REVUE N° 34 | ANNÉE 2026 / 1

Estructura, función y transformación de las alianzas inconscientes

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Estructura, función y transformación de las alianzas inconscientes1

René Kaës

 

Para hacer vínculo, desde el origen de la vida psíquica y ulteriormente para formar una pareja, vivir en familia, asociarse en grupo, para vivir en comunidad con otros humanos, los seres humanos se identifican inconscientemente con un objeto común y, desde ahí, entre ellos. Para establecerse en su vínculo y sostenerlo, las diversas modalidades de las identificaciones – especulares, narcisistas, adhesivas, proyectivas e introyectivas – son seguramente necesarias, pero no suficientes. Se concilian entre ellas por resonancias fantasmáticas, por intercambios previos o paralelos con las identificaciones que se producen antes o al margen de la palabra. Los sujetos de un vínculo deben además anudar y sellar entre ellos alianzas, algunas conscientes, otras inconscientes, cuya principal función es mantener y estrechar su vínculo, fijar sus apuestas y sus términos e instalarlo en el tiempo.

Contratar una alianza es el acto mediante el cual dos o varias personas se ligan entre sí para realizar un fin preciso, lo que implica un interés común y un compromiso mutuo entre los copartícipes. Sin embargo, este acto se especifica por su propio campo: desde el punto de vista del psicoanálisis, esta “entrada del hombre en contrato” se constituye sobre procesos y apuestas diferentes a las que organizan las alianzas en las que se interesan la antropología social, la religión, la filosofía política o el derecho.

¿Qué son las alianzas inconscientes?

He denominado alianza inconsciente a una formación psíquica intersubjetiva construida por los sujetos de un vínculo para reforzar en cada uno o en alguno de ellos ciertos procesos, ciertas funciones, o ciertas estructuras de lo que obtienen un beneficio tal que el vínculo que los une adquiere un valor decisivo para su vida psíquica. El conjunto así ligado sólo adquiere su realidad psíquica de las alianzas, contratos y pactos que sus sujetos consuman y que su lugar en el conjunto les obliga a mantener. La idea de alianza inconsciente implica las de una obligación y una sujetamiento.

Las alianzas inconscientes son una formación del vínculo. Funcionan en los vínculos de pareja, de familia, de grupo, de institución, son sincrónicas o diacrónicas, y por esta razón son un proceso capital de la transmisión psíquica intergeneracional. Efectivamente, las alianzas inconscientes no son solamente las que contratamos con nuestros contemporáneos, también son contratadas para nosotros, antes de nuestro nacimiento: las heredamos.

Las alianzas inconscientes expresan lo esencial del proceso por el cual se fabrica y se organiza la realidad psíquica inconsciente en los vínculos y en los sujetos del vínculo. Las alianzas inconscientes son también uno de los modos de producción del inconsciente: del inconsciente reprimido y del inconsciente no reprimido, cuyo retorno se efectúa en el vínculo y en cada uno de los sujetos del vínculo.

Describí tres grandes categorías de alianzas: 1º) las alianzas estructurantes, y entre éstas, lo que Freud descubrió, el contrato de renuncia a la realización directa de los fines pulsionales, el pacto con el Padre y entre los Hermanos, el contrato narcisista. Estas alianzas se apoyan en las prohibiciones fundamentales y en los tabúes. Contienen los principios organizadores del psiquismo, están al servicio del “proyecto civilizador”, según la expresión de Freud. 2º) Las alianzas defensivas, principalmente el pacto denegativo, y sus variantes alienantes y patológicas, entre ellas la comunidad de renegación, el contrato perverso. 3º) Las alianzas ofensivas, que sellan el acuerdo de un grupo para conducir un ataque, una proeza o ejercer una supremacía. Ya sean estructurantes, ofensivas o defensivas, o que deriven en ataduras alienantes y psicopatológicas las alianzas inconscientes son el cemento de la materia psíquica que nos liga unos a otros. Preexisten al recién nacido y se anudan o se reanudan con todos los contemporáneos.

Las alianzas inconscientes son organizaciones metapsíquicas: contribuyen a la estructuración de la psique en su organización narcisista y objetal, en sus modalidades de realización de deseo, en sus formaciones defensivas o alienantes. Son sensibles a las estructuras profundas de la vida social y cultural. Cuando están en crisis o fracasan se descubren las funciones metapsíquicas de esas alianzas fundamentales.

Las alianzas inconscientes estructurantes

El pacto fraterno y el contrato con el Padre 

En Tótem y tabú, Freud describió dos formas de una alianza operante en lo que llama el mito científico de la Horda primitiva: la primera es el pacto que une a los hermanos en el asesinato repetitivo del Padre arcaico de la Horda; la segunda es el contrato totémico que los asocia con el Padre simbolizado y, desde ahí, entre ellos. Este contrato participa de la función estructurante de las alianzas inconscientes porque contiene el garante simbólico de la alianza de los hermanos con el padre. El acto de rebelión se transforma en acto fundador de una alianza, que contiene simultáneamente el momento del sentido y la superación del complejo de Edipo. El contrato de renunciamiento a la realización directa de las metas pulsionales, cuyo principio y efectos Freud expone en El porvenir de una ilusión y en El malestar en la cultura perseguirá la misma meta y garantizará la transmisibilidad de las prohibiciones y de los ideales comunes.

El pacto de los hermanos se apoya en una coalición, o en una liga: su finalidad es suprimir al Padre omnipotente, autoritario, que se opone con fuerza a la necesidad de potencia de los hijos. Poseedor de todas las mujeres, el Padre celoso impide la satisfacción de las tendencias sexuales directas de sus hijos imponiéndoles la abstinencia. En Psicología de las masas y análisis del yo Freud observa que la consecuencia de esta imposición de poder desmesurado fue que «los hermanos se ligaran al Padre y unos a otros por vínculos que podían nacer de las tendencias de meta sexual inhibida: los obligaba, por así decir, a entrar en la psicología de las masas» (tr. fr. p. 192).

