REVISTA N° 02 | AÑO 2007 / 2

El narcisismo familiar, sus orígenes, su destino

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OUT OF FOCUS

El narcisismo familiar, sus orígenes, su destino

Alberto Eiguer*

 

Voy a abordar el narcisismo familiar tieniendo el sentimiento que el lector conoce bastante bien el tema y que tengo pocas cosas que enseñarles. Me parece no obstante que el narcisismo no se exploró en todas sus perspectivas y que ofrece aún un extenso campo a roturar.

La estructura narcisista individual se solicita ampliamente para la integración del “nosotros” de la psiquis colectiva familiar. ¿Por qué? Porque tiende a la uniformación de los psiquismos y a la extraterritorialidad del yo, es decir cada miembro de la familia se dirige al otro y lo considera como una parte de sí mismo. Sinembargo, esta orientación, que varía según las personas y las familias, tiende a esfumar los límites personales y a favorecer la intersubjetividad. El narcisismo se suele a veces asociar con egocentrismo, pero se observa que se inscribe en cambio en una lógica distinta, la del vínculo con el otro. Y no estamos en presencia aquí de la única paradoja que revela su funcionamiento.

Freud (1914) demostró que el narcisismo de los padres tiene un peso considerable en la investidura de su niño como una parte de ellos mismos con el fin de perpetuar su ser y en la realización de aquellos proyectos que no realizaron. Al mismo tiempo que sienta las bases de la teoría del narcisismo, Freud (1914) trastorna sus principios destacando que el egoísmo no es lo que se opone al amor hacia otros, aquí el amor que los padres tienen para su retoño. Al contrario, el narcisismo lo estimula. Su amor parental toma por ello una calidad intensa sin común medida con ningún otro.

Antes de proseguir, pienso importante hablar de este amor y del vínculo pa-rental-filial, ya que en el momento cuando la reconstitución familiar se ha convertido en un hecho corriente y cuando se pregunta si personas del mismo sexo pueden ser padres como los otros, debemos interrogarnos si se habla aún de la misma familia que en el pasado. En mi opinión, el vínculo parental-filial no es un vínculo exclusivamente de amor de un adulto hacia su hijo; esto puede encontrarse en el amor que tenemos hacia un sobrino, el hijo de un amigo, de un vecino, sino que el amor parental-filial tiene una coloración propia.

Identificación y vínculo filial

La reciprocidad en este vínculo se alimenta con el reconocimiento mutuo padre/madre e hijo, que tiene lugar desde la más joven edad, progresa durante el desarrollo, y conoce cambios importantes de dirección. Todo el mundo declara al niño en el estado civil; un determinado número lo hace bautizar. El bautismo tiene también por sentido el reconocimiento del hijo por sus padres como suyo, su admisión en la comunidad y en la familia, con delegación eventual a sus referentes padrino y madrina. Este mismo gesto es activo en el acto de nombramiento del niño. Por otra parte, con motivo del bautismo (la declaración civil es el efecto de su laicización), al recordarle su nombre y su apellido, se le concede un lugar en la genealogía. Podrá en el momento oportuno reconocerse en la genealogía.

Estos gestos del padre garantizan la identificación del hijo como sujeto de una filiación y de una genealogía (forma atributiva del verbo identificar). El padre lo identifica aún asociándolo con su objeto interno. El hijo responde a su vez por una i-dentificación de forma reflexiva del verbo identificar (“me identifico”). El niño se identifica al padre, al objeto interno de éste y a su rama genealógica. Del mismo modo, identifica y reconoce a su padre como el suyo.

El reconocimiento mutuo comporta esencialmente una dimensión plural y de habla: la madre admite que concibió su hijo con el que designa como padre, y recíprocamente. Tanto ella como el genitor pueden regosijarse notando que su vástago se parece a tal o cual miembro de la familia.

