REVUE N° 7 | ANNE 2010 / 1
Résumé
Le lien (familial): son rapport avec l’ «un» et le «deux»
Ce texte est basé sur l’idée que les auteurs ont du sujet du lien.
Soulignant la priorité logique et chronologique de l’«un» dans la constitution du lien, ils discutent avec des autres auteurs qui évoquent l’idée que le lien est constitué par le «deux».
Mots-clé: Lien familial, lien et répétition, lien et différence, lien et narcissisme, lien et inconscient.
Summary
The bond (familiar): its relation with the one and the two.
This text is based on the way in which the authors conceive the bond. Emphasizing the logical and chronological priority of the one in the constitution of the bond they discuss with those authors which raise the idea that the bond is constituted with the two.
Keywords: Familiar bond, bond and repetition, bond and difference, bond and narcissism, bond and the unconscious.
Resumen
El vínculo (familiar): su relación con el uno y el dos.
Este texto está basado en el modo en que los autores conciben el vínculo.
Enfatizando la prioridad lógica y cronológica del uno en la constitución del vínculo discuten con aquellos autores que plantean que el vínculo se constituye con el dos.
Palabras clave: Vínculo familiar, vínculo y repetición, vínculo y diferencia, vínculo y narcisismo, vínculo e inconsciente.
ARTÍCULO
EL VÍNCULO (FAMILIAR): SU RELACIÓN CON EL UNO Y EL DOS
RODOLFO MOGUILLANSKY, SILVIA NUSSBAUM[1]
Introducción
¿Por qué este texto? Cada trabajo tiene sentido en un contexto dado y pone en juego ideas que a su vez entran en relación con otras que circulan en ese contexto.
Este escrito fue originalmente preparado como una ponencia para el Panel “El vínculo, distintos modelos” en el seno del 4° Congreso Internacional de Psicoanálisis de Pareja y Familia convocado por la AIPPF que tuvo lugar en Buenos Aires en julio del 2010[2]. Su contenido estaba dirigido a psicoanalistas que trabajan con parejas y familias y tiene a esos psicoanalistas como interlocutores, sabiendo que en ese nicho tenemos coincidencias y diferencias sobre cómo pensamos esa práctica, lo que se evidenciaba en el título que enmarcaba el panel: “El vínculo, distintos modelos”.
Aquella ponencia tenía dos propósitos, por un lado intentaba dar fundamento sobre cómo nosotros pensamos el vínculo y por otro exponer qué diferencias tenemos con otras concepciones – acerca del vínculo – que circulan entre los psicoanalistas vinculares.
Respecto del primer propósito si bien, para los que participamos en el Congreso, los abordajes desde el psicoanálisis con parejas y familias ya son parte del psicoanálisis y hoy tienen olor rancio las polémicas acerca de si estos nuevos encuadres debieran ser considerados psicoanálisis aplicado o si son una ampliación de las fronteras en las que opera el psicoanálisis, no por eso no tenemos que hacernos cargo de fundamentar los nuevos términos teóricos que dan cuenta de esta clínica y en cuanto al segundo propósito también es una tarea dar respuesta a las discusiones que tenemos entre nosotros sobre los términos teóricos que la fundamentan.
En este texto, que ahora va dirigido a lectores de la revista de la AIPPF, psicoanalistas interesados en la clínica vincular, un público similar al que asistió al Congreso, decidimos conservar el espíritu de la ponencia, sólo haciendo cambios de estilo para adecuarlo para un artículo destinado ahora a ser leído. No hemos querido tampoco cambiar la modalidad con la que fue inicialmente escrito, un texto con pocas citas, que para los interesados en las fuentes de lo que decimos remitimos a notas finales.
Entrando en tema, sabemos que desde el punto de vista teórico, el abordaje psicoanalítico de parejas y familias puso en tensión los paradigmas que sostienen el edificio conceptual del psicoanálisis. En nuestra perspectiva esa tensión, dada por la necesaria redefinición de los términos teóricos que traían los nuevos encuadres, no tenía que resolverse dejando de lado lo que define al psicoanálisis: el inconsciente, la repetición, la transferencia. Sin embargo tampoco podíamos trasladar sin transformación el armazón conceptual con el que trabajamos con un paciente individual. Una de las cuestiones que nos ha sido impuesta desde estas ampliaciones es la tensión creada por la divergencia entre las significaciones inconscientes que se generan en cada sujeto, como las contempladas en la primera tópica, y aquellas que lo determinan, también de modo inconsciente, desde sus inclusiones grupales, tanto familiares como sociales. Se tuvo que repensar entonces con qué noción de inconsciente y de narcisismo se iban a fundamentar esos nuevos encuadres. Llevó a discutir los efectos de lo inconsciente en los conjuntos, si la pertenencia a un conjunto conlleva la tarea de redefinir el narcisismo como también la necesidad de teorizar nuevos términos.
En esa tarea tuvo y tiene especial importancia – para los que trabajamos en psicoanálisis vincular – cómo conceptualizar, desde el psicoanálisis, la noción de vínculo.
Sugerimos que para construir un universo conceptual común en el proceso de inclusión de la noción de vínculo dentro del psicoanálisis, es importante mantener las diferencias entre las nociones de representación, relación de objeto y vínculo.
Esto lo decimos porque estas nociones iluminan distintos aspectos, todos ellos necesarios para comprender a nuestros pacientes. Como un primer comentario señalaríamos que la noción de representación es coexistente con el nacimiento del psicoanálisis, y en cambio las nociones de “relación de objeto” y de “vínculo”, surgieron de la necesidad del psicoanálisis de dar cuenta, no sólo del “sujeto de la pulsión” sino también, a través de la de “relación de objeto”, de las relaciones que tiene el yo con el objeto, y con la de vínculo incluir lo que se establece desde cada yo con otro yo, esto es un lazo, un vínculo entre sujetos.
Creemos que coincidiríamos en que no tenemos un acuerdo sobre cómo demarcamos cada uno de estos conceptos, pero nos importa establecer que cada una de estas nociones son diversas, que en nuestra mirada no debiéramos concebirlas como mutuamente excluyentes, ya que iluminan distintas áreas de nuestra vida psíquica[4]. Sugerimos entonces que no debiéramos perder las diferencias entre ellas y subsumirlas en un único concepto, Por razones de espacio no nos ocuparemos ahora de distinguirlas y nos centraremos en cambio en cómo concebimos el vínculo, en particular de la versión que da cuenta de lo que ocurre en la sesión psicoanalítica vincular.
Al circunscribirla de este modo dejaremos de lado lo que se ha escrito sobre el vínculo primitivo, el vínculo entre la madre y el bebé, el vínculo entre los padres y el infans, los vínculos L, H y K, etc.
Nuestro nicho serán los vínculos entre adultos y distinguiremos en ellos entre el “vínculo con otro en un marco social”[5] y el “vínculo familiar” y dentro de este tendrán un especial lugar nuestras consideraciones sobre el vínculo de alianza.
Pensamos que para construir un corpus teórico sobre el “vinculo familiar” necesitamos concebir la existencia de un lazo diferente en la familia del que rige en el espacio social no familiar. La familia, si bien es parte esencial del orden social, es una organización con una complejidad propia, con una legalidad diferente de la que rige en los otros lazos sociales, en la que se cruzan diversos tipos de vínculos con prescripciones y proscripciones diferentes.