Para matar al Padre tiránico y persecutorio, los hermanos debieron aliarse y ligarse entre ellos, ninguno podía realizar solo el asesinato. Sin duda varias tentativas desembocaron en fracaso. Tras su primera asociación y la rivalidad que la sucedió para apropiarse de las mujeres, la figura del Padre arcaico resurgió en uno de los hermanos: en esas condiciones, fue necesario suprimirlo. Para vivir juntos y para salir de la repetición, los hermanos debieron inventar el pasaje de una relación de poder a una relación de autoridad.

Este pasaje se efectuó bajo el efecto de tres prohibiciones organizadoras: los hermanos debieron instituir la prohibición del incesto, «mediante la cual todos renunciaban a la posesión de las mujeres codiciadas, cuando es principalmente por asegurarse su posesión que habían matado al padre». Esa fue la primera prohibición de la humanidad. La segunda prohibición fue sostenida por la institución del tabú, que apunta a proteger la vida del animal totémico, sustituto del padre muerto y ocasión de una reconciliación con él: «el sistema totémico era un contrato concertado con el padre…», escribe Freud, un sistema que compromete a no reiterar en él el acto asesino, a cambio de su protección y de sus favores. Por lo tanto, el contrato totémico protege también a la fratría: «garantizándose recíprocamente la vida, los hermanos se comprometen a nunca tratarse unos a otros como trataron al padre. A la prohibición de matar al tótem, que es de naturaleza religiosa, se agrega entonces ahora la prohibición, de carácter social, del fratricidio».

La prohibición del incesto, la prohibición de matar al animal totémico y la prohibición del fratricidio son las tres prohibiciones prescritas en el contrato totémico que clausura el crimen cometido en común sobre el que se funda la sociedad. El contrato totémico de los hermanos garantiza en lo sucesivo la organización del grupo estructurado por las prohibiciones fundamentales y por el orden simbólico que instauran los procesos de civilización. Sobre este contrato se fundan las identificaciones simbólicas.

El modelo propuesto por Freud en Tótem y tabú es el de un cambio en el orden del agrupamiento: consiste en el desplazamiento de las investiduras megalomaníacas y de las identificaciones con la omnipotencia atribuida al Padre, hacia las investiduras sobre la figura del Padre simbólico y simbolígeno y sobre los valores de la cultura. Este desplazamiento es la consecuencia de una crisis, de una ruptura y de una superación que signan el pasaje del vínculo anhistórico de la Horda, al vínculo intersubjetivo, histórico y simbólico del grupo totémico patriarcal.

Complejo fraterno y pacto de los hermanos en un grupo con psicodrama

El trabajo psicoanalítico de un grupo de psicodrama conducido por dos psicodramatistas muestra cómo se anuda el pacto de los hermanos[1] Lo vivido y elaborado durante esas sesiones es notable en cuanto el material y los procesos transferenciales se organizaron de principio a fin por el complejo fraterno. El complejo fraterno es, efectivamente, un organizador capital del proceso grupal.

Del complejo fraterno, destacaré solamente que designa una organización intrapsíquica triangular de los deseos amorosos, narcisistas y objetales, del odio y de la agresividad respecto de ese “otro” que un sujeto identifica como hermano o hermana. Como el complejo edípico, el complejo fraterno inscribe en la psique la estructura de las relaciones intersubjetivas, aquí organizadas por la representación inconsciente de los emplazamientos correlativos que ocupan el sujeto, el “hermano” y la “hermana’. Si bien debemos admitir que esta representación se organiza con relación al objeto del deseo de la madre y/o del padre, tiene sin embargo su propia consistencia. El complejo fraterno adquiere sentido en el proceso de la constitución del yo, del narcisismo y de las identificaciones con el otro semejante. Esa es una constante cuyas premisas nos dio Freud y fueron desarrolladas por J. Lacan y por J. Laplanche.

Instalación de las alianzas defensivas contra las fantasías de asesinato entre hermanos

Las primeras sesiones se organizan esencialmente por la instalación de defensas contra las fantasías de asesinato entre hermanos. Los primeros juegos ponen en evidencia el recurso a los padres analistas idealizados que debían protegerlos de sus afectos y de sus representaciones violentas: se organiza una escena de seducción y de celos en una pareja, como desplazamiento de una escena de rivalidad fraterna. No estamos en un registro edípico, sino en el del complejo fraterno. Se ponen de manifiesto temas persecutorios y, con ellos, sentimientos de envidia y de odio hacia los rivales.

A continuación, se proponen varios temas de juego que desarrollan una figuración de esos movimientos pulsionales ligados al complejo fraterno: una madre pone a su hijo en la guardería para prepararlo al nacimiento de un hermano en los próximos días: violenta cólera del mayor, amenaza contra los padres, padre y madre. En otro juego psicodramático alguien quiere emprender una vuelta al mundo en barco y debe elegir a sus compañeros. Estos, antes de la partida, expresan muy vivamente su temor ante los posibles conflictos con desconocidos, el miedo a las rivalidades entre ellos y a las preferencias que el capitán podría manifestar por uno u otro de sus compañeros, quizá una rebelión contra él.

Estos juegos llevan a varios participantes a trabajar sobre los padecimientos de la envidia y de los celos que vivieron en su fratría. Unos relacionan estos conflictos violentos con su dificultad para ser reconocido por los padres, o más particularmente por su padre o por su madre, como su hijo. Otros descubren la violencia feroz de su envidia respecto de sus hermanos o hermanas, a menudo frente a un padre vivido como omnipotente e injusto. Otros se quejan de no haber sido amados por los padres con un amor igual al dispensado a los otros hermanos y hermanas.