Cuando se habla de identificación, se habla de narcisismo; es una manera de asociarse con otro y con el otro del otro, de hacerle formar parte de sí. La oralidad interviene. Identificarse es una manera “de comer al otro”. Esto puede suceder sin altibajos y dar lugar a una “buena digestión”. Habría un paso previo: la exteriorización de una representación por identificación proyectiva esperando integrar al otro en su universo. El otro se engloba en el yo, como la ameba con sus pseudopodos. Identificar al otro con una parte de sí o con alguno de sus objetos internos es pues un proceso de naturaleza oral. Identificarse con el otro recuerda que, por una comida exquisita, se hace suyo al otro modificando su propio yo. ¿Por qué es una comida exquisita? En realidad, se “come” una única parte del otro, una característica aislada de su personalidad (Freud, 1923), un Einziger Zug, y no todo su ser. Es decir, toda identificación es parcial y reducida, como si se deseara guardar al otro en su interior conservando toda su vitalidad y sirviéndose del amor que profesó hacia el sujeto mismo. Si no es el caso, se cae en el glotonería, en comerlo por comer, que es consustancial a las formas que se desvían de la identificación, como el mimetismo, la identificación al agresor, el dévoration de las riquezas envidiadas del otro.

Pueden ser muy indigestas. Vean, si no están convencidos, a los hermanos de la horda primitiva, que comieron a su padre. ¡El efecto de su indigestión dura aún!

En la incorporación, otra alternativa de la identificación, la digestión pasa también mal. Se traga al objeto masivamente, sin investidura libidinal precedente adecuada ni metabolismo.

La identificación es, en resumidas cuentas, un proceso complejo y moderado, que requiere que se reconozca al otro, que sea apreciado, considerado previamente, aunque fuera durante un corto momento. Además para que uno se identifique con el otro, es muy tranquilizador saber que el otro tiene también una predisposición favorable.

Reconocer a su hijo como suyo solicita el narcisismo parental y una dimensión que le está vinculado: la posesividad. Es la base de un reaseguro y sobre todo de la confianza en sí tanto de parte del niño como de parte del padre. La ambición no está lejos. No les asombraré diciendo que el narcisismo tiende a enriquecerse permanentemente por identificaciones en nombre de su amo, el yo. Me permitiré decir que se asemeja a un empresario que pretende hacer progresar su negocio. Tener hijos es una empresa que contempla la extensión del yo. El problema es que un día los hijos se van; este cambio de situación es a veces doloroso. Se puede por seducción narcisista evitarlo haciendo que su hijo esté completamente enfeudado a sí. Se reconvierte entonces en una “rama industrial” que se llama perversión-narcisista. Es una de las “enfermedades de gestión” de las que han Uds. ciertamente entendido hablar.

De hecho, el narcisismo está estrechamente vinculados con su doble opuesto, el antinarcisismo (F. Pasche, 1965). El sujeto se apropria al mismo tiempo yendo hacia el otro que se desprende ineluctablemente de una parte de sí.

El buen acuerdo

Freud (op. cit.) hace hincapié en la idea que amor y narcisismo se entienden bien. Se ama porque se encuentra al otro similar consigo msimo. En verdad, Freud no abandona nunca el papel central de la libido. Dirá a este respecto cosas muy instructivas respecto de la elección narcisista de objeto sexual, inspirándose en Sadger (1908), que, pocos años antes, había expuesto el caso de la elección de objeto en una paciente que emergió de un período de soledad sentimental enamorándose de un hombre que le parecía formidable porque se había enamorado de ella y que la encontraba “excepcional”. Quedó enamorada de la imagen exaltante que este hombre se había forjado de su persona.

Conviene recordar que la historia de Narciso y Echo es la historia de un amor desdichado porque imposible. La paciente de Satger, a diferencia de Echo, encontró una coartada que le permitió la realización de su amor.

Toda la leyenda mítica de Narciso está atravezada por el sentimiento amoroso. Obviamente se quiere destacar, que el otro es diferente de sí, que es más justo tomarlo como es y no como quisíeramos que sea.

Instaurándose bajo tales auspicios narcisistas, el amor filial se encuentra marcado por su destino. A pesar de la pasión edípica y contra-edípica, padres e hijos no podrán nunca llegar a ser amantes: el ser humano expresa un determinado rechazo por unirse sexualmente con quien se le asemeja. Rechaza el acoplamiento de lo mismo con lo mismo, que iría contra la diferencia de los géneros (véase F. Héritier, 1996). El narcisismo sirve para estimular el amor sexual, ciertamente, pero no cuando está presente en grados tan importantes como cuando las características físicas son cercanas. El narcisismo en la elección sexual interviene subrepticiamente, sotto voce, de manera latente.