Sabemos que respecto de la noción de vínculo, tampoco hay una coincidencia en como la definimos ni a que nos referimos con ella.
Para encuadrar mínimamente el tema diríamos que creemos que coincidiríamos en concebir al vínculo (familiar) como un conector que transcurre en la intersubjetividad, y que este conector da origen a representaciones mentales inconscientes por efecto de estar en un vínculo y que entonces pensamos en una marcha bidireccional de la causalidad inconsciente; las determinaciones inconscientes no sólo provienen del inconsciente singular, como la había sugerido inicialmente el psicoanálisis; al incorporar la noción de vínculo, también cada sujeto está determinado de modo inconsciente por pertenecer a un vínculo. A partir de esta elemental coincidencia tenemos diferencias de matices.
En tren de dar una grilla de esas diferencias podríamos decir, en una muy esquemática clasificación, que los modelos difieren tomando como eje su relación con lo inconsciente entre los que incorporan la noción de vínculo sin una modificación sustancial de las clásicas formulaciones del inconsciente y del narcisismo15; los que sin suponer un locus inconsciente, más allá del inconsciente individual teorizado por Freud, proponen la existencia de procesos vinculares que tienen efectos inconscientes en el seno del vínculo y a la vez reconsideran las clásicas conceptualizaciones del narcisismo a la luz de lo que trae de nuevo el vínculo[6]; los que piensan en la existencia de una estructura u organización inconsciente intermediaria transindividual17; los que piensan el origen del vínculo como un modo de resolver el desamparo originario[7]; los que han enfatizado en el vínculo el papel de lo nuevo, del acontecimiento, separándose de las nociones de repetición, y por consiguiente de las de causalidad histórica y de las enunciadas por Freud en torno a la noción de inconsciente[8] y los que cuestionan la noción de vínculo[9].
Entre todos estos matices, en esta oportunidad, nos vamos a centrar en la cuestión de la relación de la noción de vínculo con el uno y el dos.
Hacemos esta elección, por sobre otras, porque creemos que pensamos que en esta cuestión se ponen en discusión los fundamentos del psicoanálisis.
Nuestra perspectiva acerca de la noción de vínculo y su relación con el uno y el dos.
En este texto queremos exponer entonces cómo concebimos la relación del vínculo (familiar)[10] con el uno y el dos desde el psicoanálisis[11].
Hacemos esta elección porque en nuestro modelo de vínculo y en el modo en el que concebimos el sufrimiento que habitualmente motiva la consulta familiar – al que nos referiremos como “malestar en el vínculo” – está implicada la cuestión del uno y del dos.
1.- Cómo es una familia en esta época y en el espacio geográfico delimitado por lo que se suele llamar Occidente
Necesitamos ahora, para fundamentar nuestra elección, decir dos palabras sobre qué es una familia para nosotros, en este tiempo – finales del siglo XX y comienzos del XXI – en el espacio geográfico de Occidente. En nuestra exposición sobre el vínculo (familiar) tomaremos como referencia esta configuración familiar[12].
Hacemos la aclaración porque partimos de la premisa que la familia no ha sido la misma en diferentes épocas y que no es igual en las diversas culturas y espacios geográficos. En el siglo XX, en Occidente, se “inventa” una nueva pareja y una nueva familia, la llamada “pareja y familia moderna”[13].
Esta nueva pareja y nueva familia, a diferencia de las formas previas, se funda y su fundación se apoya en la creencia que lo que los ha unido, que lo que los ha constituido como conjunto, es “el amor recíproco” que tienen entre ellos.
Este fundamento fundacional – de este novedoso vínculo moderno – establece una profunda discontinuidad entre la familia nuclear y la familia extensa.
2.- Los momentos fundadores del vínculo
Desde la anterior caracterización proponemos que para comprender el funcionamiento emocional de la pareja o la familia moderna – y también el de las familias posmodernas – es necesario tener en cuenta los “enunciados de fundamento” establecidos por los momentos fundadores de “lo conjunto familiar”. Esos momentos, si bien son originarios, no debemos conjeturar que aludan a un “hecho” o “hechos reales”, son, en cambio, el resultado de “una construcción” que hace el mismo conjunto familiar. Por ello, esos momentos fundadores, aunque así lo presuman, no dan cuenta de una realidad material de lo que ha pasado para instituir ese vínculo aunque las familias construyan historias que reivindican ese “origen” como si hubiese ocurrido. En rigor, ese origen construido, funciona como si hubiese sucedido a la hora de producir efectos en el conjunto que los ha tomado como originarios.
Los momentos fundadores del vínculo implican, para los que lo crean, un nuevo paso en la constitución narcisística de su subjetividad, ya que la creación de esa nueva pertenencia – que tiene sus cimientos en la creencia compartida, enamoramiento mediante, que entre ellos se ha consumado el “amor recíproco” -, los modifica, instituyendo en ellos una nueva subjetividad. Esa supuesta consumación del “amor recíproco” se apoya en que sienten que en el enamoramiento se produjo “un encuentro con un gemelo o un complementario” lo que da como resultado que crean que tienen “la ilusión de tener la misma ilusión”. A poco andar los enamorados se enamoran de esa ilusión. Sienten amor por esa “ilusión”.
Este “encuentro” da las bases para inaugurar y cimentar un “imaginario común”25, basado en la premisa que entre los dos hacen “Lo Uno”26, cimiento que luego compartirán con la familia que advendrá y dará las bases del imaginario común al que denominamos “imaginario familiar”27, que los constituirá como conjunto. Estamos dando a “lo imaginario” un papel estructurante”28. Bajo esa premisa se supone que en la pareja – ladrillo inicial de la posterior familia -, se ha podido articular el amor con la sexualidad y entonces se podrá “arribar a la felicidad”, premisa que luego es extendida a las bases que regirán el imaginario familiar.
Forma parte de la mentalidad de la modernidad que si hay suficiente amor en la familia habrá felicidad, lo que da como resultado que para esa mentalidad la búsqueda de felicidad sea un objetivo sensato para nuestras vidas[14].
Los miembros de cada conjunto familiar consolidan las bases de ese “imaginario familiar” “construyendo una historia” a la que pertenecerán y con la que guardarán solidaridad. Esta historia no es neutral, está apoyada en “los enunciados de fundamento” que signaron su origen que, con la fuerza de un dogma[15], despliegan una narrativa que afirma: “cómo es el vínculo”, “qué ejes axiológicos lo rigen”, “qué es razonable y qué no lo es” y delimita para esa familia “qué es mundo y qué es inmundo”[16]. Esa historia familiar además es siempre contemporánea aunque parta de una clave de un “pasado originario”. Es contemporánea porque ese mítico origen que presumen tener es el que hace “inteligible” lo contemporáneo y se mantiene mientras siga cumpliendo con la función de ser el origen de lo que es esa familia, una historia del “pasado” que explica cómo es “la familia actual”.