Estas emergencias del complejo fraterno, bajo su doble aspecto de la envidia y los celos, se reforzarán durante las sesiones siguientes. Se precisarán al evocar el deseo y el amor de los padres hacia los hijos en el momento del nacimiento de un(a) rival. La movilización de los afectos de odio hacia la pareja parental despierta pensamientos de asesinato en varios participantes:

¿asesinato de los padres o asesinato de los hermanos y hermanas rivales? La pregunta queda abierta, pero se ha establecido una equivalencia entre los objetos a matar.

La alianza contra el Padre y el tiempo de la confusión

Las siguientes sesiones son bastante tensas: es difícil jugar. El contenido manifiesto de los intercambios verbales trata de las diferencias entre los que son (o creen ser) versados en psicoanálisis, y los que no. Los primeros esperan interesar a los psicodramatistas, los segundos temen no atraer su atención. Los intercambios están subtendidos por la envidia hacia los que se les supone saber y el desprecio que estos sentirían por aquellos que no saben. Los temas de juego son criticados sistemáticamente, y entre todos se generaliza la censura para que ningún tema se retenga. Interpreto esta oposición a jugar como una resistencia que relaciono con las transferencias sobre nosotros, que a sus ojos somos padres que podrían tener preferencias y excluir a algunos “hermanos” de la “familia” que aquí, en su imaginario, formaríamos. Pero no interpreto la alianza que se ha instalado entre ellos para no jugar. Al interpretar demasiado precozmente, no les permitiría experimentarse en los efectos de grupo que producen juntos. Su alianza es probablemente una forma de privar a la pareja de los psicodramatistas de su herramienta y de su identidad, por lo tanto es importante que el conflicto se amplifique en todos sus componentes. El riesgo es que se jueguen para adaptarse al deseo del analista, complacerlo evitando introducirse más profundamente en el conflicto. Pero me equivoco sobre este riesgo.

Eligen efectivamente un excelente compromiso: mi interpretación les habrá permitido volver al juego, pero el tema y el juego que inventan serán utilizados para figurar lo más cercanamente posible una de las apuestas del conflicto y la finalidad de su alianza. El tema será propuesto como una receta de cocina caníbal: “en una cacerola, llenar de agua y verduras, cocinar, luego pasar por el picador para hacer una sopa. Luego reducir a un puré informe hasta que todos los elementos estén confundidos, ya no se distinguirá la zanahoria del tomate o del puerro”.

En el juego, las verduras se resisten: saltan de la cacerola, luego se golpean y tratan de sacarle a cada uno sus vitaminas y su aroma, luego se reconcilian y se unen para matar al cocinero. El juego se detiene por su propia iniciativa, justo antes del asesinato. En el grupo hay una gran agitación. En el momento de los comentarios, es notable cuán difícil les resulta individuarse (la mezcla de las vitaminas y los aromas). Comentamos esta dificultad: ya sea en la cacerola o que se quiera evadirse de ella, nadie recobra lo que puso ni lo que él es, pero es importante privar a los otros de lo que tienen o de lo que son (su identidad, ciertamente regresiva, de verduras) o destruirlos. Relacionan esta dificultad con sus sentimientos de celos y de envidia, que los paralizan. En cuanto a mí, noto que debajo de los temas de los celos y de la envidia arcaica existe otro nivel de la realidad psíquica que los atraviesa y liga entre ellos, el de su angustia ante el asesinato, esa que es también su alianza que los deja desconcertados ante la fuerza que les confiere. Señalo entonces su alianza precedente para no jugar y su apuesta que ahora se manifiesta en la transferencia: el asesinato del cocinero considerado responsable de reducción a una papilla. Destaco en ese momento el registro sádico oral de ese doble asesinato, el de los participantes

“reducidos” a ser sólo verduras indiferenciadas, y el del cocinero.

Tentativas para “salir de la psicología de masa”

El juego permitió figurar la dificultad de efectuar lo que Freud llama “salir de la psicología de masa”. Pero en el juego no se cometió simbólicamente ningún asesinato, como no sea el de las verduras sacrificadas al apetito del cocinero. Durante la siguiente sesión, las asociaciones se organizan en torno de un nuevo tema de juego, aparentemente reparador y en el que los participantes acuerdan unánimemente, pero de un modo que me parece bastante precipitado. El tema es propuesto por un hombre, que llamaremos Bertrand, el que había comandado la alianza de las verduras para matar al cocinero: un anciano padre viudo que se vuelve ciego y sus tres hijas; ¿cuál de ellas de ocupará de él? Observo que la madre fue eliminada, que el padre, cuyo papel es representado por Bertrand a su pedido, es ciego, lo que puede entenderse de diversas maneras, y que las hijas (no los varones), son colocadas en una situación de rivalidad en el movimiento mismo en que se perfila una apuesta edípica.

En el psicodrama, las hijas se destrozan unas a otras, se acusan mutuamente de querer acaparar al padre y enjuician la intención de cada una de eliminar a sus rivales. El padre asiste a su disputa sin intervenir, luego elige para ayudarlo a la que se parece a su mujer muerta. Sigue una escena violenta entre las hijas. La elegida termina por renunciar a su lugar privilegiado, demasiado peligroso. Entonces el padre, ante su discordia, dice que hubiera preferido que se ocupara de él un hijo. Suscita así la unión sagrada de las hijas contra él: una de ellas propone contratar a un asesino para eliminar al padre.

Estamos, por lo tanto, nuevamente ante otra versión de la alianza para consumar el parricidio, pero se produjo una transformación: ya no son verduras, sino seres humanos, quienes lo van a ejecutar; son hijas, y no todo el grupo de los hijos y las hijas.

El contenido latente del juego, tan rápidamente adoptado, se despliega en dos registros: el de Bertrand que propuso el tema y que interpreta el papel del padre ciego. Bertrand interpreta su propio drama y es el porta-palabra de los hombres del grupo. Su propio drama: descalificar al padre, desplazar su conflicto edípico sustituyendo su posición viril por su parte femenina, demasiado peligrosamente expuesta. La ceguera del padre es su propia ceguera. Es así como pone a prueba el deseo del padre por sus hijas y el de sus hijas por él. Pero intenta atenuar ese conflicto habiendo hecho desaparecer ya a la madre.