El vínculo parento-filial es pues el heredero del reconocimiento mutuo, del narcisismo, de la proyección en el hijo del ideal del yo parental, de la referencia genealógica, del hecho que el niño fue concebido por un acto sexual entre sus padres biológicos. Cada uno de los protagonistas tiene un lugar en las múltiples escenas primitivas. Conviene añadir que la vida en común contribuye a la consolidación de este vínculo. La intimidad a dos o a varios tiene sus raíces en el narcisismo como pude estudiarlo en mi libro Du bon usage du narcissisme. En la intimidad familiar se entrega uno al otro, se siente cómodo con él y sin desconfianza. Para eso una forma de seducción se produce, forzosamente narcisista.

Para mí, la especificidad teórica del vínculo paterno-filial aparece como un preliminar esencial; este vínculo es particular, como lo son cada uno de los otros vínculos del parentesco, el vínculo de pareja, el vínculo fraterno y el vínculo entre el sujeto y el objeto transgeneracional. Lo digo sobre todo teniendo en cuenta que numerosos estudios sobre la familia omiten esta dimensión específica proponiendo que la teorización sobre los vínculos de grupo puede automáticamente aplicarse a los vínculos de familia. La idea de grupo da indudablemente una base, pero es insuficiente. El narcisismo en familia tiene por otra parte sus particularidades. Hablé de amor y libido. Podría también convocar dimensiones más arcaicas, están también presentes en el narcisismo familiar. Pero son comunes a otros vínculos. Lo arcaico se vive de cierta manera en el indiferenciación. A partir de allí nació mi propuesta: lo primitivo se instaura y se desarrolla en el mismo momento en que se construyen los elementos más organizados del psiquismo familiar, los cuales le dan una especificidad.

Vínculos narcisistas a la base del narcisismo familiar

Esta idea me condujo a desarrollar la idea de un clivaje funcional entre dos niveles de vinculación: los vínculos narcisistas y los vínculos libidinales de objeto. Había observado que, en condiciones habituales, estos dos vínculos se mantienen en equilibrio. El predominio de uno sobre otro sería la causa de desorden y disfunción (A. Eiguer, 1987).

Lo que caracteriza el vínculo narcisista es el hecho de que el otro se vive y es tratado como similar a sí, a diferencia de los vínculos objectales, donde el otro se asocia con un objeto interior y vivido como un alter ego a quien se trata y se considera con respeto y del que el sujeto se siente responsable. Este movimiento es en todos los casos recíproco, los dos protagonistas del vínculo asocian al otro consigo mismo o con un tercero.

Al introducir los vínculos narcisistas, deseé realizar una síntesis entre numerosas investigaciones. P.-C. Racamier (1963) habla de personalización, el primer psiquismo no es corporal; se extiende en el mundo sin hacer distinción entre sí mismo y el otro. El funcionamiento mental está sinembargo ya allí, presente bajo forma rudimentaria, ciertamente, pero su “corporización” se produce en un segundo momento, es decir entra en el molde de la representación del cuerpo propio; se asocia con él en adelante.

Los movimientos de indifférenciation primitivos tienden pues a la conexión intersubjetiva.

Conviene recordar otros aspectos puestos en movimiento por el funcionamiento narcisista: la atemporalidad, la aconflictualidad. Eso da nacimiento a un sentimiento de bienestar y exaltación que tiende a la vivencia mágica. Cuando D. Winnicott (1969) propone la idea que el niño crea a la madre o cuando C. Bollas (1978) sostiene que la madre es considerada como un objeto transformacional, se refieren a este movimiento imaginario a la base del fantasmatización. En los vínculos, las vinculaciones narcisistas se convierten en una estructura permanente, un apoyo para el resto del funcionamiento. El narcisismo se estabiliza perenizándose; tenemos un entecedente mayor en la regresión del dormir y el sueño, y en familia en la creación del espacio intermedio, que es colectiva.

El tiempo del narcisismo es un tiempo detenido o circular caracterizado por una determinada anulación de la duración; es decir incita a un sosiego eterno. Se desea que la vida familiar se detenga en el momento en que sus miembros son, o han sido, felices y que no evolucionen. Los vínculos objectales recuerdan, por el contrario, que la vida es progresión y que se aprovecha mejor de los momentos de felicidad si se admite la duración y el cambio. La sexualidad es sorpresa, placer en el instante, alternancia, vigor, perturbación.