3.- La subjetividad instituida por la creencia de ser parte de “Lo Uno”
La creencia de ser parte de “Lo Uno” se plasma en:
- una historia en común: la creencia de ser parte de una misma (y única) historia, que se expresa en relatos conjuntos de los que finalmente nadie puede asignarse autoría
- la creencia en la participación de un mismo mito de origen: la creencia en una escena original en común que suelen contar en conjunto para dar cuenta del mítico origen, ese en el que ellos creen que comenzó la pareja y la familia[17]
- la creación de un mismo juego de lenguaje[18]: el juego de lenguaje aporta sobreentendidos comunes, que suelen tomar la forma de “una jerga”[19].
4.- El momento fundador está presupuesto en el malestar en el vínculo.
Nos resulta convincente lo anterior porque en el “malestar en el vínculo” está presupuesto un momento fundador. Esto lo decimos porque el malestar no suele ser concebido como propio del vínculo ni tampoco como algo inherente a él siendo entonces juzgado como ectópico, como una malformación que se ha agregado a la vida de la familia, algo que no condice con la convicción que suele regir en el “imaginario famliar” que enuncia que si el vínculo funciona bien debiera reinar la armonía y no debieran sufrir o tener conflictos[20]. La consecuencia de esta casi generalizada creencia es obvia: si hay malestar, algo funciona mal – ha habido una mala acción -, lo que suele determinar que ante el “malestar en el vínculo”, los miembros del mismo suelen dar “una explicación acusatoria” que explica por qué este malestar ocurre36. El malestar entonces es frecuentemente acompañado por irritación y fuertes enojos que toman la forma de reproches37. Suele estar implícito en los reproches que intercambian ante la aparición del malestar que, de no haber mediado “una mala acción que lo produjo”, no lo estarían sufriendo.
Esta “explicación/reproche” presupone entonces un bienestar anterior perdido, un “estado previo de gracia” que se apoya en la creencia compartida entre los integrantes del vínculo que, si es que son una buena pareja o una buena familia, “debieran sentir complicidades sincronizadas y expectativas de mutuas reciprocidades” tales como las que se ilusionaron tener con las fantasías fusionales de complementariedad o gemelaridad, que los constituyó como conjunto. Refuerza nuestro punto de vista que, en concordancia con esa creencia, se suele concebir al malestar vincular como un fracaso, como la evidencia del daño que han hecho al vínculo que los llevó a perder el “Edén”. En virtud de este supuesto, el malestar vincular además del sufrimiento propio que conlleva el estar en malos términos con alguien próximo y significativo, está potenciado por el dolor de haber fallado. En nuestra clínica escuchamos este fondo, tanto por los que creen haber tenido este “estado de gracia inicial”, como por aquellos que, aunque creen no haberlo experimentado, sin embargo lo tienen como referencia, como algo que debió haberles pasado y les faltó.
5.- ¿Qué relación proponemos que hay entre vínculo y repetición?
La concepción que proponemos sobre la clínica vincular, por el modo en que concebimos como se instituye el vínculo, toma fuertes bases en la noción de repetición, aunque con cambios respecto de nuestros esquemas clásicos ya que presuponemos que las determinaciones inconscientes que fundamentan la repetición no se cierran con el final del Complejo de Edipo.
No sólo asistimos a la repetición de patrones infantiles sino también a lo determinado por posteriores momentos de estructuración narcisista, en especial aquellas nuevas estructuraciones que surgen al instituir nuevos vínculos.
La fundación de la pareja es un nuevo momento de estructuración narcisista al que se supone, como a toda estructuración narcisista, consistente.
La consistencia de esta estructuración será puesta una y otra vez en jaque lo que dará lugar a su inevitable inconsistencia.
6.- ¿A quién escuchamos?
Apoyados en los anteriores presupuestos, nosotros, como psicoanalistas, en la consulta vincular centramos nuestra escucha, en la familia que existe debido a la creencia compartida de los individuos que la constituyen en la existencia de esa familia, existencia que es vivida por cada uno de los miembros como una realidad trascendente y no como la mera reunión de los individuos que la componen.
Cuando atendemos a una pareja o a una familia estamos entonces con sus integrantes y además con la institución que constituyen y el singular imaginario que han instituido. Desde esta perspectiva ponemos el foco de nuestra escucha no sólo en la relación que tienen entre sí, desde su singular realidad psíquica, sino también la que tienen con “la realidad psíquica conjunta”38 instituida por el “imaginario familiar” al que sienten pertenecer y con el que interactúan.
En el “imaginario familiar” tiene lugar un sistema de creencias conscientes e inconscientes que basadas en una lógica identitaria instituyen un paradigma[21], una mentalidad40, un mismo “sentido común”41.
7.- El imaginario familiar está regido por una mentalidad basada en una lógica identitaria.
Decimos que en el imaginario familiar impera una lógica identitaria porque ese imaginario tiene una de sus bases en que cada integrante del conjunto cree que en ese imaginario común comparte un mismo “sentido común”42 basado en un mismo sistema axiológico, o al menos tiene a ese sistema como referencia para apoyarlo o contradecirlo. Este “sentido común” recorta un “universo finito y abarcable” dentro de un “universo infinito e inabarcable”43 y define “qué es la realidad” de acuerdo a la mentalidad establecida en el vínculo.
8.- Una tipología familiar basada en los modos de concebir Lo Uno en el imaginario familiar.
Como ya dijimos, lo que hemos estado exponiendo no vale para todas las familias, sólo vale para aquellas familias instituidas en torno a los valores de la modernidad, valores que también suponemos válidos para la mayoría de las configuraciones familiares de la posmodernidad. Distinguimos, dentro de estas familias, a los efectos de la posibilidad de procesar diferencias que permitan concebir el dos, tres modalidades distintas de acuerdo al lugar que ocupa Lo Uno en el imaginario familiar:
- familias que no han podido constituir Lo Uno y que entonces sufren por no poder mantener una ilusión que de fundamento de pertenencia a ese conjunto.
- familias que han instituido un imaginario basado en enunciados de fundamento de lo conjunto – Lo Uno – que no pueden ser relativizados.
- familias que luego de constituir Lo Uno pueden relativizarlo pero al hacerlo sufren por no poder sostener la ilusión fundante, lo que las lleva a peculiares modos de procesar la desilusión.
En esta exposición dejaremos de lado:
a- las familias en las que no se ha podido fundar Lo Uno, porque en ellas no se dan condiciones de posibilidad de concebir el dos44.
En estas familias la diferencia lleva a la fragmentación,
b- las familias que han instituido Lo Uno pero que no tienen la posibilidad de concebir diferencias entre el imaginario familiar y lo instituido en cada miembro de la familia[22]. En estas últimas familias toda diferencia es parte de “lo inmundo”, de aquello a lo que no se le reconoce posibilidad de ser parte de la realidad compartida[23].
En el tercer grupo de familias que hemos recortado, de las que sí nos vamos a ocupar, cada miembro de la familia mantiene una relación compleja con los otros sujetos de ese vínculo y con el imaginario que comparten. Nos interesa enfatizar que en estas familias tampoco suele ser sencillo concebir, dar hospitalidad[24] al dos. Corroborándolo, es moneda corriente que compartir una historia en común, tener la ilusión de haber participado de un mismo “mito de origen” y ser usuarios de un mismo “juego de lenguaje” condiciona y recorta un intercambio, de acuerdo a los códigos instituidos en el vínculo, al que se suele considerar “normal”. Esta “normalidad” sanciona el apartamiento de la misma como la ocurrencia de algo inusual, algo raro, o al menos algo que los deja perplejos. Incluso la falta de adecuación suele ser codificada como un índice de falta de cordura.