El segundo registro es el del grupo: es necesario también hablar del conflicto edípico de las hijas, entre madre y padre, pero ahí además la madre ya ha muerto, y el lugar está libre, a menos que el padre lo impida. Ahora bien, lo que el padre (Bertrand) quiere poner en escena, es la impotencia del padre para asumir el conflicto edípico: se inventa un hijo idealizado, otra figura de sí mismo.

El juego se construye entonces sobre este desplazamiento y sobre el conflicto que se les propone a las hijas: para ellas se trata de tomar un lugar en el deseo del padre y ponerlo a prueba de su deseo por ellas. Desde este punto de vista, ellas representan su propio drama, pero al mismo tiempo sirven al que Bertrand quiere poner en escena. El lugar a tomar es el que designará a una de ellas, por elección del padre, en el lugar de la madre. Es ahí donde el padre debilitado es representado en el juego como cegándose en su propio edipo. Se ciega también acerca del deseo de sus hijas, no comprende que están destrozándose unas a otras por él y por ocupar el lugar prohibido, y él suscita en ellas la fantasía insoportable de un hijo idealizado que le ahorraría tener que confrontarse con el deseo edípico de sus hijas. El hijo se evade frente a la apuesta de su propio edipo presentando un padre que preferiría un hijo ideal, no conflictivo, identificado con él. Para las hijas, la elección de ese hijo sólo puede significar el rechazo de parte del padre. Como en un sueño, Bertrand es a la vez el padre ciego y el hijo que se ciega a sí mismo, en un argumento del edipo invertido.

Los participantes descubren muy pronto una variación sobre el motivo del rey Lear, pero silencian su “locura” y su ansia de poder, así como el papel jugado por Cordelia en ese drama. Destaco que, durante una escena precedente, se había tratado de la capacidad de ver que me conferirían mis anteojos omnipotentes: estaría dotado de la temible – pero reaseguradora— capacidad de ver lo que otros no ven. Imaginar al padre volviéndose ciego podría ser una manera de invertir la imago de un padre omnipotente, y, una vez más, matarlo, dejando su cuidado a las mujeres.

Al final de la sesión, las tres mujeres dicen violentamente que ya no podían tolerarse, luego se juntan en un ataque contra Bertrand que en el juego había suscitado la querella de las hijas. Intentamos retomar ese movimiento actual, fuera del juego, en las transferencias correlativas sobre Bertrand, sobre los psicodramatistas y sobre el grupo de las hijas: los intercambios vuelven sobre la violencia suscitada por la envidia fraterna. Alguien cuenta que, en cierto país totalitario, “un país imaginario”, precisa con humor, los gobernantes habían ordenado la esterilización de las mujeres para evitar que se transmitan las rivalidades entre los ciudadanos. La consecuencia de esta disposición es advertida: la extinción de la procreación. En ese caso el asesinato sería generalizado.

La alianza totémica implica la apropiación de la herencia

En la sesión siguiente, una participante propone un tema de juego que se introduce a partir del relato de un sueño que una mujer, Jeanne, tuvo la noche anterior: “una de mis amigas bañaba a sus tres hijas y a uno de sus hijos: era muy competente y atenta y las niñas estaban felices, pero una de ellas se estaba ahogando y sonreía con la cabeza en el agua”. El sueño es espantoso para los participantes: introduce la fantasía del infanticidio, anunciada por la historia de la esterilización de las mujeres para evadir la rivalidad fraterna. La soñante pone en escena lo que reniega. En ese momento del proceso grupal, los participantes se debaten con una figura arcaica de la representación del grupo: la fantasía de ser muchos hermanos y hermanas reunidos en el líquido amniótico del vientre materno, y la figura mortífera de una madre incestuosa que contiene al grupo fraterno. Así, evaden la rivalidad, al precio de su muerte.

Entonces se propone un tema de psicodrama que reintroduce la figura paterna retomando de otro modo el juego de las tres hermanas y su padre, y algunos elementos del sueño de Jeanne: un padre compra tres tapices para sus tres hijas y les pide que cada una elija el suyo. Las tres hermanas dudan, se ponen de acuerdo, se inquietan por la posible elección de las otras vigilando las reacciones del padre que permanece impasible, luego se sienten incapaces de elegir y se acusan mutuamente por eso. Tras el juego, dicen lo que temieron: que una de ellas eligiera la que más le gustara al padre y que por ese motivo las otras fueran despreciadas. Pero dicen también que si su elección no coincide con lo que se supone ser el deseo del padre temen decepcionarlo. Primero se ponen de acuerdo para no elegir, luego una de ellas se decide y arrastra a las otras en su elección, fiándose dos de ellas en lo que su madre hubiera elegido.

Durante el tiempo de la elaboración, los hombres y las mujeres trabajan sobre los riesgos de exclusión que implica su elección edípica y sobre los sentimientos de envidia o de celos nuevamente reactivados. Al final de la sesión, cuando mi colega y yo salimos de la sala, varios de ellos se quedan allí. Más tarde, en sesión, explicarán la gran dificultad que experimentaban en salir del espacio matricial del grupo, como si, para ellos, correr ese riesgo fuera nacer. Otros querían hacer la experiencia de encontrase en grupo sin los psicoanalistas. En el momento en que la cuestión de la separación se precisa en estas dos formas, podemos observar que las alianzas están en vías de disolverse: ahí donde organizaban su vínculo de un modo defensivo, la elección signaba el advenimiento de un Yo [Je].