Preví tres producciones sofisticadas de vínculos narcisistas: el sentimiento de sí mismo (self) familiar, su cristalización en el hábitat familiar y la construcción de un ideal de yo colectivo. Para comprender el sí mismo familiar, que se orquestra en la continuidad, la referencia a lo exterior no familiar es importante, un exterior vivido como el espacio de las maneras convenidas.

Me parece necesario aportar aquí otras precisiones sobre sus funciones. Al mismo tiempo que el narcisismo de los padres y el apoyo que aportan al narcisismo de los hijos, estimulándolos, gratificándolos, alentándolos, constituyen inevitables refuerzos para la organización psíquica de éstos, el grupo familiar se siente reconfortado en un sentimiento de unidad. La familia se vive diferente de las otras familias, o incluso superior; sus miembros creen en las calidades de su moral y su estilo de vida. Se la ve particular, diferente, lo que no es megalomanía, sino la señal de una identidad afirmada.

El narcisismo de toda familia contribuye a la adquisición en sus miembros de la consciencia de sí (cf. A. Honneth, 1992). Saber de dónde se viene y reconocerse en su gerealogía configura un aspecto importante de la identidad personal.

Estos elementos son sin embargo paradójicos, ya que se presenta habitualmente el narcisismo como que tiende a la pérdida de los límites. Al mismo tiempo que la indiferenciación se desarrolla en la familia, el narcisismo interviene para diferenciar lo interior y lo exterior, bajo el modo de la reunificación o incluso del repliegue. ¿Espejos autoreflexivos?

Pienso que el orgullo de pertenecer a una familia no es un sentimiento negativo, mismo si es fácil admitir que ninguna familia es más merecedora que otra. Estas consideraciones se vuelven más interesantes cuando se asocia eso a la extensa reflexión sobre el narcisismo trófico y constructivo que bajo el impulso de Heinz Kohut (1971) recobró su lugar en la construcción de la autoestima y autorizó la idea de demanda de reconocimiento, una aspiración bien natural. Es legítimo que el ser humano sea reconocido en sus derechos como en sus capacidades, y que se haga valorizar. Pretende también protegerse de las situaciones que afectan a su bienestar. Para destacar ciertas consecuencias negativas sobre la auto-estima en los vínculos sociales suelen mencionarse regularmente tres situaciones como el hacerse maltratar, humillar, excluir, situaciones que se reconocerá como vinculadas con el masoquismo.

Kohut (op. cit.) piensa que un determinado exhibicionismo y la protesta son indispensables para que el sujeto encuentre su lugar bajo el sol. Tales estudios subrayaron el narcisismo al servicio de la vida, aunque no ignoran sus derivaciones patológicas, en particular, las de la perversión-narcisista, que intentan precisamente debilitar el narcisismo de los otros.

Hice alusión al masoquismo. Insisto diciendo que el sometimiento o el servilismo no es el producto solamente de una tendencia individual sino la consecuencia de un vínculo, el sujeto puede tener frente a él a una persona que tendería a dominarlo y prefiere someterse a él para que no se le moleste, volviéndose conformista e incluso renunciando a su personalidad, como en el caso del falso-self.

Estos descubrimientos teóricos y prácticos en la concepción del narcisismo en las familias nos ayudan a comprender mejor algunas reacciones que pueden chocarnos, y tolerarlas.

Fallas del narcisismo y configuración de lo originario

El narcisismo que propongo está estrechamente vinculado con la sexualidad, ésta lo moviliza y al mismo tiempo organiza el otro polo del funcionamiento familiar – el de los vínculos libidinales de objeto, controlando y limitando sus propios excesos. Dicho esto, el narcisismo tiene una relación singular con el mundo de las representaciones; es a lo que deseo abocarme ahora. Surge una dimensión inesperada, la de sus fisuras. ¿Tienen una función en el funcionamiento groupal de la familia?

Los traumas originarios marcan al originario familiar. Todo traumatismo produce una excitación que desborda la capacidad de elaboración del sujeto lo cual lo desestabiliza considerablemente. Defensas masivas pueden apenas controlar la situación. El sujeto se vive consternado, sintiendo una mezcla de dolor, extrañamiento y sensualidad culpable si fue víctima de una agresión sexual. Como se sabe, existe una teoría del traumatismo como coyuntura, pero su profundización permitió descubrir que la estructuración misma del psiquismo podría basarse en los hechos traumáticos vividos por todo lactante.

