REVUE N° 6 | ANNÉE 2009 / 2
NOTES DE LECTURE
Jamais Sans Toi,(2008), Dunod, Paris Alberto Eiguer.
Alberto Eiguer, psicoanalista argentino residente desde hace muchos años en París y miembro de la SPP, nos presenta un nuevo libro, que se agrega a su ya vasta producción bibliográfica. Pero creo que este no es un libro más: pienso que es su texto más ambicioso. Se lo podría subtitular « Tratado sobre la intersubjetividad » o mejor aun « Metapsicología y clínica de la intersubjetividad». Me parece que es un tratado bastante completo, quizás entre los más completos sobre la cuestión de la intersubjetividad aparecidos hasta el momento. Basta con recorrer su índice para darnos cuenta de la cantidad y la diversidad de los temas que aborda, y todos fundamentalmente basados en una bibliografía extensa y completa, la que tiene entre otros el mérito de que comporta diferentes orientaciones teóricas y técnicas, y que el autor no se limita a la bibliografía psicoanalítica, sino que efectúa también incursiones en los dominios de la filosofía.
El autor comienza diciéndonos que el título de su libro es un homenaje a Martín Buber, quien en 1923 publicó su libro « Je et toi », y a René Kaës, de quien cita la frase: “Pas l’un sans l’autre et sans l’ensemble qui les lie” (“No existe el uno sin el otro y sin el conjunto que los une”). A partir de allí, se plantea « un verdadero desafío »: proponer «hipótesis fuertes e innovadoras»
Podríamos decir, sin riesgo de equivocarnos, que todo el libro pivotea sobre los dos significados extremos del vínculo: tenemos necesidad de los vínculos, y éstos nos enriquecen, pero al mismo tiempo corremos el riesgo de quedar atrapados en ellos: nos quitan la libertad, nos hacen dependientes de los otros, frecuentemente más de los que desearíamos.
El libro está dividido en dos partes: la primera se denomina “Los fundamentos”
El primer capítulo, “Lo que los otros piensan de mí”, nos conduce a un primer hecho que surge de la intersubjetividad: dependemos, más o menos, de las opiniones y los juicios de los otros, mostrándonos ejemplos tanto de la normalidad como de la patología.
En el capítulo 2, “En el corazón del vínculo intersubjetivo”, Alberto explora y precisa los conceptos de vínculo y de intersubjetividad. Parte de la formulación de Ogden « el vínculo es el uno más el otro y también ni el uno ni el otro », para introducir la idea de una instancia tercera del vínculo, de la que describe cuatro niveles, en mi opinión una de las más interesantes contribuciones originales de Alberto. Afirma que el vínculo intersubjetivo conduce a una formulación metapsicológica nueva y enriquecedora y que « en la cura, el enfoque intersubjetivo va más allá del trabajo transferencia-contratransferencia corrientemente admitido ».
En el capítulo 3 Alberto nos presenta una enumeración de lo que él considera los cuatro aspectos del vínculo, a los que caracteriza como las 4 R : el respeto, el reconocimiento, la responsabilidad y la reciprocidad, basándose en las contribuciones de Klein, Benjamín, Ricoeur y otros. Incluye aquí un importante comentario sobre el papel de las discriminaciones que surgen de las diferencias culturales y también de género (discriminación de las mujeres). Concluye que se debería « evitar de hacer del reconocimiento de otro y por el otro el único criterio de la intersubjetividad de los vínculos. Debe articularse con la responsabilidad, el respeto y la reciprocidad »
El capítulo 4 “El amor a sí mismo revisitado” está consagrado al concepto de narcisismo y cómo « con la teoría de los vínculos intersubjetivos se habrá apreciado de otro modo al narcisismo[…] a través de la valoración de nuevos espejos, de nuevas adquisiciones ».
En el capítulo 5 “Responsable pero no culpable”, Alberto parte de la obra de Emmanuel Levinas introduciendo la idea de responsabilidad y afirma la necesidad de diferenciar culpabilidad y responsabilidad. Introduciendo la responsabilidad, introduce asimismo la dimensión ética : la de la responsabilidad por el prójimo. Relaciona la dimensión ética con el orden simbólico, las fantasías originarias y lo transgeneracional, como activadores psíquicos del sentimiento ético, y entonces prefiere hablar de dimensión ética más que de « ley del padre». Analiza también los caminos para la construcción del superyó y subraya nuevamente el rol fundamental de lo transgeneracional como garante de la transmisión de los vínculos. E introduce la idea de la responsabilidad como producto del don y de la deuda Así, lo que el sujeto ha recibido de sus padres le permite desarrollar sus sentimientos de responsabilidad en relación con ellos y con los demás. (La cuestión del don y de la deuda es una contribución original de Alberto y ha sido analizada exhaustivamente en el libro La part des ancêtres (Paris, Dunod, 2006)
En el capítulo 6, “Precursores de intersubjetividad”, parte de las ideas de los filósofos Buber, Yaron, Habermas, y comenta la importancia del modelo dialógico, como proyecto de deconstrucción de la posición de superioridad en la cual el observador estaría tentado de deslizarse. « La crítica está situada en el centro del trabajo de pensamiento, como lo debería ser para el trabajo de la cura », advierte.
