REVISTA N° 6 | AÑO 2009 / 2
PANEL
Pichon Riviere y la teoria del vínculo
Roberto Losso[1]
A partir del salto epistemológico de Freud en su Psicología de las masas y análisis del yo (1921c), donde afirma: “En la vida mental del individuo alguien está invariablemente comprometido como modelo, objeto, ayudante u oponente y desde el mismo comienzo la psicología individual, en este sentido amplio pero enteramente justificado, es al mismo tiempo psicología social “ Pichon Rivière desarrolló esta línea de pensamiento introdiciendo en los años ‘50 el concepto de vínculo en psicoanálisis. Repetía en sus clases que “no existe psiquismo fuera del vínculo con los otros”, y subrayaba también la importancia de ver a los pacientes en el interior de su marco de pertenencia, de su contexto familiar y social. Se adelantó así en muchos años al auge de las posturas que en los últimos años se centran en la intersubjetividad. Si bien ya Bion había señalado que el análisis individual es, en realidad, el análisis de una pareja (paciente-analista), recién en los últimos años, tanto entre los autores norteamericanos como entre los europeos, se ha comenzado a subrayar la importancia de la intersubjetividad en el marco de la sesión analítica.
Vínculo proviene del latín vinculum: ligadura, derivado a su vez de vincire: atar. Pichon definía al vínculo como «una estructura compleja que incluye el sujeto, el objeto y su mutua interacción, a través de procesos de comunicación y aprendizaje”, donde el tercero (o los terceros) funcionan como el «ruido» de la teoría de la comunicación.
Para Pichon, el individuo se constituye dentro de una estructura vincular triádica, que definió como bicorporal y tripersonal. Consideraba que, si bien al comienzo la relación madre-bebé puede aparecer como diádica, el tercero funciona permanentemente y actúa, ya d’emblée, por lo menos dentro de la mente de la madre. En este sentido, la situación es entonces triangular ya desde el principio.
Las necesidades son para Pichon el fundamento motivacional del vínculo. Son necesidades biopsicológicas: de amor, de contacto, de protección, de calor. de nutrición, etc., vinculadas con la situación de desamparo (hilflosigkeit) inicial del sujeto humano y a su inviabilidad fuera de los vínculos con los otros. El individuo nace con esas y otras necesidades, lo que dará lugar a que experimente, desde el inicio, experiencias, que serán, algunas frustrantes, otras gratificantes.
El sujeto nace así de vínculos, y vive en vínculos a lo largo de su existencia. Es un sujeto “encadenado” a los vínculos. Foulkes ha descripto el entramado de los vínculos humanos como una red o plexus, cuyos nudos representan los sujetos. De modo que, si la red se deshace, también desaparecen los nudos, es decir los sujetos. Pichon considera también los vínculos transgeneracionales, de modo que el sujeto está ligado a una doble cadena: la de las generaciones y la de sus contemporáneos. Expresaba esta idea con su metáfora de la cruz: el individuo “está en una cruz”: la rama vertical corresponde a sus vínculos con las generaciones anteriores (cadena transgeneracional) y la horizontal a los vínculos con los contemporáneos, en primer término con su grupo familiar.
Vínculo y grupo interno
En toda estructura vincular el sujeto y el objeto actúan realimentándose, en una relación dialéctica. En el curso de este interactuar se va produciendo la internalización de esa estructura vincular, que adquiere así una dimensión intrasubjetiva. Lo que era interpsíquico pasa a ser intrapsíquico.
Las relaciones intrasubjetivas, o estructuras vinculares internalizadas, van a constituir el grupo interno (denominación creada por Pichon como modificación del concepto kleiniano de mundo interno), en el sentido de un escenario interior en el que se intenta reconstruir la realidad exterior (“dramática interna”). Los vínculos de la intersubjetividad devienen en vínculos inconscientes en la intrasubjetividad, en un tránsito desde lo sociodinámico hacia lo psicosocial. El grupo interno se constituye entonces a partir de la internalización de los vínculos externos (al comienzo, básicamente, los vínculos familiares), distorsionados por las necesidades del individuo. Estamos aquí en el campo de lo psicosocial, como campo del pasaje de la intersubjetividad a la intrasubjetividad. La vida de los sujetos trascurre en esta permanente dialéctica entre los vínculos externos y los internos (grupo externo y grupo interno). Pichon utiliza una metáfora, la de cancha interna, para referirse a su idea del grupo interno como algo dinámico, en permanente interacción y movimiento dentro de esa “cancha interna”. Desarrolló asimismo el concepto de internalización ecológica (unida a la noción de querencia o pago), como internalización del ambiente en el cual se desarrolla la vida del sujeto, rescatando así la importancia del ambiente social en la constitución y sostén de la identidad.
Las relaciones intrasubjetivas o estructuras vinculares internalizadas, articuladas en el grupo interno, condicionarán las características del aprendizaje de la realidad, aprendizaje que será facilitado u obstaculizado según que la confrontación entre lo intersubjetivo y lo intrasubjetivo, sea dialéctica o dilemática.
La teoría de los instintos (o pulsiones)
Pichon trabajó en plena época del auge kleiniano en la Argentina. Él valoraba la obra kleiniana, pero también rescató las ideas de Fairbairn (otro pionero como él). Así, parte de la teoría instintiva en su formulación kleiniana (instintos de vida y de muerte), para reformularla dándole una dimensión intersubjetiva. Coherente con su teoría vincular, propone hablar, no de instintos, sino de dos tipos de vínculos, o de modelos vinculares: un vínculo bueno, originado en las experiencias gratificantes, y un vínculo malo, producto de experiencias frustrantes.
Las experiencias gratificantes son las que le dan al sujeto el impulso de vida. No podemos aquí dejar de evocar ciertas ideas de Winnicott, como la de que la madre debe seducir al hijo para que éste tenga deseos de vivir. De este modo, al definir el instinto de vida como un vínculo gratificante y el instinto de muerte como un vínculo frustrante, le otorga un sentido intersubjetivo a la teoría pulsional. Las pulsiones surgen de la intersubjetividad, diríamos nosotros.
Preconizaba entonces una psiquiatría vincular, donde la patología debía estudiarse como una patología no de los individuos aislados, sino como una patología de los vínculos. En esa linea se incluye su teoría del portavoz: el considerado “enfermo” es en realidad quien expresa el sufrimiento, el malestar y la inseguridad grupal en el grupo familiar. Por lo tanto, se hace imprescindible encarar la psicoterapia del grupo familiar. .
[1] Psychiatrist, psychoanalyst, Training Member APA and IPA, Professor of Psychiatry, University of Buenos Aires, Director, Specialization in Psychoanalytic Approach to Families and Couples, Argentine Psychoanalytic Association and CAECE University. Secretary of International Relations, International Association of Family and Couple Psychoanalysis.