Lo simbólico hace irrupción en el individuo. Es por otra parte arbitrario; éste se ve obligado de introjectar la ley, el orden del parentesco y el de la lengua. Jacques Lacan (1966) fue el primero en destacar la violencia traumática que ello implica. No elegimos a nuestros padres, a nuestra genealogía, a la sociedad en la cual nacemos. Al proseguir esta vía, Jean Laplanche (1987) hace hincapié en algo que le parece esencial, la seducción traumática. Se inspira en S. Ferenczi (1931, 1933), con la diferencia que da a esta seducción un cariz universal e inconsciente. El lactante hace frente a fuertes inducciones que lo excitan, aquellas proceden del significado sexual de las fantasías inconscientes de los padres que se infiltran por otra parte en los gestos con los cuales su madre y su padre se ocupan de él y lo alimentan, lo lavan.

Veamos un ejemplo. Lo que experimenta una madre que da el seno a su niño es más que afecto, más que su placer de poder alimentarlo y satisfacerlo viendo cómo sedivierte cuando juega con su pezón. El seno es para ella un lugar de erotismo también, cruzado por una infinidad de fantasías y recuerdos. El niño reprime, ciertamente, esto, pero él no se halla aún preparado para comprender este otro sentido. Lo presiente con agitación, se plantea cuestiones, que, sin respuesta, se convierten en enigmas. La madre se transforma para él en una “fuente” libidinal; más aún, sería la fuente de su pulsión (Laplanche, op. cit.).

Hay una característica que define el pensamiento de Laplanche; aquello que es enigmático preocupa, molesta, provoca, aunque eso parezca estimulante y atractivo para el sujeto. Para Bion (1965), en cambio, lo enigmático es fuente de desamparo, lo desorganiza. Nos parece interesante recordar a Freud (1932), para quien el misterio más impresionante es el de lo femenino. Lacan (1966) replica recordando que tal enigma incluye el del goce de la mujer; en cualquier caso desde la perspectiva del hombre… pero no solamente cuando se piensa que numerosas mujeres no consiguen precisar si tienen un orgasmo.

En una síntesis sugestiva, J.-B. Pontalis (2007) propone que, si la madre es misteriosa para el niño, no lo es como madre, sino como mujer.

J. Laplanche (op. cit.) inaugura varios estudios que consideran que lo que deviene originario está formado por aquellas características irrepresentables misteriosas animadas por energías no vinculadas, no articuladas, y heredadas de estos traumas precoces. A diferencia de J. Laplanche, otros investigadores no ponen tanto el acento sobre lo que es sexual, sino sobre las frustraciones, los abandonos, la violencia, las inquietudes de los padres. La teoría del trauma se menciona en cada caso; ayuda a entender cómo se han podido desarrollar estas trazas irrepresentables.

En el sujeto, la angustia es en sí traumática; fue invasiva en su tiempo y no pudo lograr ligarla. Devino un «resto» que busca un sentido. Ello se desarrolla con motivo de los traumatismos del nacimiento, el destete, la amenaza de castración y de los que tuvieron lugar en generaciones anteriores y que son transportados por los padres. Los estudios de René Roussillon (1999) destacan las «agonías primitivas», una ausencia de cicatrizaciones que originan faltas de simbolización. Roussillon piensa que las nuevas simbolizaciones no llegan a borrar los aspectos no simbolizados anteriormente. El narcisismo se encuentra muy debilitado.

Aún así el vínculo llega a hacer fracasar tal negatividad (Kaës, 1993). Los sujetos del vínculo establecen entonces pactos dénégatifs en torno del hecho que cada uno posee algo que no puede decirse ni representarse. Es decir, la negatividad termina por unirlos. En estos distintos autores, se destaca «aquello que hace defecto», entendido de diferente manera de la falta consecutiva a la castración, sino de manera preferencial en el sentido de una falta radical que no puede colmarse (lo arcaico y originario). Por esta razón, no podrá retornar nunca a la conciencia.

Creo que fue Bion (1975) quien dio una perspectiva a esta problemática y la solucionó, para nuestro mayor esclarecimiento, preguntándose por qué el misterio de lo que es irrepresentable busca constantemente vínculos. Los elementos beta permanecieron como frustrados de no ser acogidos por la capacidad alfa de la madre durante los años de crecimiento. Erran entonces «como alma en pena» en busca de otras psiquis para que «los descondensent», es decir para que aclaren sus múltiples implicaciones entremezcladas y tan incómodas, dándoles un sentido, ofreciéndoles un pensamiento.