9.- Lo Uno, una aleación de contradicciones
Sin embargo, en estas familias pese a su anhelo de preservar “la ilusión de tener la misma ilusión”, de preservar la creencia de que son parte de “Lo Uno”, pese al anhelo de homogeneidad y armonía, tienen que lidiar con diferencias porque “Lo Uno”, que fundamenta su imaginario, es una aleación de contradicciones y equívocos.
10.- La desilusión provocada por la diferencia no lleva necesariamente a concebir el dos.
La diferencia no adquiere fácilmente el carácter de tal, ya que en lugar de ser admitida suele provocar desilusión. Por ello en lugar de concebir que son dos se preserva “Lo Uno”, categorizando la diferencia como una desilusión que tiene origen en lo que se concibe como una falta, una ausencia, un estorbo, un retardo, un desencuentro, una infidelidad, una falta de lealtad, un accidente. Todas estas situaciones alteran una continuidad ilusoriamente posible, una continuidad en la que debiera reinar “Lo Uno”.
11.- El procesamiento en el vínculo familiar de la ruptura del orden sancionado por Lo Uno
En estas familias, que ante la ruptura del orden sancionado por “Lo Uno” no recurren al repudio de las diferencias como sucede en el segundo grupo de familias, solemos observar una amplia gama de respuestas dadas por las diferentes capacidades que tiene este grupo de familias de absorber la ruptura. En ellas ante el inevitable conflicto y la aparición de diferencias, si bien se abre la posibilidad del dos, en la clínica generalmente asistimos a una lucha por la insistencia en la persistencia de “Lo Uno”.
Esta insistencia en oportunidades se hace evidente por la aparición de un “buen portavoz” que suele enunciar una única teoría explicativa de “un origen”, una “historia oficial”, que dice como se originó el bienestar y el malestar, asegurando con su discurso la continuidad de la mentalidad hegemónica.
Si el conflicto no logra ser expulsado o eclipsado por el “buen portavoz”, el procesamiento en el conjunto familiar del “malestar en el vínculo” – que sigue intentando preservar la lógica de “Lo Uno” -, circula esquemáticamente bajo dos formas (que muchas veces se superponen parcialmente) y en oportunidades se agrega una tercera:
- el intento de recomponer la situación inicial, tramitado habitualmente a través del reproche[25]
- el desdibujamiento del conflicto tramitado a través de la pérdida de complejidad vincular, que se da por el establecimiento de una mayor distancia y reducción de intercambios entre los miembros del vínculo[26].
- la unión ante el malestar, una tercera vicisitud que se apuntala en la expulsión del malestar fuera de la familia. No siempre el malestar hace titilar la pertenencia al vínculo, en oportunidades incluso puede consolidarla, uniéndose todos ante la desgracia y así se dice “uno para todos, todos para uno”. Cuando así ocurre también se siente que se pone a prueba la pertenencia: “en las malas se sabe quienes son los amigos”. En este tercer camino se intenta restaurar Lo Uno desechando fuera del mundo lo que no condice con la mentalidad vigente[27]. Esta consolidación es menos frecuente que ocurra cuando el malestar se debe a alguna desilusión por actitudes o conductas que revelan que un miembro de la familia no ha tenido en cuenta los ejes axiológicos que fundamentan la pertenencia a lo conjunto.
12.- Cómo se genera el dos.
Si ante la aparición de la diferencia que clausura la ilusión de Lo Uno, el vínculo no se rompe, los miembros del mismo suelen transitar por un sendero no exento de violencia.
Para dar una nota de color diríamos que los que tenemos tránsito por la clínica vincular, hemos escuchado más de una vez al asistir a una pareja o a una familia, aún en aquellas que suponemos tienen amplitud de criterios y recursos para procesar las diferencias, un diálogo como el que sigue:
- “Decí la verdad, no mientas, porque sino esto no tiene sentido”.
- “Yo digo la verdad, sos vos el que no dice la verdad. Vos falseas las cosas y decís que yo estoy mintiendo”
- “¡Qué no estás mintiendo! ¡qué caradura sos! Bueno Doctor, si estamos acá es para decir la verdad. Y usted doctor no me venga con eso de que cada uno lo ve con el cristal con el que mira. Eso tiene un límite. Los hechos son los hechos, así que dejemos de filosofar”51
En este fragmento, pintado con trazo grueso, vemos a los miembros de un conjunto vincular operando con una única verdad, con la convicción de que hay una comunión entre verdad y realidad y suponiendo que “la realidad” les dará acceso a “la verdad”[28]. Es importante advertir que para cada uno de ellos hay una “unica verdad posible”, una “unica realidad”.
Sugerimos entonces que en la clínica vincular asistimos frecuentemente a esta “realidad clínica”, en la que los que participan en el vínculo, imbuidos por la pasión que suele reinar en las relaciones íntimas, creen “ver la realidad”. Esta clínica no se compadece con lo que desde nuestra reflexión teórica conocemos o sabemos: que no todos pensamos de la misma manera, que a nuestro modo de pensar no subyace una igual lógica53, que no sentimos de modo idéntico cuando nombramos con la misma palabra un determinado sentimiento54.
Haremos ahora un intento esquemático y lineal para graficar cómo se generan condiciones de posibilidad para el dos en el diálogo vincular. En este recorrido partimos de la premisa que en el vínculo“, cuando el intercambio está apoyado en la lógica de “Lo Uno”, circula un discurso en el que suponen y sostienen la creencia en un mismo modo de entender y de “entenderse”. En este “entenderse” predominan los sobreentendidos.
La relación, sin embargo, inevitablemente los confronta con lo insostenible del sobreentendido – tienen que lidiar con un vínculo en el que se produce desilusión por no poder ser parte de “Lo Uno”, no pueden seguir sosteniendo que tienen la ilusión de tener la misma ilusión -, no tienen un mismo modo de entender (así dicen ¡no nos entendemos!).

La desilusión provocada porque no tienen un mismo modo de entender es vivida como malestar y a causa del mismo en el discurso advienen reproches con argumentos contradictorios, mutuamente excluyentes. Este tipo de intercambio crea una secuencia en la que mediante la eliminación de una de las versiones se intenta salvar que siguen siendo Lo Uno, aunque esto implique que alguno de ellos deba ser excluido como “no realista”, “no cuerdo”, “malintencionado”, etc.
A los reproches suelen subyacer malentendidos de los que se derivan las diferentes atribuciones de sentido que hace cada uno acerca de cuál es la “realidad” o “el verdadero modo en que debiera entenderse el sobreentendido que creen tener”.
La eventual toma de conciencia de no compartir una misma realidad, que se evidencia en el discurso en un darse cuenta que en el sobreentendido hay un malentendido, hace eventualmente posible que conciban y enuncien hipótesis vinculares causales habitualmente opuestas. Este es un difícil logro que implica la contención de la violencia ocasionada por el reconocimiento que no hay una “única realidad” y que lo que enuncian son dos versiones opuestas, no contradictorias.
