muchacha), estrangulado por una instintualidad aguerrida (los mordiscos del hambre) y un súperyo sádico e implacable (el severo control del hombre).

En relación a la figura masculina, el delirante proyecto implica el desvanecimiento de la separación y la fusión de los actores en una sola entidad, en la que una mente omnipotente, la de él, y un cuerpo reducido a la esencialidad garantizada por el silencio pulsional, el de ella, pueden finalmente lograr un coexistencia exenta de las angustias que un cuerpo cargado de excitantes y tumultuosas estimulaciones genera en una mente vulnerable e incapaz de acogerlas y menos aún de metabolizarlas y elaborarlas.

La mujer, por su parte, parece buscar una mirada benévola y amorosa, por lo que está dispuesta a cualquier renuncia mortificante de sus más legítimas y auténticas expectativas con tal de perseguir la esperanza, que en el pasado debió ser vana, de transformar el rechazo originario de la madre (que desafortunadamente reencuentra en el rechazo del hombre cuando recién se conocen), en una apreciamiento sincero y afectuoso. Al parecer, confía en que el hombre posea, y por lo mismo pueda transmitirle, aquellos conocimientos relacionados con el cuerpo femenino y la sexualidad que quizás no pudo recibir de su propia madre. Tras sus primeros intentos por escaparse de la red que ya la ceñía irremediablemente en sus hilos desde el primer encuentro (frente a la decepción que él siente por su cuerpo, imaginado más flaco – momento en que ella parece recuperar inmediatamente al objeto rechazante originario que, probablemente, fue incapaz de transformar sus expectativas fantasmáticas inconcientes en relación a la niña real – le pide que la deje ir, como si ya no pudiese hacerlo sin su permiso, frase que repetirá en la dramática escena final), la única defensa posible parece ser la de adoptar ella misma los ojos del otro, en una abnegada identificación con el agresor, con el fin de que estos la guíen a la obtención de aquella contextura capaz de proporcionarle una mirada amorosa y gozadora, indispensable para su nutrimiento psíquico como lo es el rayo del sol para nuestra vida. En la pareja siempre se puede reconocer un pacto inconciente, subrayado por muchos autores, que desempeña una importante función defensiva para el equilibrio de cada uno y cuya ruptura está obstruida sin duda por los sentimientos de miedo que genera la amenaza del tirano, pero también por aquellos que dificultan la revisión de las expectativas internas que se encomendaron a la pareja para su esperada realización (Kaes, 1989; Stein, 2005). Lo que al parecer se mantiene bajo control por medio de la relación es el vacío depresivo y la fragmentación de un self vulnerable y escasamente cohesionado, habitualmente presentes en los individuos envueltos en semejantes dinámicas (Nicolò, 1988; 2008).