En el capítulo 7 “Apoderarse de la subjetividad”, parte también de autores del campo filosófico : los filósofos de la hermenéutica, Gadamer y Ricoeur, quienes introducen la noción de que la interpretación de una obra o de un hecho psicológico está estrechamente ligada a la intersubjetividad. Analiza luego las corrientes hermenéuticas en psicoanálisis y nos recuerda que los hermeneutas hacen una crítica de la pretensión de la explicación : prefieren la comprensión. A partir de esas ideas, analiza la importancia de la metáfora en el psicoanálisis y afirma. «la metáfora dice más de la verdad que la realidad a la que se refiere». En la segunda parte del capítulo, el autor analiza exhaustivamente las ideas de diferentes analistas intersubjetivistas “radicales” (como Renik, Mitchell, Storolow, Atwood, Orange), discutiendo las similitudes y las diferencias de sus respectivas ideas.
La segunda parte del libro está consagrada a “Clínica y Práctica”. El capítulo 8 comienza por un interesante comentario sobre las controversias acerca del trauma, y a partir de las ideas de Ferenczi, Kohut, Racamier, Abraham y Torok y otros, nos aporta una visión del trauma donde la intersubjetividad juega un papel esencial para elaborar las situaciones traumáticas. Aquí, el ambiente es primordial para llegar a tal elaboración: la compasión, la solidaridad emocional son fundamentales. Comenta por otra parte que la capacidad de resiliencia dependerá asimismo de los avatares de los vínculos intersubjetivos: « la resiliencia no es un atributo del sujeto, et el producto de los vínculos ». Y agrega: « se emerge del trauma por y con el otro ».
En el capítulo 9 « Caricias robadas. Destinos de la intimidad corporal en familia », capítulo que podría llamarse « Elogio de la ternura », Alberto introduce el tema del lenguaje del cuerpo, del lenguaje no verbal, citando, entre otros, a Freud, Winnicott y Bowlby. Subraya una vez más la importancia de la intersubjetividad en el desarrollo de la representación del cuerpo, y el valor fundamental de la caricia como expresión del afecto y sobre todo como organizadora de los vínculos.
El capítulo 10, consagrado al trabajo de construcción del analista, comienza por una cuestión fundamental y muy actual de nuestro quehacer: el autor de pregunta si « para hacer progresar al paciente lo que cuenta es la historia misma o el trabajo de reconstrucción a propósito de esa historia. El paciente, ¿va a emerger de su experiencia terapéutica teniendo un mejor conocimiento de su pasado (levantamiento de la represión) o bien habiendo adquirido una nueva aptitud para contarse? ». A partir de esta pregunta, comienza a analizar en primer lugar el trabajo, central en mi opinión, de Freud sobre las construcciones, la importancia de la resignificación y las diversas corrientes contemporáneas del constructivismo y del construccionismo social. Insiste en la importancia en esas corrientes del hecho que el paciente pasa a ser sujeto activo y toma a su cargo su porvenir. El ser humano, nos dice, es un buscador de enigmas, y en ese sentido, la terapia es una suerte de trabajo de desciframiento de enigmas, un trabajo conjunto de terapeuta y paciente (o pacientes), aunque, nos aclara, conservando la asimetría entre paciente y terapeuta. En el capítulo siguiente, consagrado al tema de la narratividad, continúa a desarrollar el tema del capítulo anterior y analiza las contribuciones de Spence, de ciertas corrientes sistémicas y las de los « intersubjetivistas de la primera infancia », como Stern. Subraya la necesidad de los humanos de contarse historias, y termina el capítulo con la siguiente interrogación: « Pensar y fantasear, y hablar de ello, ¿serán funciones que nos permiten existir con el otro y en reciprocidad con él? ».
Entonces aquí el autor parece responder a la pregunta del comienzo del capítulo anterior diciendo que lo que cuenta es principalmente el trabajo de (re)construcción, trabajo compartido, desde ya, por paciente(s) y analista(s).
Finalmente, en el epílogo, Alberto nos propone, y también retoma, varios temas de importancia. Comienza por afirmar: « el analista ha pasado a ser participante del drama … participa del trabajo del paciente con lo que es y lo que puede elaborar en él » y que, entonces el papel de la contratransferencia se amplía.. Propone una revisión del concepto de repetición, afirmando que la contratransferencia no es solamente una respuesta que reproduce los afectos y las fantasías de la transferencia. « La transferencia …desencadena manifestaciones inconscientes en el analista, que son imprevistas y desbordan la lógica causa-efecto ». Revisa también el concepto de pasividad (del analista): «debe asumirse, hacerse cargo de sus responsabilidades. La pasividad es a menudo un equivalente de huida »
Vuelve a continuación al concepto de vínculo e introduce la idea que «el vínculo no es nunca de dos », retomando aquí unas de las ideas ya formuladas por Pichon Rivière en los años 50-60. El tercer sujeto del vínculo (una persona, un grupo, una institución, una idea), « remite al tercero paternal, la metáfora paterna ».
El autor termina el epílogo retomando algunos conceptos originales ya tratados, como las cuatro R del vínculo y el ciclo del don y el contra=don para que el reconocimiento mutuo se ponga en juego. Pero nos aclara que habrá siempre « un desconocido en el otro », que « permanecerá misterioso para nosotros ».
Y termina afirmando que « el reconocimiento mutuo establece un equilibrio delicado entre apego y separación, una libertad ganada a alto precio »
En síntesis, un libro lleno de temas , de ideas, de interrogantes, de reflexiones, que nos ayuda, por nuestra parte, a reflexionar acerca de diferentes problemas teóricos y técnicos de nuestro oficio, del que saldremos sin duda enriquecidos.