Un nuevo psicodrama hará avanzar la cuestión, y es Jeanne quien propone el tema: un notario leería la lista de los bienes a repartir entre tres hermanos y tres hermanas. El padre, viudo[2], estableció la herencia del siguiente modo: las tres hijas se reparten los bienes de la madre. Los objetos y los bienes que les tocan a dos de los varones están conformes a sus expectativas. Pero el tercero (Bertrand) no recibe nada. En el juego, las tres hermanas expresan su odio, consideran destruir los objetos heredados de la madre para privar de ellos a cada una de las otras. Los hermanos están silenciosos y tristes porque uno de ellos no reciba nada: ¿qué pecado cometió para ser desheredado así? Bertrand declara que está dispuesto a renunciar a su parte de herencia (aunque no reciba nada material) para mantener la unidad de la fratría. Pero, sobre todo, estima haber recibido de su padre lo que tenía que recibir. Pero las tres hermanas y los dos hermanos rechazan la herencia arbitraria: denuncian la injusticia del padre y le piden que la establezca de una manera más equitativa. El padre les dice que sus celos los llevan a pensar que son atacados: cada uno recibe lo que hará con eso[3].

Esta sesión será decisiva: las figuraciones que se instalan en el juego permiten que se efectúe el pasaje de la envidia al renunciamiento, a cambio de la solidaridad entre los hermanos y hermanas, reconociendo cada uno la parte distinta que ha recibido de los padres y que le es preciso conquistar para apropiársela.

Tótem y tabú:continuación

Podemos imaginar una continuación a las propuestas de Freud sobre el pacto criminal de los hermanos y sobre la alianza totémica con el Padre. Este grupo de psicodrama perfila algunas de sus variantes. Podemos imaginar que cada hermano devenido padre debió a su vez un día enfrentar los celos y la envidia de sus hijos. Ocurrió que la conmemoración del asesinato simbólico del Padre y la renovación del contrato totémico con él ya no bastaron para garantizar la apropiación por parte de cada uno de los hijos de las cualidades de aquél. Cada hijo reivindicó entonces tener la exclusividad de la herencia y, con ella, la posesión exclusiva de los bienes y del espíritu del padre. La solidaridad de todas las vidas que componen la familia estuvo amenazada, y la pertenencia a la misma sangre renegada. Los hermanos habían reencontrado (reinventado) al padre de los orígenes, se habían vuelto entre ellos, juntos, el padre celoso y narcisista que antiguamente los ancestros habían condenado a muerte, luego matado simbólicamente. Todo esto fue solamente drama local, y a menudo escenarios fantasmáticos, mientras la Ley garantizó las reglas de la sucesión y las modalidades de la transmisión de la herencia, mientras protegió a cada uno contra las “tendencias que habían empujado al parricidio” y que se extendían ahora a la guerra de los hermanos.

Pero cuando la Ley que regulaba la sucesión de las generaciones ya no fue operante, cuando la guerra de los hermanos tuvo libre curso, cuando ninguno de ellos quiso ceder nada en la reivindicación narcisista de ser el Único, con exclusión de todos los otros, se dudó entonces de la humanidad, se anunció la muerte del Hombre, se reorganizaron clanes más sangrientos que los de los tiempos arcaicos, surgieron sectas tras las utopías comunitarias obligatorias, todas desafiaban la erradicación de los celos y de la envidia por el triunfo de la medida y la simetría, consideradas justas en tanto purificadas de las pasiones de amor y de odio. El fracaso de estas experiencias obligó a los hermanos a concretar un nuevo pacto para sobrevivir y proteger a su descendencia. Todavía están trabajando para inventar sus términos.

Otras dos alianzas estructurantes: el pacto de renunciamiento a la realización directa de las metas pulsionales y el contrato narcisista

Como el pacto fraterno y el contrato simbólico con el Padre, el contrato de renunciamiento a la realización directa de las metas pulsionales cumple una función estructurante en la formación de la psique. Esta alianza se apoya en la economía, la dinámica y la tópica pulsionales. Es una exigencia de trabajo psíquico impuesta por la cultura para establecer y mantener la comunidad. Implica directamente los componentes individuales y colectivos del proceso de sublimación. Freud reafirma aquí la similitud del proceso cultural con el desarrollo libidinal del individuo. La sublimación de los fines pulsionales, “rasgo saliente del desarrollo libidinal del individuo”, es también el resultado del trabajo de formación de la civilización: uno y otro se obtienen por coacción y renunciamiento (Malestar, G.W., 457). Freud concibe esta alianza como la condición para que se constituya una «comunidad de derecho» que a cambio hace posible las realizaciones de la cultura.

Los contratos y pactos narcisistas

La noción de contrato narcisista fue introducida en 1975 por P. CastoriadisAulagnier para significar que cada sujeto viene simultáneamente al mundo de la vida psíquica, de la sociedad y de la sucesión de las generaciones. Este contrato atribuye a cada uno un lugar determinado en el grupo y la tarea de contribuir a asegurar la continuidad del conjunto al que él pertenece. A cambio, este conjunto debe investir narcisistamente a ese nuevo individuo. Su lugar le es significado por el conjunto de las voces que, antes de cada sujeto, ha sostenido un cierto discurso conforme al mito fundador del grupo. Este discurso incluye los ideales y los valores; transmite la cultura y las palabras de certeza del conjunto social. Cada sujeto debe retomar en cierto modo por su cuenta este discurso. Por él se liga al ancestro fundador. En estas condiciones, el concepto de contrato narcisista da cuenta del hecho de que la investidura narcisista que, en cada individuo, hace posible el cumplimiento de su propio fin, sólo puede ser verdaderamente sostenida en la medida en que la cadena, de la que el sujeto es miembro y parte interesada, inviste narcisistamente a ese sujeto como portador de una continuidad del Conjunto. Es así como en primer lugar los padres hacen del niño el portador de la realización de sus “sueños de deseos no realizados” (Freud, 1914), y de ese modo lo reafirman en su narcisismo, así como a través de ellos el deseo de las generaciones anteriores sostuvo, positiva o negativamente, su venida al mundo y su anclaje narcisista.