En una pareja donde la mujer definía la dinámica de su relación como pigmaliónica, la esposa recordaba que le había encantado su marido por la experiencia de poder hablar con él libremente, de todo, y por sentirse entendida y aceptada. La mujer siempre lamentó una fuerte intrusión de su madre, figura híper eficiente y descalificadora, lista para intervenir imponiendo sus modos de ver las cosas, y toda su organización defensiva estaba finalizada a proteger aspectos auténticos de sí misma y a alejarse de las temidas intromisiones provenientes del mundo externo, a través de la negación de la dependencia. Por ejemplo, cuando realizaba un viaje, evitaba leer guías turísticas con el objeto de salvaguardar sus reacciones espontáneas relacionadas con lo que podría encontrar. Esta exigencia, sin embargo, adoptaba formas tan profundas e intensas al punto de llegar a negar la fuente que la nutría: cualquier cosa que aprendiera o comprendiera inmediatamente la asimilaba como si siempre hubiese sido parte de su patrimonio espontáneo, no derivado de nadie más; para ella, el aprendizaje equivalía a la maduración de potencialidades preexistentes gracias a la acción de estímulos externos capaces de activarlas. En la pasividad de su compañero y en su actitud desapegada creyó encontrar un sincero y auténtico interés, la favorable y respetuosa acogida de su espontaneidad. El marido, por su parte, estaba encerrado en una organización narcisista omnisciente, que lo mantenía alejado de sus vivencias de inadecuación y de sus rabiosos sentimientos de envidia, por medio de la evitación fóbica de la realidad y de la acción. Fue muy descuidado por su madre, habitualmente ausente, fue entregado a una tía que lo crió desde los primeros años de vida y tuvo un padre escasamente gratificante en el plano narcisista. Le había atraído la autonomía de su esposa, su iniciativa, y en ella había reencontrado un objeto originario omnipotente que se habría puesto a su servicio, capaz de satisfacer todas sus necesidades, sin pedirle nada a cambio (al comienzo de la relación él estaba poco comprometido y dejó a su mujer sola incluso durante el embarazo de su único hijo, viviendo aún con sus padres); se podría decir que, por fin, Aladino había logrado poseer la lámpara anhelada. La esposa es vista como un objeto gemelar, un doble de sí mismo del cual se espera una identidad previsible (lo que él sabe, el otro debe saber; lo que él puede hacer, el otro debe saber hacer; lo que al otro se delega, explícita o implícitamente, tiene que ser cumplido según las propias expectativas). En la pareja, la mujer juega un rol activo, pero bajo el control del marido que interviene constantemente en forma crítica para frenar, estimular, moldear el comportamiento de la esposa. Experiencia paradigmática y escena ejemplar es la del manejo: el esposo no posee licencia de conducir, lo que obliga que su mujer lo acompañe en todos los desplazamientos que necesita hacer. El hombre, en el auto, permanece en un inquieto y constante estado de vigilancia, observa atentamente todo lo que sucede alrededor y controla las maniobras de la mujer dirigiéndola segundo a segundo. Ella está irritada e incluso angustiada, sometida a una tensión constante.                       

Si la iniciativa de ella la hace alejarse de sus expectativas, él se contacta con sentimientos catastróficos de abandono, que dan vida a ataques rabiosos. Una modalidad sádica que habitualmente utiliza, sobretodo con el hijo, es excitar al interlocutor para luego bloquearlo, con un modo súperyoico violento. Normalmente está en una pasividad crítica, por lo que le delega todo a la mujer, tanto a nivel operativo como afectivo, para luego intervenir, generalmente de manera súeryoica, reclamando su propiedad, pidiendo le sea devuelto lo que le pertenece (pero que la mujer ya ha experimentado-llevado a cabo). En la sesión, por ejemplo, es ella la que domina la escena y conduce el diálogo, mientras él interviene para comentar, con un lenguaje cansado, incierto y confuso. Ella afirma “¡tengo que hacer siempre yo el trabajo, pensar y hablar también por ti!”, y exclama, con un sufrimiento rabioso, que está cansada de sentir las emociones por él. La mujer necesita reconocer lo que le pertenece, siendo inducida no sólo a actuar, sino también a sentir sensaciones afectivas que no son suyas; es como si tuviera que distinguir las emociones propias de las de él, tras haber experimentado esta  confusa maraña, naciendo desde una matriz indiferenciada, en la que se siente enredada, y que parece evocar la imagen de la embriogénesis, donde el nuevo organismo debe emerger progresivamente de la unión con el cuerpo materno.       

El hombre, por su parte, está inmovilizado por el miedo de diferenciarse y está como necesitado de la mente de la esposa para identificar y reconocer sus propios estados emotivos y separar las cosas buenas, que atribuye a sí mismo, de las malas (dificultades, límites, vergüenzas, responsabilidades, etc.) que coloca en la mujer.

Retomando la distinción entre la producción artística que copia la realidad (la mímesis) y aquella que alberga la fantasía de plasmarla, quisiera revisar, en función del interesante interrogante sobre las motivaciones inconcientes que nos guían en la elección de pareja en los vínculos amorosos, los procesos psíquicos que operan en la búsqueda del modelo originario a partir de cuánto fue exitoso el luto de su pérdida y del grado en que la mente del niño fue suficientemente capaz de elaborarla. En los casos favorables, que podríamos decir se asocian con la experiencia neurótica, nos hallamos en el registro de la búsqueda de pareja, un deseo que conduce al despliegue de la pasión transferencial, tanto en las relaciones amorosas como en las psicoterapéuticas, como una honda móvil, preparada para investir el objeto que posee la capacidad de evocar las características del objeto originario y tomar su lugar.7

A un registro completamente diverso pertenece el investimiento perverso, que de la pareja hace un nuevo original, plasmado, en el ahora, de manera tal que desmiente e invierte la experiencia traumática que aquel objeto originario le ocasionó, bajo la acción de pulsiones agresivas o, incluso, de muerte; lo que domina la escena, de hecho, no es la búsqueda del placer sino el control y la desvitalización del otro, ambos al servicio de la evitación de las angustias ligadas a las experiencias originarias de rechazo de la auténtica vitalidad pulsional del niño, convertido en objeto de investimiento narcisista, aún cuando dicho investimiento se haya actuado bajo formas de atención seductiva, ellas mismas de sello perverso.