Las versiones opuestas pueden convivir en un mismo universo discursivo. Las versiones contradictorias en cambio son mutuamente excluyentes.
La aparición en el discurso de hipótesis vinculares permite estructurar oposiciones que configuran un “conflicto vincular”. El conflicto vincular implica la presencia de versiones opuestas no contradictorias. Hasta aquí se despliega un intercambio signado por hipótesis causales. La eventual suspensión de la causalidad (una capacidad negativa)55 es la condición de posibilidad que permite que los integrantes del vínculo puedan concebir que el otro no es alguien que se opone al propio deseo, que es en cambio “un otro al que no se entiende aunque se lo quisiera entender”. Este estado es un estado de máxima alteridad ya que entonces son dos en el vínculo, dos que no se entienden pero que se quisieran entender.
Para poder concebir este último estado al que llamamos “estado vincular” – un estado en el que se convive con otro al que no se entiende y que se desea entender -, hace falta “confianza”. La “confianza” implica el sentimiento y/o la creencia de que el otro del vínculo tendrá un deseo o aspiración equivalente. La “confianza” da bases para que el desencuentro sea vivido, vivenciado, experimentado como un encuentro, un encuentro de dos.
La argamasa entonces con la que se amasa en el vínculo esa capacidad negativa es la “confianza”: confianza que pese al desencuentro no se pierde el deseo de encontrarse.
La confianza preserva el deseo de encuentro si se tolera el sufrimiento y el dolor mental por:
- el desconocimiento mutuo y
- la inconsistencia del lazo que los une.
Ese deseo de encuentro se sostiene si se tiene confianza que los dos padecen de esta falta de significado, que los dos padecen ese desconocimiento mutuo, ese lazo inconsistente y sin embargo siguen deseando encontrarse.
La confianza, en tanto preserva ese deseo crea las condiciones de posibilidad para concebir un encuentro en el desencuentro, un encuentro entre ajenos, un encuentro no fusional. En este desencuentro aunque se haga cierta la frase de Lacan (1968) “Il n´y a pas de raport sexuel” (que puede traducirse como que no hay relación sexual, o no hay proporción sexual en la pareja, o no hay reciprocidad en el amor), se crea una sensación de encuentro en esa imposibilidad. En ese encuentro en el desencuentro hay que tolerar el malestar ante lo fallido del intento de “restaurar la fractura de la consistencia narcisista del vínculo”.
Este encuentro en el desencuentro da bases emocionales para concebir que no se comparte una misma realidad, que hay muchas realidades, que la única verdad no es la realidad, que hay muchas verdades, que más de un versión subyace a los sobreentendidos, que el juego de lenguaje es sólo un acuerdo, que un encuentro totalizante es imposible.
Con la suspensión de la causalidad que había sido formulada en el reproche no prosigue la lucha acerca de cuál es la buena versión de lo sobreentendido, lucha que transformaba a las otras versiones en erradas y en ocasiones malintencionadas; no hay en este estado una sola versión que al ser excluyente de las otras impida la posibilidad emocional de un universo común
Llamamos a ese estado “estado vincular”, porque en él es dónde, a nuestro juicio, adviene la posibilidad de concebir el dos. En ese estado las palabras adquieren el carácter de significantes, pierden el significado unívoco, son palabras que pueden tener otro significado en el otro.
El estado vincular permite la emergencia de un estado emocional que supera el reproche y que lo sustituye al contener la desilusión por la ajenidad del otro. En el estado vincular el sufrimiento por la ajenidad se siente compartido, se siente confianza que se trata de un dolor compartido. Cuando así ocurre la ajenidad puede ser experimentada como fuente de encuentro, ya que en la soledad de la ajenidad se siente confianza en el deseo del otro de encontrarse en ese desencuentro; son dos sujetos – en el estado vincular – que pueden tolerar compartir el desconocimiento mutuo. En los estados vinculares se crea un encuentro entre dos ajenos, un encuentro no fusional, que diferenciamos del encuentro que tomando bases en el enamoramiento fundó el vínculo sobre la premisa fusional de Lo Uno.
13.-El encuentro en el desencuentro no es un estado sustentable en el tiempo
El estado de encuentro en el desencuentro no se suele estabilizar, trae mucha ansiedad que se intenta saldar generando un proyecto compartido.
14.- El encuentro en el desencuentro precipita “proyectos”
En tanto en el estado vincular se han creado condiciones de posibilidad para remodelar los paradigmas hasta entonces vigentes, el nuevo proyecto, un proyecto fusional, puede eventualmente basarse en un zócalo distinto del que los unió al instituir el vínculo. El proyecto es un modo de recuperar “Lo Uno” que tiene la ventaja de poner en el futuro la premisa que sostiene lo común.
El proyecto implica una nueva versión más compleja del encuentro fusional. El proyecto si bien reinstala Lo Uno lo hace en nuevo nivel de complejidad.
El proyecto permite que algunos aspectos del mundo vincular se organicen buscando estabilidad, colabora en el rearmado de un establishment que provee seguridad en tanto relanza la ilusión de mundo compartido. El proyecto tiene, en ese sentido una función continente. Sin embargo la seguridad que proveé el proyecto es nuevamente jaqueada, ya que el proyecto no puede sostener incólume lo establecido, los sentidos compartidos en el vínculo son siempre inconsistentes y demandan un permanente trabajo vincular.
15.- El vinculo, alterna entre el uno y el dos
Terminaríamos diciendo que la emocionalidad en un vínculo en su mejor rendimiento es alternante, pulsátil.
Las experiencias de encuentro en un vínculo, en las que se puede concebir el dos, son siempre transitorias, no pueden ser sostenidas por la ansiedad que producen.
Algunos aspectos del mundo vincular, para contrarrestar esta ansiedad, se organizan buscando estabilidad, conforman un establishment que tiene una función continente proporcionando una ilusión de seguridad.
No es posible sostener incólume lo establecido. Todo establishment es inconsistente. El vínculo requiere trabajo vincular para lidiar con esa inconsistencia.
Una breve discusión sobre la primacía del uno o deldos en la constitución del vínculo
En el apartado anterior hemos expuesto de modo esqumático como concebimos el vínculo, como presuponemos que – el vínculo – se constituye en base a la ilusión de lo Uno y como concebir en su seno la alteridad, el dos, es una vicisitud que demanda trabajo vincular. También nos hemos extendido en sugerir que el establecimiento de diferencias que permiten un insight sobre la alteridad del otro, el dos, es altamente inestable y nunca se la alcanza de modo definitivo. Es por eso que postulamos que en el vínculo se transita por diferentes estados, fusionales y no fusionales. Por supuesto que nuestra descripción es una construcción posible y no supone acceder a una verdad ontológica, a la “esencia del vínculo”[29].