He aportado algunas precisiones acerca de este contrato y he distinguido varias modalidades. El contrato narcisista originario, fundado en investiduras de autoconservación, define un contrato de filiación transgeneracional: está al servicio del conjunto y del sujeto de este conjunto, del cual es un eslabón, un servidor, un beneficiario y un heredero.

El contrato narcisista secundario, basado en el narcisismo secundario, es un contrato de afiliación que redistribuye las investiduras del contrato narcisista originario y que entra en conflicto con él (principalmente cuando el sujeto establece vínculos extrafamiliares). Estos dos tipos de contrato están al servicio de la vida.

El pacto narcisista es resultado de una asignación inmutable a un emplazamiento de perfecta coincidencia narcisista. Es mortífero.

Las alianzas inconscientes defensivas y alienantes

El pacto denegativo

El pacto denegativo (Kaës, 1989) califica a un acuerdo inconsciente sobre lo inconsciente impuesto o convenido mutuamente para que el vínculo se organice y se mantenga en la complementariedad de los intereses de cada sujeto y de su vínculo. El precio y las apuestas inconscientes del vínculo es precisamente lo que no podría estar en discusión entre aquellos que el vínculo liga, en virtud de la doble economía cruzada que rige las relaciones de los sujetos singulares y de la cadena de la que son miembros.

En varias ocasiones he estudiado las condiciones de la formación de un pacto denegativo y sus efectos en un grupo de psicoanalistas al frente de un seminario de grupos. A una de esas observaciones la he denominado “el grupo de los analistas embroquetados”. El punto de partida es el siguiente: el líder del equipo de los psicoanalistas cambia el dispositivo de trabajo y se recusa como conductor de las sesiones de grupo amplio. Pide a una pareja que lo reemplace. El conflicto generado es silenciado y el equipo ya no se reúne. Durante una sesión plenaria un participante señala al grupo de los analistas apretados unos contra otros y los describe como una “brochette” silenciosa. A partir de esta situación clínica precisé varias hipótesis sobre las alianzas inconscientes.

El análisis muestra que lo que fue reprimido o renegado por los analistas fue objeto de una alianza inconsciente para que cada uno se asegurara y asegurara a los otros de no saber nada de sus propios deseos, de sus propios afectos (cólera, abandono, odio) y de las representaciones insostenibles (hacer pareja ante el “padre”, ser actores y espectadores de una escena originaria) con los que se ven confrontados. Los psicoanalistas no quisieron saber nada de eso ni experimentarlo, a la vez como sujetos singulares y para salvaguardar sus vínculos con los otros. La alianza inconsciente sostuvo la meta inconsciente buscada por ellos: hacer un grupo soldado, embroquetado por la asta del falo paterno arcaico. El pacto denegativo vino en lugar de una alianza para tomar el lugar del Padre. Pero además era efecto de la posición tomada por quien ocupaba ese lugar. Una formulación más general podría ser esta: lo que es reprimido y/o renegado en los psicoanalistas es representado en el grupo de los participantes y lo organiza simétricamente.

El análisis que emprendimos en nuestro grupo pudo poner en evidencia ciertos conflictos inconscientes que nos sujetaban en el pacto denegativo encargado de reprimirlos o de renegarlos. El deseo consciente de Anzieu era desprenderse de las transferencias idealizantes y persecutorias que le valía su posición de fundador de nuestro equipo y de héroe del grupo amplio. Pero su deseo inconsciente era que lo sustituyera una pareja para que lo equiparara en esta tarea difícil. La mayoría de nosotros hacía cuerpo con él, hombres y mujeres atravesados por la broqueta fálica que le atribuíamos, y no queríamos saber nada de nuestra ambivalencia ante el lugar dejado vacante de manera ambigua por él, ni de la rivalidad fraterna que su renuncia suscitaba entre nosotros. Nuestro pacto denegativo se fundaba en nuestro miedo a perder un objeto de amor, un protector y la seguridad narcisista que habíamos contratado con él desde la fundación de nuestro grupo. El pacto apuntaba a renovar el ideal de un grupo unido para y contra todo[4].

La alianza inconsciente formada en estas condiciones está asociada a un trauma inaugural (el cambio catastrófico del dispositivo) que hizo estallar los dispositivos de paraexcitación habitualmente disponibles y el acoplamiento grupal habitual. He llegado a suponer que lo que se mantiene renegado y reprimido por los analistas, aquí en posición imaginaria de fundadores del seminario para los participantes, adquiere para estos últimos las características de los contenidos y de las cualidades de lo reprimido originario. En estas condiciones, la alianza inconsciente deviene para todos un potente atractor de la represión secundaria. Si ese es el caso, mediante las alianzas inconscientes se abren interesantes perspectivas sobre la formación y la transmisión de lo originario y de los significantes enigmáticos (o arcaicos), no sólo en los grupos, sino también en todas las configuraciones vinculares.

De un modo general, la situación psicoanalítica de grupo da acceso al conocimiento de las estructuras individuales de las formaciones del inconsciente en sus articulaciones con las estructuras intersubjetivas inconscientes de un conjunto. Las alianzas inconscientes se sitúan en los puntos de anudamiento de esas estructuras. Son concertadas para que los vínculos y el grupo se formen y perduren. Consideradas desde el punto de vista de la tópica, de la dinámica y de la economía psíquica en el grupo, son por lo tanto indispensables, cualquiera sea su finalidad o su cualidad: estructurante, defensiva, patógena o alienante.

La clínica nos enseña que las alianzas inconscientes defensivas se anudan desde el período inicial del agrupamiento, en el momento del primer encuentro entre los miembros de un grupo. Para asociarse, los miembros de un grupo (o de cualquier otra configuración vincular) deben concertar sin saberlo un acuerdo inconsciente según el cual deberán reprimir, o renegar, o rechazar o borrar ciertas representaciones. Las alianzas inconscientes no se constituyen solamente para mantener inconscientes algunas representaciones según el interés conjunto y mutuamente garantizado de varios sujetos, sellando así su vínculo; las alianzas mismas perduran inconscientes tanto como [perduran[5]] los vínculos que están fundados en ellas.