Pero Laplanche (1987) no parece sacar todas las conclusiones posibles: esta manera de considerar aquello que es originario, con su irrepresentables, que están como agitados en un movimiento incesante, considera inevitablemente al otro como un asociado indispensable a fin de solucionar los enigmas ocasionados, aunque ello sea un simple deseo. En síntesis, los distintos autores consideran que somos todos «descendentes» de lo que fue traumático. Se pasó, de esta manera, de una teoría del traumatismo como coyuntura a una teoría estructural de lo originario que adopta el modelo del traumatismo. Lo irrepresentable se encuentra en el centro de numerosos estudios; en verdad conviene hablar de representación que no es una o de representación anti-representación, a la manera en que Racamier (1995) habla de fantasía anti-fantasía. Ésta se opone ferozmente a habitar los sueños diurnos y nocturnos. Se mencionarán de buen grado la falta, el vacío, los blancos, las vacuolas del yo narcisista (Abraham y Torok, 1978), los huecos que aspiran las investiduras, las representaciones que se desligan y se disgregan, que incitan a una curiosidad que no llega a encontrar satisfacción. El vacío es cubierto por un actuar incontrolado y débilmente simbolizado. Pero si estas huellas evocan el abuso sexual, el espectro de la voluptuosidad aparece allí como para rodear estos misterios de una inquietante seducción.

Se hará hincapié en el debilitamiento narcisista que resulta, hecho de tormentos y pensamientos parásitos para colmar el vacío

“representacional”, en otras palabras para responder torpemente a los misterios. El alma busca respiro, a veces, lo encontrará en un vínculo amoroso, idealizado al extremo como para consolar al sujeto de haber extraviado el recuerdo de aquellos tiempos pretéritos supuestamente gloriosos y felices. Vincent Garcia (2007) y Evelyn Granjon (2006), de manera cercana, piensan que la pareja, y a continuación la familia, se basan en estas faltas narcisistas vacías de representación, y eso en cada uno, no solamente en los traumatizados de la vida. Si ello se configura así, es porque todos estamos traumatizados por algo, convienen los autores, de una falta primordial quizá o, si no ocurrió durante nuestra infancia, ella pudo haber tenido lugar hace mucho tiempo en antepasados y se transmitió de generación en generación.

Para estas parejas formadas bajo tal designio y con semejantes expectativas ideales de reparación, los despertares son dolorosos, la desavenencia relacional tanto más desgarradora cuanto que el origen del desorden es imperceptible. El partenaire se convierte progresivamente en un extraño. Y se clamará tanto más fácilmente que el otro traicionó cuanto que la traición tuvo lugar mucho antes.

A partir de ello, la cuestión sería: si lo que es traumático agita a cada uno, ¿cuáles serían las violencias que producirían un estado de desequilibrio intenso más allá de la situación general? ¿Sería una cuestión de cantidad e intensidad o de algún otro registro? Cuando un traumatismo herirá al sujeto adulto, todas las faltas antiguas, ¿no se despertarán? Todos los residuos no representables ¿no estallan entonces?

Conclusiones

El narcisismo familiar se confronta a tres entidades: los vínculos objectales, el anti-narcisismo y las vacuolas del yo. Lo contienen, lo controlan, lo moderan y, al estimularlo, le conducen a regenerarse sin cesar.

En la publicación de la primer obra sobre la terapia familiar psicoanalítica, André Ruffiot y yo mismo (1981) destacamos los elementos narcisistas que se producen en la constitución del psiquismo groupal. Teníamos la representación de un narcisismo por decirlo así pleno, masivo y un poco estático. Conviene hoy completar este examen.

La teoría de lo originario y sus vacuolas nos ayuda a reformular el narcisismo y a entender mejor sus faltas y su irrepresentables. Pero semejantes investigaciones requieren otras profundizaciones e invitan a explorarlos aún más. Aunque estos misterios nos parezcan inasibles, terminaremos no obstante por amarlos.


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* Psychiatrist and a psychoanalyst, holder of  an Habilitation to direct research in psychology (Université Paris V), director of the review Le divan familial, President of the International Association of Couple and Family Psychoanalysis.

Revista Internacional de Psicoanálisis de Familia y Pareja

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ISSN 2105-1038