Circulan en nuestro medio otras “definiciones operativas” sobre que es un vínculo. En este punto nos interesa especialmente, para discutir el tema del “uno y del dos”, la que han acuñado Isidoro Berenstein y Janine Puget cuando plantean que “hay vinculo” cuando “se produce una diferencia”, lo que implica reconocimiento de la alteridad[30]. En esa definición el vínculo comienza con el dos y no hay vinculo en “lo Uno”. Este punto de vista es solidario con el nuevo giro teórico que han tomado estos autores, quienes desde hace unos años, insisten en el papel de lo nuevo, del acontecimiento, de lo no previsible, de la prevalencia del hacer sobre el repetir que se acompaña con un cuestionamiento radical de todo determinismo o causalidad, enfatizando que lo que vincula es la producción de diferencias entre los individuos entre sí en el seno del vínculo y con el espacio social. En esa línea acentúan que la complejidad del mundo social, la pertenencia social y las subjetividades que se van creando, determinan espacios heterólogos que no se articulan armoniosamente. Proponen que en las relaciones entre dos o más personas hay una imposibilidad de determinar tanto el destino de la relación como el comportamiento de los sujetos a partir de una determinación psíquica. Con la proposición de que hay una imposibilidad de explicar el comportamiento de los sujetos a partir de una determinación psíquica lo que quieren poner en cuestión es toda idea de repetición. En la perspectiva que postulan es también imposible determinar la manera de constituirse la subjetividad en el espacio psíquico de cada uno a partir de lo que sucede en el del otro. Es también imposible determinar a partir de la constitución subjetiva de los sujetos cómo se producirá el encuentro entre ellos y cómo será la relación. Así se alejan de la noción de repetición y de la de determinismo psíquico freudiano, esto es de la determinación inconsciente. Enfatizan en cambio, en la vida vincular, la imposibilidad de contactar con la ajenidad del otro. Para ello critican la idea de que en el encuentro con el yo del otro se active un juicio de atribución y un juicio de existencia y proponen en cambio que en el encuentro entre dos alteridades se produce algo no reductible a la identificación. Critican en esa línea toda formulación que ponga en juego la representación y enfatizan lo que produce la presencia. De esta modo toman partido por las diferencias que se producen en el aquí y ahora (hic et nunc), por lo nuevo que se genera en el encuentro afirmando que toda referencia a un reencuentro es defensiva ante eso nuevo que ocurre. En su crítica a todo determinismo no acuerdan desde sus nuevas posturas hacer derivar la subjetividad social del complejo familiar. También critican y proponen revisar el concepto de transmisión transgeneracional (la historia se repite) que han propuesto Abraham y Torok, cuestionan su supuesta linealidad y proponen confrontarla con la transmisión aleatoria.
Estos planteos de Berenstein y Puget han traído, a nuestro juicio, una interesante reflexión respecto del papel de lo nuevo y de los excesos que se han cometido con concepciones que se asientan en determinismos lineales.
Creemos, sin embargo que, en ese intento, corren el riesgo de perder el papel, a nuestro juicio esencial, del determinismo inconsciente y de la repetición para construir una noción psicoanalítica del vínculo.
También pensamos que no da cuenta de la realidad clínica que observamos en la consulta psicoanalítica. Las parejas, las familias, consultan por un “malestar en el vínculo”. Generalmente no solemos observar templanza ante el malestar que motiva la consulta. Suele reinar en cambio la hostilidad el desagrado, porque el malestar suele ser concebido como una interferencia en una continuidad ilusoriamente posible.
Los integrantes del vínculo, al caracterizar el malestar como una interferencia en el devenir de lo que suponen debiera o no debiera ocurrir, suelen juzgarlo como impropio del vínculo, como algo no inherente a él, como una malformación que se agrega a la vida de la pareja o la familia, en fin lo consideran ectópico. Esa caracterización tiene su razón de ser, en que en el imaginario familiar que se instituye se suele presuponer que se puede lograr un “sistema de ideas totalizador”, en el que toma barniz de “idea sensata” alcanzar la felicidad. Esto se nos muestra así en la consulta porque aunque las certidumbres de la modernidad han sido cuestionadas por Heisenberg con su “Principio de incertidumbre” o por Gödel con sus “Teoremas de incompletitud” en especial cuando Gödel dice que si se puede demostrar que un sistema axiomático es consistente a partir de sí mismo, entonces es inconsistente, en la constitución de la pareja en la modernidad, aunque hayan leído a Heisenberg y Gödel, suponen que si hay suficiente amor en la familia se construirá un sistema totalizador, consistente, siendo entonces la búsqueda de la felicidad en la pareja un objetivo sensato.
Lo instituido por el imaginario familiar plantea cuáles son los bordes dentro de los que se puede tener diferencias. Toda familia se conmueve, aparece malestar, en algunas pocas ocasiones perplejidad, frente a la aparición de una diferencia que pone en discusión los fundamentos establecidos por el imaginario familiar. Lo que suele ser habitual no es la producción de diferencias, lo habitual es la desilusión ante lo que cuestiona el “sentido común instituido en la familia”.
La posibilidad de concebir el dos es sobre la base del cuestionamiento de “Lo Uno”, siempre y cuando este cuestionamiento no rompa el vínculo. Sólo procesamos diferencias, o nos tomamos el trabajo de procesarlas con aquellas personas con las que tenemos un vínculo previo, esto con aquellas que hemos instituido la ilusión de “Lo Uno”. Por eso es que creemos que heurísticamente hay que presuponer una prioridad lógica y cronológica del uno respecto del dos en la clínica vincular para conservar una comprensión psicoanalítica en la que tengan lugar las determinaciones inconscientes, las consecuencias de lo que se estructura narcisísticamente en el vínculo y el papel que a tiene la repetición.
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[1] Buenos Aires moguilla@fibertel.com.ar
[2] Mesa redonda (29 de julio de 2010): ”El vínculo, distintos modelos”. Chair: Serge Arpin (Montréal). Ponentes: Isidoro Berenstein (Buenos Aires): El vínculo como relación entre otros; Rodolfo Moguillansky y Silvia Nussbaum (Buenos Aires): El vínculo, su relación con el uno y el dos; Anna Maria Nicolò (Roma): Le rêve comme inducteur du changement dans la famille et dans le couple.
4° CONGRESO INTERNACIONAL DE PSICOANÁLISIS DE PAREJA Y FAMILIA: “Sufrimiento vincular y sus transformaciones en el psicoanálisis de pareja y familia”
[4] Para mayores precisiones sobre el tema ver Rodolfo Moguillansky, 1999, Vínculo y Relación de objeto. Polemos. Buenos Aires.
[5] Aunque no es el centro de este escrito daremos con unas pocas notas sobre como pensamos “el vínculo con otro en un marco social” y la pertenencia que determina para poder diferenciarlo del modo en que concebimos el vínculo familiar.
Freud (S. Freud, 1912) mostró que los lazos sociales se organizan en el seno de la conformación del vínculo fraterno sobre el presupuesto de la asunción por parte de la fratría del conflicto edípico con la consiguiente prohibición del parricidio, la interdicción del incesto lo que da lugar al pasaje de la naturaleza a la cultura, de la horda al orden social.
El lazo social se produce a expensas de un corte dado por la prohibición del incesto que lo constituye y lo mantiene, guarda estrecha relación con los padres y se nutre de la prohibición hacia ellos dirigida, se sostiene sobre una igualdad deseante interdicta y lleva el sello de la frustración libidinal del deseo incestuoso.