El análisis de las alianzas inconscientes nos ilustra sobre la arqueología del grupo y sobre la arqueología del sujeto. Garantizan funciones específicas en la formación del espacio intrapsíquico, y principalmente en sus dimensiones inconscientes, al mismo tiempo que sostienen la formación y los procesos de los vínculos intersubjetivos que, a su vez, refuerzan formaciones y procesos intrapsíquicos. Cada vez que una alianza inconsciente defensiva puede ser desarmada, es fuente de un descubrimiento importante para los sujetos que se ligan en ella. El pacto denegativo se anuda también en la situación de la cura psicoanalítica individual, la clínica y la historia de la invención del psicoanálisis nos aportan muchos ejemplos de esto: la operación de los cornetes nasales de Emma Eckstein por Fliess y Freud es una sólida ilustración. La historia de la cura de Dora da otro ejemplo.

El pacto denegativo es una metadefensa. Es concertado por un sellado de los inconscientes de los sujetos puestos de acuerdo en producirlo. Se funda en diversas operaciones defensivas: de represión y de negación, pero también de renegación, de desmentida, de rechazo o de enquistamiento. En ese caso, crea en el conjunto algo no significable, algo no transformable: zonas de silencio, bolsones de intoxicación que mantienen a los sujetos de un vínculo ajenos a su propia historia y a la historia de los otros.

En los grupos en estado natural, el pacto denegativo resulta de esas operaciones (de represión o de renegación) mutuamente impuestas. En los grupos, las primeras medidas de acoplamiento establecen las primeras alianzas inconscientes. La represión, la renegación, el rechazo o el clivaje de las representaciones peligrosas son movilizados en los primeros instantes de la vida del grupo. Esos contenidos inconscientes constituyen precisamente la materia de la realidad psíquica inconsciente en el grupo.

En la situación psicoanalítica de grupo, ese pacto es el motor del proceso asociativo grupal. El retorno de los contenidos inconscientes, cuando se trata de los contenidos reprimidos, se realiza a través de la cadena asociativa grupal, los procesos transferenciales, los síntomas compartidos, la formación de sueños. Cuando se trata de contenidos arcaicos no reprimidos (renegados o forcluidos), el retorno de los contenidos inconscientes se efectúa a través de los actings, los clivajes, los delirios colectivos, los objetos brutos, bizarros o los significantes enigmáticos.

Estos mecanismos actúan en una pareja, una familia o una institución. En todas esas configuraciones vinculares, el pacto denegativo sostiene el mecanismo de la repetición.

Esquemas para una metapsicología de las alianzas inconscientes

Efectuados estos reconocimientos, queda por elaborar el alcance metapsicológico de las alianzas inconscientes. Ya sean estructurantes o establezcan ataduras alienantes y psicopatológicas, las alianzas inconscientes no son solamente el zócalo y el cemento de la realidad psíquica que nos liga unos a otros. Las alianzas inconscientes deben comprenderse a otro nivel: son una de las modalidades de producción del inconsciente reprimido y del inconsciente no reprimido exigida para estar en el vínculo. Fabrican una parte del inconsciente de cada sujeto: cada uno de nosotros es sujeto de esas alianzas.

A partir de las alianzas inconscientes, podemos esquematizar lo que podría ser una nueva metapsicología del Inconsciente. Se funda en las relaciones entre una metapsicología del Inconsciente del sujeto y una metapsicología del Inconsciente en el vínculo intersubjetivo.

Tópicas del Inconsciente del sujeto, del vínculo y del grupo

Podemos considerar varias tópicas del Inconsciente a partir de un doble punto de vista: desde el punto de vista de su heterogeneidad y desde el punto de vista de su extraterritorialidad.

La noción de heterogeneidad de las tópicas del Inconsciente se entiende a partir de los procesos de su formación (inconsciente originario y secundario), de sus modalidades (represión, rechazo, clivaje, renegación…) y de sus fuentes (intrapsíquicas e interpsíquicas). A esta heterogeneidad corresponden lógicas diferentes cuyos efectos hemos señalado en las alianzas inconscientes del tipo de la alianza denegadora o del pacto denegativo[6].

La extraterritorialidad de las tópicas del Inconsciente significa que el Inconsciente no está completamente contenido en los límites del espacio psíquico individual. Por lo tanto no es enteramente pensable con la primera ni con la segunda tópica de la metapsicología freudiana.

Para cada sujeto del inconsciente existe un lugar psíquico “fuera del sujeto”, extratópico, situado en los espacios interpsíquicos y transpsíquicos. Por espacio extratópico, entiendo que el espacio intrapsíquico de un sujeto se extiende, para constituirse y a riesgo de perderse, en un espacio psíquico que no le es propio, pero que tiene en común y que comparte con otros sujetos, según modalidades variables que van del depósito a la forclusión, del alojamiento a la cripta. Esto quiere también decir que, recíprocamente él mismo es, para otro o más de un otro, un depósito, un alojamiento, una cripta.

Aunque estos topoï sean parcialmente accesibles por los recursos de la cura individual, son escasamente pensables con las categorías de la metapsicología surgida de ella. El espacio psíquico del vínculo y el de los conjuntos son otros lugares y otros escenarios del Inconsciente, cuyos procesos y formaciones, cuya economía y dinámica, hemos comenzado a conocer. Varios conceptos describen esta politopía del Inconsciente: las alianzas inconscientes, las funciones fóricas, la polifonía del sueño y el segundo ombligo del sueño, los lugares de depósito, de encriptado y de exportación. Los trabajos sobre la transmisión de la vida psíquica entre generaciones contribuyen a ello.

