REVISTA N° 03 | AÑO 2008 / 1
ARTÍCULO
Sociedad sin límites: familias y sujetos en estado límite
Graciela Consoli, Susana Guerchicoff, Ezequiel Jaroslavsky, Irma Morosini, María Gabriela Ruiz [1]
Los tiempos actuales (Lyotard, 1995) (Giddens, 1990) se caracterizan como tiempos del vacío (Lipovetsky, 1996) donde el ritmo vertiginoso dado por el pasar de objeto a objeto de deseo, muestra la falta de sentido del mismo. Así desfilan no sólo por la consulta analítica sino por los escenarios de la vida cotidiana las figuras del niño aburrido o medicado, el adolescente desmotivado, el adulto abrumado, el anciano abandonado, y las familias disgregadas.
Se llamó a esos tiempos: “líquidos” (Bauman) por sus cualidades de fluidez cambiante de una realidad que estando hoy, perdía su sentido mañana.
Pero la gran contradicción o paradoja es que los seres humanos necesitamos desde el inicio de nuestras vidas, figuras de “apego” seguro (Bowlby) que nos aporten estabilidad y confianza con su constancia, con la certeza del afecto que abre ese “espacio al que podamos advenir” (P. Aulagnier).
La paradoja planteada entre la necesidad afectiva y estable y lo pasajero de los encuentros con constantes re-cambios de parejas, hace que esta seguridad se desdibuje y caigan las certezas primarias confrontadas con la incertidumbre que generan valores, códigos, lenguajes, los que ni bien se acceden a ellos, ya variaron.
Vemos emerger, entonces, los estados límites que son uno de los grandes desafíos de la clínica en la actualidad. Estos pacientes nos convocan y nos perturban como analistas tanto por sus síntomas (adicciones, trastornos de la alimentación, ataques de pánico, depresiones, sentimientos de vacuidad psíquica y pasajes al acto) como también por sus demandas. Al consultarnos nos encontramos con redes vinculares familiares de un alto grado de fragilidad, déficit de simbolización y facilidad para actuaciones diversas; pero esto no sólo sucede con el paciente que es objeto de consulta, sino también con los otros miembros de la familia que sufren y hacen sufrir a los demás integrantes. Y ¿por qué no? a los analistas individuales, a los de familia, a los integrantes de los equipos institucionales.
Sabemos por la experiencia en la clínica individual, pero mucho más en la vincular (a través de la observación en los dispositivos de pareja, familia, grupos, instituciones). que en las personas se pueden producir regresiones en su funcionamiento psíquico, las que determinan dificultades en sus capacidades de diferenciación, discriminación y el pensar respecto de sí mismos (reflectividad) como consecuencia del incremento de procesos transubjetivos que los condicionan y los determinan dando lugar a las formas psicopatológicas del sufrimiento de los vínculos instituidos (Kaës, 1996).
El camino transitado desde el lema del mayo francés de 1968 “prohibido – prohibir” hasta el “todo bien” de nuestros días, muestra senderos de banderas levantadas en pro de ideales que avanzaron hacia una confusión donde se extraviaron las banderas junto con los ideales.
Ya Sigmund Freud en Psicología de las Masas y Análisis del Yo nos enseñó acerca de ciertos procesos que hacían perder a los sujetos su singularidad y su capacidad de pensar. Los fenómenos de masa y su influencia des-diferenciadora en la psiquis de sus integrantes, la hipnosis y la sugestión como así también los fenómenos de la identificación histérica cualifican fenómenos que Freud estudió muy atinadamente y que ocurren habitualmente con más frecuencia de lo que suponemos.
La influencia que tiene en los sujetos las alianzas inconscientes (los pactos narcisistas y pactos renegativos) en su vertiente patológica, los acoplamientos psíquicos grupales que potencian transmisiones transpsíquicas (el APG a predominio isomórfico) pueden favorecer procesos de desubjetivación y de pérdida de la singularidad de cada uno.
También sabemos que la producción de estos procesos desubjetivantes depende de que los miembros que participan en los vínculos, sean proclives a dichas influencias. Es decir que tengan en la conformación de su aparato psíquico y de su narcisismo, un déficit en el desarrollo de su propia subjetividad y de su capacidad de pensar, significar e historizar y de un pensamiento reflexivo (pensar acerca de sí mismo) presentando fallas en la constitución de su narcisismo primario, con prevalencia de una angustia depresiva (Jean Bergeret, 1974), (Green A.,1980), lo cual los vuelve muy necesitados de un vínculo con funciones anaclíticas de sostén y continencia que es lo que no tuvieron en las condiciones de origen de su constitución psíquica, en sus vínculos primarios familiares.
La confusión es una cualidad que se ha extendido en el ejercicio de la parentalidad, en el ejercicio de la ley familiar, en los lugares de autoridad, respeto, solidez afectiva, compromiso recíproco con reconocimiento. La falta de reconocimiento opera en la intersubjetividad como un ruido que perturba las posibilidades del vínculo resintiendo las respectivas posibilidades de subjetivación.