No se trata de un acuerdo generoso; en el mejor de los casos la pertenencia al orden social surgiría a partir de la elaboración de los celos ante la pareja parental como un arreglo narcisista. Su « materialidad » pulsional la constituye la libido homosexual sublimada; por esa razón se dice que “el lazo social” es un vínculo desexualizado, desapasionado en sí mismo, que guarda una estructura obsesivizada.
Aunque para este punto de vista, lo común no está exento de conflicto, sin embargo el lazo social y el consiguiente sentimiento de pertenencia al estar modelizado por el vinculo fraterno solemos definirnos como hermanos en tanto ciudadanos de un mismo país, de una misma institución, y se hace presente en el saber popular que si pertenecemos a lo mismo, somos lo mismo, tenemos los mismos intereses, deseamos lo mismo, tenemos una idea similar sobre “el bien común”, lo que lleva a prescribir la pretensión que no alberguemos sentimientos hostiles dentro de lo conjunto lo que denuncia su raíz narcisista.
[6] El representante paradigmático de este modelo es René Kaës (1989, 1993). Incluiríamos en este tipo de modo de pensar lo que Ezequiel Jaroslavsky (2009) engloba como los desarrollos derivados de Kaës y con apoyos en Bion y Winnicott y llama el “modelo franco-argentino”; Roberto Losso (2001); (Eiguer A., 1983, 1987, 1997, 2006, etc.); etc.
Con diferencias con los anteriores, pero incluido en este tipo de modelos citaríamos a Miguel Spivacow (2005); Hector Krakov (2009) y nuestra propia contribución. 17 Lo propuesto por Berenstein (1976), a fines de los años setenta, con la Estructura familiar inconsciente (EFI) es el mejor paradigma de este modelo.
[7] Isidoro Berenstein y Janine Puget (Puget, J. y Berenstein, I. 1988) a fines de los años ochenta postularon que todo vínculo se origina en un intento de resolver una falta, una condición de desamparo originario a través del objeto único.
[8] Isidoro Berenstein (2001; 2005; 2007) y Puget (2002; 2004), en nuevo giro teórico, desde hace unos años insisten en el papel de lo nuevo, del acontecimiento, de lo no previsible, de la prevalencia del hacer sobre el repetir. Hacen ahora un cuestionamiento radical de todo determinismo o causalidad y enfatizan la producción de diferencias entre los individuos entre sí en el seno del vínculo y con el espacio social. Julio Moreno (2002) expresa un modo de pensar el vínculo dentro de estas premisas.
[9] La objeción más fuerte a la noción de vínculo provino de la frase de Lacan (1968) “Il n´y a pas de raport sexuel”. Nos extendemos algo más sobre esto en la nota xvii.
[10] No hacemos en esta exposición referencia a cómo concebimos el vínculo en general. Preferimos centrarnos en el vínculo familiar. Los vínculos no familiares requieren otras especificaciones.
[11] Sabemos que, en el modo en que se concibe qué es una pareja o una familia, se privilegian diversas aristas según cuál sea el campo desde el que se la aborde: jurídico, filosófico, religioso, sociológico, antropológico, económico, biológico, ideológico, etc. Nuestra definición no es sobre “la familia” sino sólo sobre la familia desde la ventana que interesa al psicoanálisis.
[12] No pretendemos hacer una teoría sobre el vínculo familiar en general. Nuestra referencia es el vínculo familiar que tiene lugar en nuestra época y nuestro espacio geográfico, una familia estructurada sobre los valores de la modernidad. Sugerimos que las familias posmodernas (en especial las familias ensambladas y las familias homoparentales) también tienen esos valores como referencia. Requiere una consideración separada la noción de vínculo en las familias monoparentales y en el “humano que elige estar solo”, personaje prototípico de la posmodernidad.
[13] La constitución de esta pareja que funda la familia moderna – a diferencia de las formas previas en las que la pareja era concertada por las familias de origen -, se establece mediante una elección amorosa libre. La pareja moderna es la que provocativamente llamó Denis de Rougemont “un invento de Occidente”: una pareja sustentada y nacida de la apasionada ilusión del amor recíproco (De Rougemont, 1958; 1961).
Lo novedoso que caracteriza a este “invento de Occidente” radica en la apoyatura de la pareja y la posterior familia en ese amoroso tejido imaginario basado en Lo Uno. Este amoroso tejido imaginario lo concebimos de un modo similar al modo en que Winnicott describe “el objeto subjetivo” en el que no hay diferenciación yo-no yo (Winnicott, 1971).
[14] Hemos sido criados en la convicción moderna de que la búsqueda de felicidad es un objetivo sensato para nuestras vidas y que en el amor encontraremos la felicidad. Aunque la experiencia parece no condecir con esa aspiración, nuestro funcionamiento emocional personal y familiar suele tener como referencia esa convicción. La esperanza que el amor de pareja puede ser una perdurable realización de la felicidad tiene una enorme fuerza en la modernidad. Esa esperanza se mantiene, pese a que la experiencia no parece confirmarla. Esta no confirmación es subestimada, se la contradice, se la ignora, debido a la fuerza que tiene en la modernidad la representación idealizada del estar juntos en un vínculo de pareja. Esta representación tiene un arraigo generalizado entre los hombres y las mujeres de la modernidad, está viva incluso entre los que participan con el papel de escépticos, lo que explica la supervivencia de esta ilusión que suele tomar la forma de una creencia religiosa en la modernidad. Esa aspiración entonces se convierte en una cuestión de fe, “tiene que ser”, “así debiera ser”, como si su realización fuese del orden de lo natural. En esa línea se “cree” en el amor, se afirma que es “necesario” que exista.
La realización de la ilusión idealizada del amor de pareja perdura en los “enunciados del fundamento” de nuestra cultura y, aunque para algunos grupos pueda resultarle hoy desvaída, sigue teniendo pregnancia para una parte importante de la sociedad.
[15] Llamamos “función dogmática del vínculo” a la función instituyente de un dictum dogmático sobre cómo debe ser el conjunto vincular.
[16] “Hace a nuestra pertenencia a la cultura, que no sólo rechacemos lo repudiado por la cultura, sino que también reneguemos del repudio que hacemos. Esta última frase nos lleva a formular la siguiente pregunta: ¿cuánto podemos consentir en nuestro espacio mental la expresión de hechos, actitudes o deseos de otros repudiados por la cultura?; o poniéndome más tajante, lo que suponemos – desde nuestra pertenencia cultural – que no concierne al orden humano.
Lo radicalmente inaprensible del otro para nuestro yo y lo inaccesibles que somos para el otro, usualmente lo descartamos, lo suponemos como que no es de nuestro mundo, no lo consideramos como existente en nuestro mundo humano… un modo de ser que no es del orden de lo humano. Al exponer este juicio – no es del orden de lo humano – con la fuerza de una convicción, como un juicio de existencia, o en rigor de inexistencia, solemos refugiarnos en la convicción que sabemos de los otros y que los otros saben de nosotros. Este saber dictamina también sobre lo que es mundano o inmundo; niega nuestra ceguera para ver dentro del interior del otro, la desmiente con ideas que conjeturan un conocer que sólo tiene como mérito engrandecer ficcionalmente nuestro yo, proveyéndolo ilusoriamente de una visión que vuelve transparente al otro y de un poder para decidir sobre qué es humano y qué no lo es” (de Moguillansky, 2004).