Otra economía del Inconsciente

Tenemos que pensar otra economía de las investiduras pulsionales y que establecer un doble punto de vista económico. Entraríamos en una encrucijada si pensáramos construir una teoría psicoanalítica del vínculo sin incluir en ella la dimensión de la pulsión, en la diversidad de sus manifestaciones y de sus efectos. La pulsión es el motor del vínculo. Sostiene el empuje del deseo y el trabajo de la muerte en el vínculo. Distingo las pulsiones de autoconservación del vínculo y las pulsiones narcisistas (y antinarcisistas) que forman la economía de los contratos y de los pactos narcisistas. Incluyo las pulsiones de dominio distinguiendo los dominios estructurantes (co-estructurantes del objeto y del sujeto) de los dominios alienantes. Podemos someter a la prueba de la clínica esta economía de las pulsiones de dominio en los vínculos narcisistas., en los vínculos tiránicos o en los vínculos ideológicos. La asociación del dominio con otras formaciones pulsionales se verifica a propósito de la envidia en las parejas, las familias, los grupos, las instituciones.

También debemos describir la economía del sujeto en el vínculo, las modalidades específicas de la difracción, del desplazamiento y de la condensación de las cargas pulsionales en el vínculo. La intricación y la desintricación de las pulsiones libidinales y de las pulsiones tanáticas aseguran el régimen de las investiduras del vínculo por parte de los sujetos del vínculo.

Pero hay todavía otro campo a explorar: el de las incidencias del vínculo en la formación de las pulsiones, al contacto de la subjetividad del objeto, lo que he comenzado a hacer (cf. Kaës, 1984, 2002b) a propósito de algunas reformulaciones de la teoría del apuntalamiento.

Una dinámica correlativa del Inconsciente en el vínculo y en el sujeto del vínculo

 En esta correlación entre los espacios intra e interpsíquicos falta también establecer el punto de vista dinámico. Toma en cuenta la conflictividad en el vínculo, la formación de los síntomas y de los procesos de regulación en el vínculo. Las alianzas producen inconsciente reprimido e inconsciente no reprimido, que retornan en el vínculo y en cada uno de los sujetos del vínculo.

El sujeto del inconsciente como sujeto del vínculo

Mis investigaciones sobre las alianzas inconscientes y sobre las tópicas extraterritoriales del Inconsciente me llevaron a concebir un sujeto cuyo Inconsciente, en una parte más o menos variable y según condiciones más o menos patógenas, está estructurado en el vínculo intersubjetivo.

En primer lugar, no podemos no estar en el vínculo. Precisamente, procedemos de un vínculo, de una ligazón, nos constituimos del deseo de más de un otro, de sus “sueños de deseo irrealizados”. Lo que nos liga es tanto un apego corporal, sexual, como un apego fantasmático, onírico.

Luego, esta situación del sujeto en el vínculo impone a su psique una exigencia de trabajo psíquico en razón precisamente de su ligazón con más de un otro. Esta exigencia de trabajo duplica, en paralelo o en interferencia, la que impone a la psique su necesaria ligazón con lo corporal.

Cuando introduje el concepto de sujeto del grupo quería darme los medios para pensar cómo el sujeto del inconsciente se forma en la intersubjetividad. Mi tesis es que el sujeto del inconsciente está, en una parte decisiva, sujetado a los procesos inconscientes que lo preexisten en el grupo de los que lo han precedido, y que contribuyen a dividirlo en el eje de su doble “existencia”. En tanto es “para sí mismo su propio fin”, y en tanto es “eslabón de esta cadena de la que procede”, heredero de los deseos que avanzaron sobre su existencia y que han organizado su propio deseo, servidor del conjunto y beneficiario de las investiduras, de las representaciones y de los emplazamientos que recibe del grupo. Es así como, por la cadena de las generaciones y por la de los contemporáneos, se transmiten formaciones del inconsciente. Y es así como se forma el sujeto del inconsciente.


Bibliografía:

1 En: R. Kaës, Conferencias de Kaës 2007; presentación Carlos Pachuk, discutidores Graciela Ventrici, Adriana Zadunaisky, Mirta Segoviano, Marina Ravenna de Selvatici, Graciela Kasitzky de Bianchi, Silvia K. de Gomel. Buenos Aires: Asociación Argentina de Psicología y Psicoterapia de Grupo (AAPPG), 2007.

Conferencia impartida en Buenos Aires el 20 de abril de 2007 en la Asociación Argentina de Psicoterapia Psicoanalítica de Grupo (AAPPG). Agradecemos sinceramente a la AAPPG por habernos dado permiso para publicarla

Traducción: Mirta Segoviano

https://doi.org/10.69093/AIPCF.2025.33.04 This is an open-access article distributed under the terms
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[1] Los participantes se reunían durante el lapso de una semana en tres sesiones diarias de pequeño grupo de psicodrama (10 participantes por grupo) y en una sesión de libre palabra sin juego que reagrupaba a todos los participantes y a todo el equipo de los psicoanalistas (en total, unos cuarenta participantes). Expondré lo que ocurrió en el pequeño grupo a mi cargo en colaboración con una colega, en las sesiones plenarias y en las reuniones que todo nuestro equipo tenía una vez por día.

[2] Una vez más, ellos hacen morir a mi colega. Señalaré esta repetición, y esto tendrá un efecto fecundo en cuanto al análisis de las transferencias.

[3] En eco con el verso de Goethe en Fausto, citado por Freud: «lo que has heredado de tus Padres, para poseerlo, gánalo».

[4] “envers et contre tout” son las palabras con que terminaban las fórmulas de los antiguos juramentos de fe y homenaje [N de la T.].

[5] este “perduran” no está en el original, pero parece necesario a la comprensión de la frase. (Para consultar con Kaës) vínculos intersubjetivos que, a su vez, refuerzan formaciones y procesos intrapsíquicos.

[6] Sobre la heterogeneidad de las estructuras, de las formaciones y de los procesos del inconsciente, cf. Kaës, 1999, Calich, 2004.

Revue Internationale de Psychanalyse du Couple et de la Famille

AIPPF

ISSN 2105-1038