La subjetividad está atravesada por modos de organización familiar cuyos pilares son la diferencia sexual y la diferencia generacional, ya que apuntaladas en ambas, se perfilan las identidades y se ajustan los vínculos.
Las patologías de déficit en la constitución psíquica y en el narcisismo, del cual los estados límites son un ejemplo paradigmático, son proclives a generar procesos desubjetivantes.
Entendemos la subjetivación como el proceso de construcción de la subjetividad. Es el proceso de devenir sujeto singular en la intersubjetividad” (Kaës, 2006). Implica que el Yo disponga de sus procesos secundarios, (las representaciones del preconsciente) que le permiten poder pensar los pensamientos, posibilitan la historización y los proyectos identificatorios.
El Sujeto, es un sujeto sujetado a los vínculos en los cuales está inserto (familiares, grupales e institucionales etc.) y a las formaciones vinculares (las alianzas inconscientes y el aparato psíquico vincular) y todos dependemos, querámoslo ó no, de los vínculos en los cuales nos sostenemos, nos proveemos y en su origen nos constituimos como individuos.
La sociedad, la cultura y la historia proveen al Yo el contenido mismo de las representaciones a partir de las cuales puede oficiar el saber de si y para sí, la temporalidad y la posibilidad de identificarse elaborando un proyecto.
Cuando la identidad se siente amenazada (violencia fundamental, Bergeret) las descargas requieren de formas violentas. Desde esa violencia hay una búsqueda desesperada de apuntalamiento en vínculos con algunos otros considerados semejantes por el sólo hecho de atravesar las mismas condiciones de exclusión. Esta violencia que gesta códigos, produce formas de desubjetivación. La exclusión pone el acento en el estado de estar por fuera del orden social, el expulsado es resultado de una operación social.
Este estado se parece a la angustia catastrófica (Winnicott) que experimenta el ser humano al perder las bases de sustentación dadas por el afecto seguro, la confianza, el reconocimiento y ante la amenaza de pérdida se produce una movilización de recursos extraordinarios para superar los peligros de este arrasamiento.
Si se vuelve a fracasar el camino es el marasmo.
El resquebrajamiento de los “garantes metasociales” (Kaës) conjuntamente con los “garantes metapsíquicos” (Kaës) contribuye a la desubjetivación como forma de violencia silente ya que el hombre, fue visto más como objeto consumidor o productor que como persona. El mercado se dirige a un sujeto que solo tiene derechos de consumidor, y no los derechos y obligaciones conferidos al ciudadano.
Afirma Kaës que la “inestabilidad de los zócalos” produce estos cuadros tan frecuentes debido a la fragilización de las alianzas inconscientes como el pacto de renuncia que instala la descarga inmediata de las pulsiones, entronizando deseos cambiantes y anulando impedimentos pautados por la cultura.
El riesgo de nuestro tiempo es que ofrece una inmediatez en el resultado placentero que puede paralizar los proyectos con tiempos mediatos. Esa es la mayor violencia.
El otro como espejo, límite, lugar de diferenciación y de deseo se opaca. El otro es prescindible.
La modificación de los bordes entre lo interno y externo en la familia y en lo social, corrió a quiénes trataban de advenir a un espacio con límites confusos. La incertidumbre ocupó el lugar de ciertas verdades, las que aunque a veces eran certezas impuestas protegían de la inermidad. Enfrentamos entonces la paradoja de contar con un gran espacio de libertad dado por la amplitud de ofertas de mercado, pero con un paralelo empobrecimiento del mundo interno, del pensamiento, del aprendizaje por la experiencia, dificultando el discernir entre la heterogeneidad compleja de una realidad que ostenta confusión por ausencia de marcas identificatorias.
La patología social de la época exhibe problemas de borde, que expresan dificultades para diferenciar el adentro y el afuera, manejando la violencia contra sí y/o contra el mundo.
Cuando atendemos pacientes en estado límite, nos encontramos con la necesidad de visualizar quién es el paciente a diferencia de las familias de organización neurótica.
Trabajar con grupos de familias nos enfrenta cotidianamente con sus problemáticas y con las nuestras, ya que no sólo abordamos la transferencia sino la contratransferencia y la intertransferencia.
La condición básica de trabajo es la de ofrecer un marco suficientemente estable para contener la violencia que emerge bajo diversas formas proponiendo escenificaciones que movilicen las cargas libidinales estancadas.
En las patologías de borde que se manifiestan en familias con trastornos de subjetivación, el funcionamiento es aglutinado – sincrético (Bleger) denegando con la palabra, lo que expresa el cuerpo y/o los actos (desmentida).
Generalmente este modo de relación que circula entre el grupo de familia los lleva a enfrentarse con la violencia de sus cuerpos. ‘Ni juntos ni separados’ es una forma de luchar por recortarse pero sosteniendo la base común a lo que no acceden por el pensamiento sino por la acción, que es lo que en TFP tratamos de simbolizar para facilitar el despeje. Los choques violentos entre sí intentan desmentir el sufrimiento en el que están embarcados sin alcanzar la representación de ese dolor. –
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[1] Asociación Argentina de Psicoanalistas de Familia y Pareja – A.A.P.F. y P.