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** Título original: Il pigmalionismo come forma di relazione perversa nella coppia. Traducido al español por Ricardo Pulido.

* Profesor titular de Psicología Clínica, Facultad de Medicina, Universidad de Bologna; miembro de la Sociedad Italiana de Psicoanálisis y de la AIPPF. Study Group Psychoanalytic psychotherapy of the couple and attachment».

  1. Entre los perversos morales el autor nombra figuras como el traidor, el cleptómano o el pirómano, donde fácilmente triunfa la destrucción de la realidad, de los vínculos, de los afectos, de la creatividad. En esta categoría pueden ubicarse también los astutos, dada su tendencia a eludir el arduo trabajo que significa el esfuerzo, el respeto de las reglas y la honestidad, para obtener un beneficio personal que va de la mano al placer de haberse eximido, sin alguna consecuencia negativa, de los límites y las reglas de la convivencia humana y, en modo más general, del principio de realidad.
  2. Se trata de “Il dolce e l’amaro” de A. Porporati, un film que muestra la vida de un mafioso; el fragmento introductivo aquí reportado, y la historia sucesiva, ilustran convincentemente lo que debe suceder en la mente de un muchacho para que se vuelque hacia una vida delictiva, la cual demanda una renuncia completa de sí mismo y de la libertad de juicio para adherir plenamente al modo de pensar del grupo mafioso o del jefe.
  3. Filippini cita a modo de ejemplo, que según ella sería paradigmático para ilustrar dicho modelo relacional, el film de Gorge Cukor, Gaslight (1944), inspirado en el homónimo drama, con Charles Boyer e Ingrid Bergman, el cual describe muy bien, con la ayuda de una lúgubre atmósfera victoriana, la progresiva manipulación psicológica que el marido ejerce sobre su mujer empujándola al límite de la locura.
  4. La fuente principal del mito de Pigmalión es “Las Metamorfosis” de Ovidio, que en el libro X, por boca de Orfeo, narra la historia del escultor Chipriota que, resignado al celibato por el rechazo que le producía la corrupción femenina, esculpió en el marfil una estatua tan bella que se enamoró perdidamente de ella, hasta el extremo de invocar a los dioses para que le dieran vida y así poder hacerla su mujer, deseo que los dioses hicieron realidad.
  5. Famosa es la adaptación cinematográfica (1964) de la comedia Pigmalión de G.B.Show (1914), My fair lady, donde el profesor Higgins, estudioso misógino, transforma en una elegante mujer a la joven florista Elisa Doolittle.
  6. El autor recuerda la distinción, realizada por Platón en el Sofista, entre las dos modalidades que utiliza el arte para producir las imágenes (eidolopoiiké): el arte de la réplica o de la reproducción del modelo (eikastiké), propia de la pintura, y el arte del simulacro (phantastiké), o bien la escultura; la primera reproduce y por ende, constituye una mímesis, la otra, que invoca el poder divino de dar vida, produce formas creativas que en definitiva existen por sí mismas y constituyen el fantasma, constructo que ha ocupado un lugar importante no sólo en la reflexión estética y filosófica, si no también en la conceptualización psicoanalítica (es suficiente recordar la fantasía inconciente y los objetos internos de matriz Kleiniana).
  7. Me parece que este es el caso del film “Vértigo” (1958), de A. Hitchcock, en donde los esfuerzos del protagonista, el detective Scottie, interpretado por J. Stewart, por transformar a Judy en Madeleine (ambas interpretadas por Kim Novak), de quien estaba enamorado y de cuya muerte se culpaba, son sin duda de carácter pigmaliónicos, si bien animados, seguramente, por una pasión vital.

Revista Internacional de Psicoanálisis de Familia y Pareja

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ISSN 2105-1038