[17] Los sujetos del vínculo construyen la creencia en un origen de lo conjunto. Esta creencia es un producto de la historia que han construido basada en la experiencia fusional inicial que han experimentado bajo el nombre de enamoramiento. Esta creencia en ese origen muestra no sólo la mutua investidura amorosa – cómo lo señaló Sigmund Freud en Introducción al narcisismo -, sino, sobre todo, la investidura narcisista sobre el mismo conjunto que han instituido. Esto es válido, creemos, aún en las parejas que refieren un no-enamoramiento, que en ese caso suelen estar « enamoradas » de ser “una pareja no enamorada”. Diciéndose “enamoradas” o “no enamoradas” están siempre posicionadas en relación al enamoramiento, esa es su referencia. A ese origen, o a esos orígenes, suelen poder remitirse las cualidades del vínculo y también sus líneas de fractura que son las que suelen justificar la consulta.
[18] Wittgenstein, 1927.
[19] T. Adorno (1950) postula que las palabras se convierten en jerga por la constelación que niegan, por el porte de unicidad que traen. Adorno señala que “en el trato empírico con las palabras para el locutor y el oyente de una jerga se crea el espejismo de inmediatez física, como sí fuesen parte de una lengua verdadera y revelada y entonces operan como convicciones” (T. Adorno, 1950).
[20] Lo que describimos respecto del imaginario familiar también es aplicable a todo imaginario social. Sigmund Freud en “El malestar en la cultura” nos advierte que la humanidad aspira a “la felicidad”. La felicidad implica un modo de sentir que deriva de habitar un territorio que está a salvo de conflictos y de sorpresas. Describe el malestar que trae que “la cultura” no recubra, no vaticine, no prevea en su totalidad “la naturaleza”, ni tampoco lo haga con las relaciones entre los hombres (Freud, 1932)
[21] Thomas Kuhn (1962) define el “paradigma”, como el conjunto de “reglas aceptadas y creencias compartidas en una comunidad” (Kuhn, 1962)
[22] Familias que han instituido un imaginario basado en enunciados de fundamento de lo conjunto – Lo Uno – que no pueden ser relativizados.
El modo de pensar de estas familias determina sentimientos de pertenencia instituidos por convicciones que sostienen “un absoluto”, dando las bases epistémicas para edificar fundamentalismos en sus integrantes y en los idearios conjuntos. Dicho de otro modo, influidos por los sentimientos de pertenencia a la familia, se infiltran fundamentalismos en cómo piensan. Predomina un discurso de la manada, un discurso gris en el que no entran las diversidades, dudas ni incertidumbres.
Es interesante consignar que los integrantes de estas familias no creen que necesiten explicitar el por qué de su modo de pensar, les alcanza con que de él pueden dar una definición ostensiva, tautológica, y suponen que a los otros integrantes les ocurre lo mismo, así resulta que su modo de pensar es para ellos naturalmente adecuado.
[23] Derrida Jacques, 2006.
[24] En el reproche se reclama ante algo que frustra o priva afirmando que hay una causa o un responsable para que lo negativo se produzca. Para el reproche no hay azar, ni algo inefable; le da un sentido pleno a la ausencia de sentido desplegándose una causalidad que explica lo que no debió ocurrir.
La lógica del reproche está originada en un error o maldad ajena o propia, tomando en este último caso la forma del autorreproche. Suele centrarse en el malentendido dado por la disyunción entre atribución e interpretación, intentando el aniquilamiento de una de las versiones (puede ser la propia en el autorreproche). Dentro del reproche hay una dificultad de imaginar una terceridad o un espacio ajeno, autónomo al vínculo, no concibiéndose la existencia de algo irreductiblemente incognoscible o inasimilable del otro. No hay dos.
[25] La pérdida de complejidad es la expresión del fracaso en un vínculo de convivir con un mundo relacional impregnado por sentimientos, es la expresión del vacío emocional que reemplaza a la emoción ante la desilusión. Corresponde al intento de solución frente al dolor psíquico por vía de la pérdida de complejidad vincular. La trivialización dentro del vínculo es una de sus consecuencias. El correlato individual lo podemos
encontrar quizás en el cinismo, en el retraimiento narcisista
[26] Dando cuenta de este modo de funcionamiento encontramos tanto modelos explicativos en el “supuesto de lucha y fuga” de Bion (1961) como en el “pacto denegativo” de Kaës (1976).
[27] En esa clínica a la que asistimos, en la que se supone que se ve la realidad, un conflicto central es quién se autodefine o es definido por el conjunto como el “verdadero” vocero de “cómo debe ser el vínculo” ante la aparición de un malestar que revela que la armonía y complementariedad que los integrantes del vínculo suponen que “debieran tener” no la tienen.
[28] La concepción que no pensamos del mismo modo es una sofisticada idea que no hace mucho tiempo se le ha dado lugar en la historia de la humanidad.
Como una muestra de un modo de pensar en el que se concebía en el mundo académico que todos pensamos igual, en épocas relativamente cercanas, recurrimos a la Gramática general y razonada – Grammaire genérale -, después con frecuencia llamada Gramática de Port Royal – primera referencia de una gramática general – escrita por Claude Lancelot – Profesor de la Petite École de Port Royal des Champs – y Antoine Arnaud en 1660.
En esa Gramática se puntualizaban los principios generales a los que obedecían todas las lenguas, el fundamento común de “el lenguaje”. Para ellos la “función fundamental” de la lengua era permitir a los hombres comunicarse mutuamente sus pensamientos. Agregaban que para que fuese posible esa comunicación, el habla exigía que las estructuras gramaticales fuesen una copia de las estructuras intelectuales. Esta afirmación – que el habla es una copia de las estructuras intelectuales – tenía como obvio presupuesto que todas las lenguas posibles y que todos los hablantes participamos de una lógica universal. Al hablar, decían estos autores, se hacía visible la estructura de un mismo pensamiento lógico. Cuando Oswald Ducrot y Tzvetan Todorov (1972) en su Diccionario enciclopédico de las ciencias del lenguaje, comentan el punto de vista de los gramáticos de Port Royal, afirman que “cuando dicen que la lengua tiene por función la representación (la negrita corresponde al original) del pensamiento, esta palabra debe tomarse en su sentido más fuerte. No se trata únicamente de opinar que la palabra es signo, sino que es espejo y comporta una analogía (la cursiva es nuestra) interna con el contenido que transmite”.
[29] Pensamos como Bertrand Russell que las teorías y los conceptos son sólo “ficciones simbólicamente construidas”. La máxima de Russell en este punto –con la que acordamos – es “dondequiera que sea posible hay que remplazar las entidades inferidas por construcciones”. Para él inferir entidades es tender a poblar ontológicamente el mundo (De Ferrater Mora, 1979).
[30] Berenstein, 2001; Berenstein, 2005; Berenstein, 2010, Ponencia en Panel, “El vínculo diferentes modelos” 4 Congreso Internacional de Psicoanálisis de Pareja y Familia (AIPPF), Buenos Aires; Puget Janine, (2002); Puget Janine, (2004); Puget Janine (2005).

